Te jodes como Herodes, la taberna

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Herodes fue un héroe. El tipo ordenó liquidar a todos los varones menores de dos años en Belén, al parecer porque le engañaron y por lo tanto era un idiota, pero el caso es que se cargó a unos cuantos niños gritones. Así que mi admiración por él está más que justificada. Ahora bien, en la décima de las diez plagas bíblicas sobre Egipto, el dios de los hebreos se cargó a todos los primogénitos, varones o hembras de cada casa, salvando solamente a los que impregnaran su puerta con la sangre de un cordero, y eso me pone más todavía. ¡Nada de liquidar solamente a los chiquillos, pues las chiquillas hacen todavía más ruido y con sus lazitos rosas uno termina por tenerles compasión! Ese dios me gusta. Ni existe ni me cae bien, ni me parece un dios digno de perder el tiempo con él, pero solamente por eso me gusta. Sin embargo, bien es cierto que llamar a una maravillosa taberna (maravillosa porque sería mía, y con eso basta) ‘X Plaga Bíblica’ o a lo mejor ‘Muerte a todos los primogénitos’ sería una puta mierda. Queda más cool llamarla ‘Te jodes como Herodes’, y resulta mucho más divertido.

Viene todo a esto a cuento de que estoy hasta los huevos de entrar en un bar a tomarme una cerveza con un amigo y hablar de nuestras cosas y que el sitio se infeste de mocosos en cuanto te descuidas. Y cuando digo mocosos, digo chavalines de tres o cuatro años correteando entre los taburetes del bar, cuando no bebés de pocos meses de edad todavía espanzurrados en su cochecito. Cuando yo era así de enano a mis padres, que son los mejores padres del mundo aunque de vez en cuando no hay dios que les aguante (ni el de los hebreos ni ningún otro), no se les ocurría llevarme a los bares. Me llevaban el Retiro a jugar con mis coches y a putear a mi hermano, o cosas por el estilo. Ahora salgo con ellos a tomarme un vermú y se les llevan los demonios cada vez que ven a un infante pegar voces en un lugar en el tipos de dudosa catadura, como yo mismo cuando estoy bebido, gritan todavía más que ellos. Pero ya he contado mi estupefacción al observar como padres que deberían haberse planteado el tener descendencia, se quedan en la puerta de la taberna hablando con sus amigotes mientras sus vástagos hacen el memo en la carretera o molestan a todo el mundo.

Si algún día tengo una taberna, y no estaría de más tenerla, la llamaría ‘Te jodes como Herodes’ y, valiéndome de mi muy pulido elitismo, seguiría unas normas internas estrictas que tendrían que acatar todos los que se acercaran por allí con el ánimo de refrescarse el gaznate. Estas normas serían las siguientes:

1. Prohibido niños menores de 12 años de edad.

2. Los niños mayores de esa edad y aún menores de edad legal no podrían superar, bajo ningún concepto, el número total de clientes. Si lo hicieran, tendrían que abandonar, y sus padres con ellos, mi local.

3. Prohibido mujeres menores de 30 de edad. Nada de maduritas repelentes en comandita riéndose de chorradas, hablando todas a la vez de la última vez que les bajó la regla, o suspirando por Ryan Gosling y haciendo grititos de estupor. Fuera.

4. Nada de música pop. La taberna es un lugar sagrado al que acuden borrachines que solamente se sirven del alcohol para proveer su maltrecha imaginación. Como mucho, cuando se pudiera, música en directo. Para más información, revisar punto número 6.

5. Luces bajas. ¿Qué coño es eso de verle la cara al tipo que está al otro extremo de la barra? Eso ni es intimidad ni es nada. En el bar no se socializa con desconocidos. como mucho se intima con conquistas a pocos centímetros de distancia.

6. Ocasionalmente, música en vivo, a poder ser de piano, y en un tono no invasivo y que invite a la conversación con los amigos o, simplemente, a escribir la novela que nunca jamás escribiste porque eres un holgazán.

7. Todas las consumiciones llegarán debidamente acompañadas. Ya sea cerveza, vino o whiskey, cualquier bebida, y cualquier ronda (esto es muy importante, demasiados bares se hacen los locos a la segunda o tercera ronda) tendrán su tapa. Lógicamente, si es copa, unos frutos secos, pero de calidad. No estamos en Londres, en París o en Berlín. Sería una taberna seria.

8. Decoración realizada con buen gusto. Ni moderna ni retro. Acompasada con el hecho de pillarse una buena cogorza. Ni televisión ni chorradas underground. Clase.

9. Camareros disciplinados y siempre de buen humor. Nada más desagradable que tomarse una caña cuando el que te la pone es un tipo mal follado.

y 10. No se invita nada más que a los amigos. Y no se admite vocerío. Si quieres vomitar te vas a la puta calle y no vuelves.

¿A que sería la mejor taberna de todos los tiempos?

Genocidios en off

Yo no me creo el más inteligente de los hombres. Sí me creo brillante, mucho más que la mayoría de los que me rodean. Y esto es porque sin decir una palabra, sin demostrar nada a nedie (sobre todo porque no creo que nadie deba demostrar, y solo demuestran los que tienen algo que ocultar). “a la chita callando” como suele decirse, me doy cuenta de cómo funciona la gente y no tengo necesidad de sacarme del sombrero una explicación excepcional. Luego sucederá que alguien me demostrará que no soy brillante en ningún aspecto de mi intelecto y me joderán bien jodido. Pero siempre he creído que las cosas, en verdad, son mucho más sencillas de lo que nos empeñamos en ver, o en no ver. Principalmente porque hace ya bastantes años me convencí de que la paradoja es la más rutilante estrella que consigna nuestro destinos, y que el ser humano está construido de signos, y de signos de signos, ocultos para todos los que, agusanados su cerebro por el veneno de la ignorancia, que todo y a todos corroe, pero que quizás, sólo quizás, muestra el camino de la libertad y de la dignidad a los que todavía están dispuestos a ver, a oír y a pensar.

La brillantez, por tanto, es ser asquerosamente mediocre, básico, mientras el resto trata de ser demasiado listo o demasiado inteligente, que es peor. El brillante es el que no se deja deslumbrar por las cosas sencillas, sino que se las entrega a los demás menos candentes pero no menos verdaderas. El que ve lo que nos demás, por la razón que sea, no ven, para entendernos. Y no entra en liza la erudición, y sí la rapidez mental, y sobre todo la valentía. Porque estoy cada vez más convencido de que la cobardía adquiere pelajes muy sofisticados que camuflan hasta volver virtualmente indetectables a los que parecen otra cosa, incluso a los que parecen gran cosa. La cobardía es como un virus, de hecho es un virus, que infecta insospechadas partes de nuestro ser y, desde esa uña del dedo meñique, desde ese pelo de la nuca, opera justificándose a sí misma y cambiando la vida del huésped. Pongo por ejemplo la reciente entrevista de Jordi Évole a ese mediocre novelista que es Arturo Pérez-Reverte:

En ella, Reverte, que es sin duda un erudito, y que tiene bastante razón, bajo mi punto de vista, sobre algunas cosas que dice, comete una profunda equivocación propia de un hombre muy ignorante. Porque dice que “paradójicamente esta crisis puede traer un hombre mejor”. Y si fuera tan brillante como él cree que es, sabría, pero no lo sabe, que lo terrible del hombre es precisamente esa paradoja que le impide ser mejor salvo cuando problemas terribles, tragedias profundísimas, le hacen ser mejor. Hay que ser muy ignorante para no saber que hasta la vida en este planeta, el hecho de que exista un clima, es producto directo de un colosal cataclismo, probablemente un enorme meteorito que colisionó contra el planeta, lo torció desde su eje. Que todos los eventos importantes de la vida de cualquiera, los más luminosos, nacen necesariamente de los más agónicos, los más terribles. Ninguna persona en toda la historia ha sido mejor, más luchadora, más valiente, que cuando ha tenido que enfrentarse a lo peor, a la derrota, al miedo. Esto es lo que hace miserable, y en cierta forma digno, al ser humano. Que no nace lo mejor precisamente del amor y de la libertad. Y esto puede que sea bueno, porque somos como cualquier otro elemento de la naturaleza: somos capaces de florecer entre la inmundicia.

Digo todo esto porque el ingenuo de Reverte, que tiene muchísima más cultura de la que yo tendré, al paso que voy, nunca en toda mi vida, pero que es un hombre, como tantos otros, incapaz de ver el árbol, cegado por el bosque, dice siempre que estamos peor que nunca pero que todavía hay justos en Sodoma. Parece absurdo cuando tampoco se ha cansado de escribir que el mundo es un lugar peligroso, o desolador. Yo creo que el mundo es como lo hacemos nosotros, no como él nos hace, pero en fin. Y creo que ahora, sin duda, podemos empezar a atisbarlo, a calcularlo, como verdaderamente es, por primera vez en toda la historia. La globalización, el exceso de información, ha traído al menos una cosa buena: para algunos el monstruo de nueve cabezas asoma con más nitidez y sin que las distorsiones mediáticas puedan emborronar la imagen. que el hombre es un monstruo de una voracidad indescriptible y que ojalá antes del final, del ultimísimo final, el hombre sea capaz de verse tal cual es. Al fin habrá aprendido algo.

Porque el hombre es una máquina genocida como el planeta Tierra jamás conoció. Su capacidad de destrucción, de crueldad, de aniquilamiento contra animales, plantas, entornos y contra el propio hombre hará sonrojar de pura vergüenza a los hombres que, quizá, nos juzguen dentro de dos o tres mil años, si han crecido lo suficiente. Cuando una persona crece y mira lo tonto que fue en su juventud, y se juzga y se parece torpe y egoísta, cobarde y estúpida en muchas decisiones, imaginemos cómo será el juicio de la humanidad cuando crezca y sepa mirarse a sí misma. ¿Cuántas vidas aplastadas, cuántas culturas masacradas? Y cuando nosotros, la humanidad de ahora, miramos a terribles errores, sangrientos errores, del pasado o incluso del presente, los llamamos genocidios, crímenes contra la humanidad. Pero solamente vemos un 1% de todos los genocidios que todos los días la información oficial hace llegar al pensamiento común. Y sin embargo hay muchos, muchísimos más. Y la mayoría quedan en off.

Cuando decimos algo, cuando leemos algo, detrás de eso hay diez o veinte veces más cosas, por definición. La verdad, y el significado de esa verdad, no puede ser juzgado sino por la historia, que recoge y critica con despiadada clarividencia todo lo que hay detrás de la verdad institucionalizada, y que en el significado de esa verdad es donde encuentra ese pensamiento incontrovertible que postula que somos lo peor de lo peor. Pero no por mezquinos, ni por egoístas, ni por miserables, ni por, a fin de cuentas, ser personas, sino por cobardía. Pura y simple cobardía. La del que no se atreve a ser libre y vivo, y vivo y libre. De quien se agazapa en su tranquilidad, negando que un día llegarán el sufrimiento, la enfermedad y la muerte. Que todos los días millones de seres humanos, animales y plantas sufren por esa cobardía y por la crueldad y el pragmatismo de los poderosos.

Yo quiero que todo sea público. Todo el dolor, claro. Y todo el placer. Sin embargo es público lo morboso, lo vengativo, lo cobarde. La ambición del poder, el orgullo de tener cosas, de ser alguien, pero no de ser algo y de formar parte de algo. ¿Sabe, lector, cuántas atrocidades están ocurriendo ahora mismo en África, en Asia, en Europa? Individuales y colectivas. ¿No quiere saberlas? ¿Le importan? Al final las conocerá. Dentro de un tiempo se sabrán algunas. Serán, de nuevo, el 1%, y se la contarán maquillada. ¿No quiere saberlas, conocerlas hasta el final para saber lo que el ser humano, nosotros, somos capaces de hacer? Yo sí quiero. No quiero cerrar los ojos. Quiero saber. Será el inventario defintiivo y a partir de ahí empezar a moverlo.

Pero confieso algo. Sospecho mucho más de lo que nos cuentan. Y otros también lo sospechan. Y como lo sospechan quieren que sea público. Para saber de qué pasta estamos hechos y, a partir de ahí, saber qué somos capaces de cambiar. Y no nos lo cuentan porque, precisamente, no quieren que cambiemos, no quieren que seamos conscientes de qué puta mierda somos. Y por eso censuran, tergiversan. Pero poco a poco, inexorablemente, quienes se interesan por ello se van enterando de hasta qué punto todo está podrido. Hoy puede un tipo mandar un tweet y armar un buen lío al otro lado del mundo. Vamos a ganar la batalla, aunque esa batalla comprenda llegar a la convicción de que hay que volver a empezar desde cero. En todo.

Aznar y el misterio de los hombrecitos ridículos

ElCompromisoDelPoder

No, no me he leído ese libro. Ni ningún otro que pudiera escribir este individuo lamentable. Tampoco es que lea yo muchos libros de memorias de políticos o ex-políticos, aunque hay alguno muy interesante, pero basta con ver los medios de comunicación que han mostrado algunos fragmentos destacados de los disparates que es capaz de preñar la mente de alguien capaz de creerse un estadista de talla mundial e histórica. Un señor que fue presidente del gobierno y que ahora tiene complejo de Mesías y de Tío Bueno. De Salvador de Las Españas, de Gran Intelectual y Prohombre. Viene que ni pintado para hablar un poco de algunos hombrecitos ridículos que he conocido en mi vida, y que, como el propio Aznar, pertenecen a una estirpe misteriosa que en esta piel de toro consiguen triunfar (mucho o poco, dependiendo de sus limitaciones, pero consiguen hacer cosas en su vida) cuando en cualquier otro lugar medianamente civilizado y culto del mundo serían desplazados por engendros.

No creo ser el descubridor de ciertos seres humanos españoles que adolecen de muy graves complejos de personalidad, capaces de una gran destrucción si les dejan o se sienten legitimados para ello, pero que intentan trascender esas limitaciones proyectando a los demás y sobre todo a sí mismos, cuando se miran en el espejo y el resto del día, totalmente distorsionada y alejada de la realidad.

Un rasgo habitual de estos tipos es que son invariablemente feos. Pero no feos medianamente agradables o con cierto carisma, que los hay, sino feos con avaricia. Más feos que un pecado, como el propio Aznar. He tenido jefes, conocidos, algún que otro compañero esporádico, coordinadores o vecinos que eran así: feos. Pero a esa fealdad exterior unen, porque no tienen más remedio, una prepotencia increíble. Y digo prepotencia, que no es lo mismo que chulería, aunque lo parezca. La chulería es un comportamiento más de los prepotentes, pero estos últimos despliegan muchos más comportamientos: creer que lo que dicen es increíblemente ingenioso, que son los más divertidos e interesantes, pensar que todo lo que hacen tiene una razón y que los demás les necesitan. Es notable que todos los políticos reaccionarios sean así: feos y prepotentes, demostrando hasta donde pueden llegar algunos especímenes si adquieren poder y dinero. Y de poder hablamos.

Observen con mucha atención la portada del libro de Aznar. Lo dice todo. No es necesario acceder a sus páginas para saber de qué va el asunto. Está claro que con esa mirada engañosamente serena, agazapada en esos minúsculos ojos de acomplejado terrible, se mira a sí mismo y a su grandiosa obra. Con esa pose de hombre de negocios desenvuelto, se cree todo un seductor a la par que un político sin igual. Y ya el título lo dice todo: “el compromiso del poder”. Algunos dirían que esa frase es una gilipollez como un piano de grande, pero lo terrible es que él se la debe creer. Aznar pertenece a esa clase de hombre soberbios y pagados de sí mismos que amenazan con hablar y tirar de la manta cuando a ellos les conviene, esos que lo que más valoran es asociarse con otros que les proporcionan poder o influencias, que les hacen parecer más grandes de lo que son. Conductores, críticos de cine, periodistas, albañiles, nadie se libra de esa prepotencia, y todos ellos la emplean como arma arrojadiza, como elemento de discordia. Vidas tristes de los que, íntimamente, se saben hombrecitos ridículos. Los que se vanaglorian de saber lo que es el amor y las mujeres, los que creen que son capaces de intimidar con tacos o amenazas, los que nunca ejercen la autocrítica.

Y son destructivos, dañinos. Defensores de la Moral, pero que carecen de moral. Que claman a los cuatro vientos su valentía, pero que por eso son más cobardes que nadie, pues ignoran que solamente el que clama a los cuatro vientos su cobardía puede llegar a ser valiente. Los que necesitan aliados intelectuales porque desconocen la fuerza del que tiene razón pero está solo. Los que se levantan pensando mal de los demás y se acuestan calculando cuánto daño pueden hacer con esta o aquella acción, con esta o aquella declaración. Los que hacen de la desfachatez, la calumnia, el ridículo, el absurdo, el libelo, la mala uva, una razón de ser. Te los encuentras a diario, y sólo si les dejas pueden arrebatarte la dignidad.

Mi hermano Jorge

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No recuerdo a mi hermano Jorge.

Cuando digo que no recuerdo a mi hermano, me refiero a que no lo vinculo a mi infancia. Cuando alguien está muy cerca de tí, muy, muy cerca, forma parte de tí de un modo tan profundo que es casi imposible diferenciarlo de tí mismo. Y mi hermano y yo somos mellizos. Nadie que no tenga un hermano mellizo sabe lo que esto significa.

No le recuerdo. Es mejor viajar con la imaginación al pasado, y dibujar los contornos de los lugares donde estuve con él. Y los primeros de entre esos paisajes, son los de la niñez. ¿Cómo escribir acerca de esos paisajes? Él y yo éramos un todo, como una moneda lanzada a la arena, concretamente a la arena de Mallorca, o arrojada contra la roca, concretamente contra la roca de Villabino. Jorge iba a lo suyo y yo a lo mío, como dos niños atolondrados, felices e hipersensibles. Él, fuerte y frágil, yo, frágil y fuerte. De los parajes otoñales o invernales de León, o de los contornos primaverales o veraniegos de Mallorca, puedo deducir su presencia. Se me hacen más perceptibles su pelo, sus enormes ojos marrones, su recia presencia. Viene la imagen y se vuelve a escapar, traviesa.

No recuerdo sus canas de ahora. No quiero recordarlas. Me recuerdan a mis propias canas. Quiero recordar su aislamiento, su profundo, inmisericorde mundo interior. Dicen que los escritores tenemos el mundo interior de los que no queremos darnos por enterno. Pero los que no escriben sobre su mundo interior, como él, erigen en torno suyo una fortaleza de rocas y viento a la que no pueden acceder ni los que les amamos.

Se borró de la memoria, de la consciente, aquella foto en la que yo, de muy niño, estaba a punto de gastarle una broma. Pero en la subconsciente, que es la verdadera, la imagen es nítida y certera. Éramos dos criaturas mudas de tres años de edad que ya leíamos pero que aún no hablábamos, y que jugábamos en el retiro, bajo la mirada de halcón, cansada y proletaria, de nuestros padres. Y yo, juguetón y travieso, quería acariciar su nuca de infante porque adoraba su belleza, su falta de malicia. La que a mí me ha sobrado demasiadas veces. Quería que se volviera y llorara. Y que me pegara y se enfadara. Lo recuerdo tan bien…

Pero otras cosas no las quiero recordar. No quiero traer a la memoria los enfrentamientos, los desencuentros, las deslealtades. Mi violencia, mi diabólica violencia de chaval errabundo. Su desamparo, su violencia de ingenuidad, porque él nunca compartió el nervio, ni la locura, ni la búsqueda de una desesperación que a él siempre le ha aterrado. Porque él no es sólo recio de físico, también de alma.

Miro hacia atrás y recuerdo nuestras conversaciones cuando éramos niños, cada uno en una cama, compartiendo sueños y fantasías y descubrimientos. El descubrimiento, sobre todo, de ser hermano de alguien que es igual que tú, pero al mismo tiempo tan diferente, tan trágicamente alejado a tu propio ser. Primeras tentativas de literatura, de miedos, de búsquedas interiores que nunca jamás encontrarán satisfacción. Charlas en las que desvelábamos el uno al otro lo extraños que éramos por muy unidos que estuviéramos, que volvían grises los días en los que corríamos juntos, nadábamos juntos, nos sacábamos mocos juntos…

Mi hermano está muy jodido ahora. Le veo caminar como si fuera un anciano. Sufre mucho y yo no puedo hacer nada. Solamente hacer el gilipollas juntos, como hemos hecho siempre cuando no tenemos otra cosa que hacer a solas. Cuando nos despedimos me da un abrazo y veo en su rostro el sufrimiento de hacer ese simple gesto. Y yo me siento un mierda por no poder cambiar las cosas. Ahora mismo me siento un mierda por escribir esto y buscar la forma de sentirme mejor conmigo mismo. Porque es lo que soy, un perfecto mierda por no haber sabido ser mejor hermano. Haber estado ahí todas las veces que él me necesitaba y que yo estaba lejos pensando solamente en mí mismo y en mis estupideces. Sé que saldrá de esta pero no sé si sabrá perdonarme todas las veces que he sido un hermano mellizo tan jodidamente lamentable.

Tokyo 2020 – 2020年东京奥运会

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Ya se ha comentado hasta la saciedad en todos los medios de comunicación. Madrid ha hecho el ridículo en la selección de la anfitriona de los JJOO de 2020, gracias a una gestión nefasta, y todo dios anda riéndose del ridículo espantoso que hizo Ana Botella imitando el acento de su marido hablando en inglés. Una señora que está ahí sin que nadie la haya votado, con el único mérito de follarse, si se lo folla, al ex-presidente más reaccionario y deleznable de la historia de España. Así que, como la Cenicienta era Estambul, que nadie en su sano juicio creía que pudiera llevarse los juegos, se los han adjudicado a Tokio, que era la candidata más robusta y con un proyecto más ambicioso. Y a pesar de las críticas o de los incrédulos, yo creo que Japón va a organizar unos juegos absolutamente increíbles.

Claro que estas finales de organización de eventos de esta enormidad están profundamente politizadas. No sé cuántas veces me han comentado en los últimos días que contra Madrid han votado los alemanes y los franceses presentes en el jurado porque en 2024 van a presentarse Berlín y París (además de Roma), y si se hubiera elegido una ciudad Europea para 2020, por sus propias reglas, ningún otro país europeo podría haber optado en la siguiente edición a organizarlos. Más allá de eso, los que deciden cuál va a ser la sede supongo que estarán controlados, o al menos influenciados, por multitud de poderes fácticos que vrtualmente controlan cómo, dónde y por qué. Pero estaba claro que Madrid no se lo iba a llevar y que se han reído de nosotros de paso, por tres motivos fundamentales (por encima de los cuales yo habría votado que no, solamente por joder al PP, al igual que votaría que sí a que Cataluña dejara de ser española, solamente por no tener que aguantar más los lloriqueos de los fundamentalistas catalanes), el primero de los cuales es que España organizó unos juegos hace dos décadas y que jamás se les pasaría por la cabeza volver a darle este evento a un país como el nuestro.

El segundo no es el paro o la crisis económica, sino el proyecto en sí. Los que decían que en esta ciudad estaban construidas el 90 % (o el 80, según la supermegarecontra alcaldesa de Madrid, que además de increíblemente fea y antimorbo es decididamente retrasada mental) y creían que por eso teníamos los juegos asegurados, no entienden que a los que mandan en este tinglado lo que les mola es que una ciudad se transforme, que crezca, que presente un proyecto espectacular con el que los JJOO sigan siendo el espectáculo deportivo más grande a nivel planetario. Unos juegos austeros como los que pretendían ofertar nuestros amos, no les interesan porque va en contra de esa idílica transformación global en sedes deportivas y de fraternidad inmensas que quiere el COI. Y los de Tokyo, en ese sentido, han ganado por goleada a los capullos que nos desgobiernan, y que cada día dejan más claro que no es que estemos gobernados por una mafia de malvados, sino por una partida de capullos incompetentes.

El tercero y último es que para el COI es muy importante que la nueva sede, como todas las otras, cambie la nercia social y económica, del país que la albergue. Y en ese sentido Japón, con el terrible desastre de Fukushima, del que aún queda por conocer el alcance de sus secuelas, con la recesión de la que están ahora saliendo a pesar de los pesares, y con las graves lacras culturales que todavía adolecen, ha demostrado tener un carácter superior al nuestro y prácticamente al de cualquier otro país industrializado en el siglo XXI.  Los que se ríen con chistes de peces de tres ojos creo que no son conscientes lo que son capaces de conseguir unos individuos asombrosos, que ya en el siglo XX dejaron al mundo estupefacto con sus conquistas tecnológicas, y que en el XXI, precisamente cuando los atletas han llegado al límite de sus capacidades, van a ser capaces de dar el salto a otro universo del deporte. Y si no me creen, den tiempo al tiempo.

Dicen que los gastos derivados de las campañas para que Madrid fuera sede en 2012, 2016 y 2020 exceden los 8.000 millones de euros. Con una crisis terrible y un país al borde absoluto de la quiebra social, esas cifras provocan mareos y ganas de vomitar. Rafael Nadal, probablemente el deportista más grande de la historia de este país, les ha dado una lección (pocos días antes de decir que las entradas para la Davis estaban demasiado caras, y de ahí la escasa afluencia de público) cuando les ha dicho que el jet privado para asistir es una desfachatez estando las cosas como están, pero ellos no tienen vergüenza de nada. Una catástrofe nuclear no ha sido óbice para Tokyo, pero sí es óbice para la dignidad de los habitantes de España tener que sufrir a unos sujetos tan despreciables como los que nos dicen lo que tenemos que hacer mientras se enriquecen con la jugada.

Katsuhiro Otomo, que como todos los japos está pirado, contaba en su manga Akira unos JJOO en Tokyo en 2020…después de la tercera guerra mundial. A ver si llega esa guerra, y con ayuda del diablo nos libramos de tanto imbécil. También hizo una película mítica sobre su propio Manga, de título homónimo, que resulta alucinante hoy día. Viendo las imágnes de Akira, uno se pregunta cómo coño fueron capaces de hacer esto hace más de un cuarto de siglo. La película no es ninguna joya del cine mundial, pero su animación, su técnica, es una cosa indescriptible que hoy día ni Pixar ha logrado superar. Porque estos japos, pirados, machistas quizá, lejanos y exóticos, son algo fuera de serie:

Ficción Científica: el cine como profecía

* Después de varios intentos fallidos de dejar aquí terminado este trabajo, gracias a mi ordenador, a WordPress, o a la simple mala suerte, regreso a mi blog para intentar establecer mis ideas personales acerca del género Sci-Fi o Ficción Científica (me niego a usar el término ciencia-ficción, aunque ya esté aceptado), con el objetivo de argumentar conmigo mismo, y de trazar una serie de líneas que creo son indispensables, acerca de lo que este tipo de cine puede o debe ser, o quizá nada más que para armar un mapa estético con el que guiarme yo mismo y, a lo mejor, guiar a los que me lean…aunque solamente sea porque no estén de acuerdo conmigo. Esperemos que esta vez no ocurra ninguna desgracia y no se me borre la mitad del ensayo.

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La Sci-Fi es una forma de relato plenamente anglosajona. En nuestro país se tradujo chapuceramente como Ciencia-Ficción, o Ciencia Ficción, cuando en realidad es mucho más ajustada una traducción literal con los términos invertidos. Es decir: Ficción Científica. Según los estudiosos, comenzó en la literatura a partir de la creación de la seminal novela de Mary Shelley Frankenstein o el Moderno Prometeo en 1818, y desde entonces, con pronunciados altibajos tanto en su altura estética, en su pertinencia, y hasta en su producción, hasta nuestros días, hemos tenido narraciones de Sci-Fi. Por tanto, hablamos de un género que podría estar cerca de las dos centurias de existencia y que, para quien esto suscribe, es el género profético por excelencia. Pero también el género, o la forma narrativa, más adulterada. Por eso conviene reflexionar a fondo sobre ella.

Yo no soy un experto. Ni en literatura, ni en cine. Ni pretendo serlo. Por eso no voy a citar volúmenes, estudios, análisis ni monográficos sobre el tema. He leído ya muchos en papel, que no me han convencido, y algunos en internet, la mayoría escritos por gente sin preparación, que simplemente repite esquemas ya expuestos hasta la náusea y que nada aportan. Desde que me puse a dar teclazos en un ordenador he escrito siempre desde mis convicciones personales y desde mi reflexión más honesta. Es decir, desde mis pasiones. Y creo que es lo más conveniente y lo más honrado. Porque solo puede escribirse desde la experiencia, y desde los gustos personales. Y no hay nada más difícil que edificar un gusto personal hoy día.

Pareciera que en el interior de la etiqueta “Sci-Fi” cabe de todo, o casi. Siendo uno de los géneros más pesimistas, es irónico y hasta llamativo que el gran público siempre esté dispuesto a pagar por ver una Sci-Fi edulcorada, o simplemente una aventura con naves espaciales o alienígenas. Es sinónimo de pereza intelectual pretender que el cine esté ahí para divertirnos, en lugar de para despertarnos y golpearnos, como cualquier otra forma de arte. Como yo creo que el cine, pese a situarse en franca, casi humillante, inferioridad, respecto a otras formas de arte, sí puede ser una manifestación de las bellas artes, pues creo también, por necesidad, que la Ficción Científica puede y debe aspirar a más. Si el cine de Ficción Científica ha parido, en sus más bellos ejemplos, algunas obras deslumbrantes e imperecederas…¿por qué se debe considerar gran Sci-Fi a títulos que ni siquiera pertenecen a ese género, o siquiera considerarlas como buen cine? Me cuesta comprenderlo. Tratemos de establecer parámetros y mimbres para aclarar este embrollo en el que se ha convertido la Sci-Fi actual.

Nada más lejos de mi intención que establecer verdades absolutas, pero la Ficción Científica nació con una vocación muy clara no de contar fantásticas aventuras en otros planetas, sino de advertir de lo que el futuro podía deparar al hombre. Por supuesto que hay híbridos muy estimulantes, de los que voy a hablar a continuación, pero podemos empezar dejando claro los rasgos imprescindibles de lo que yo consideraría una Ficción Científica en su forma más plena:

1. Una base científica como disparadora del relato. Quizá no muy probable pero sí posible desde un punto de vista teórico. No se trata de hacer un documental de ciencia.

2. Que esa base científica conecte de forma emocional y psicológica con los personajes. Es decir, que estos no sean meras sombras, sino catalizadores y sufridores de las consecuencias tecnológicas o científicas.

3. Independientemente de que la historia transcurra en el futuro, en el presente, o incluso en el pasado, el tono es fundamental. Ha de ser pesimista, seco, áspero. Sin florituras ni ramalazos poéticos que fácilmente pueden hacerle caer en lo simbólico, lo parabólico o lo trascendental.

A partir de estos preceptos, es fácil abordar la producción anual de Sci-Fi y desentrañar lo que es una propuesta ambiciosa dentro de su marco, un maridaje quizá interesante entre este y otros marcos, o simplemente una película de fantasía. Por ejemplo, por mucho que algunos se empeñen, Star Wars (George Lucas, 1977) no lo es, así como ninguno de sus precedentes u otros títulos posteriores de naves espaciales. Todo eso es fantasía, porque carece de la más leve base científica, no habla del futuro del hombre, no posee un tono Sci-Fi rotundo. Y es que no es tan fácil hacer Ficción Científica, aunque se postulen a serlo muchas películas, basadas o no en míticas novelas de Sci-Fi. No lo son, por cierto, las cientos de películas de terroríficos extraterrestres, de viajes interestelares. Sin embargo, sí lo puede ser una película en la que no exista ni una nave, ni un extraterrestre, ni siquiera un artilugio tecnológico, como por ejemplo Stalker (Andrei Tarkovski, 1979), porque posee una base científica, porque su tono es perfecto, y porque habla del futuro del hombre.

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No existen pocas películas que, con un fondo de Sci-Fi, es decir, con una escenografía y algunos iconos preestablecidos, juegan a serlo para intentar ser otra cosa. Más allá de su valor, que puede ser discutible en algunos casos, resulta tan lamentable como calificar de western a toda película en la que salga un individuo con revólver y sombrero que masque tabaco. El marco de un género está ahí para algo. Para violarlo o trasgredirlo, si se quiere, pero desde la cultura cinematográfica, no desde la anticultura. Quizá hasta para subvertirlo, pero desde la inteligencia y el ingenio, no desde el oportunismo. En esos casos ocurre como en el rock, en el que todo cabe, al parecer, y que por eso ya se encuentra tan desvirtuado, tan aguado. Sin querer ser un purista, pues existen no pocos títulos bastardos entre géneros que me parecen maravillosos, lo que trato es de fijar un trazado en el que poder analizar con mayor rigor lo que se nos presenta en pantalla, lo que nos brindan las imágenes.

Cuando H.G. Wells irrumpió en la literatura de ficción de finales del siglo XIX, sentó las bases casi definitivas sobre lo que, en el siglo XX, sería la Sci-Fi más interesante y valiosa. Al contrario que Julio Verne, que era un hombre de gran inventiva e ingenio, Wells se interesó sobre todo por el hombre, y por el impacto que los descubrimientos y avances de la ciencia podían llegar a provocarle emocional, sociológica y psicológicamente. Hombre de gran cultura, creó una vasta obra en la que a lo científico o divulgativo se unía un espíritu filosófico de primera categoría. Incluso sus relatos más impregnados de ideología, en los que la metáfora social era más evidente, resultan apasionantes en su disgresión sobre la naturaleza humana, que es a fin de cuentas lo que le interesa al gran arte. Posteriores luminarias como Ray Bradbury o George Orwell, que tanto aportaron al género en la literatura, parten sin duda de ese espíritu, mientras que creadores de otras órbitas como Stanislaw Lem incidían en aspectos mas existencialistas e incluso nihilistas. Pero el objetivo de los más grandes siempre fue el mismo: alertar, criticar, cuestionar, anticipar.

La Ficción Científica, la mejor, tiene la obligación de ejercer de faro, de visionaria alerta de los tiempos que vienen, como única forma de ser más conscientes, todos, de lo que se avecina por los errores del presente o del pasado. Tiene que cuestionar, que meter el dedo en la llaga, que aplastar anímicamente. Puede hacerlo desde la conmoción, la visceralidad o lo íntimo, pero ha de ser certero y atroz. En caso contrario es otro tipo de cine, bastante menos interesante. Por eso creo esencial escribir aquí una suerte de jerarquía o de clasificación de algunas famosas películas de Sci-Fi, para que el lector tenga un concepto más claro de lo que intento explicar.

1. La Sci-Fi como metáfora o parábola de otra cosa

Blade Runner (Ridley Scott, 1982), El planeta de los simios (Planet of the Apes, Franklin Schaffner, 1968), Cube (Vincenzo Natali, 1997), 2001, una odisea del espacio (2001, A Space Odissey, Stanley Kubrick, 1968), E.T., el extraterrestre (E.T.: The Extraterrestrial, Steven Spielberg, 1982), Inteligencia Artificial (Artificial Intelligence, Steven Spielberg, 2001) La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, Don Siegel, 1956), El show de Truman (The Truman Show, Peter Weir, 1998), Ultimátum a la Tierra (The Day the Earth Stood Still, Robert Wise, 1951), entre otras.

Más allá de su calidad o vuelo estético (que en los casos de las cintas de Siegel o de Schaffner yo creo es indiscutible), este tipo de Ficción Científica es menor, porque en ellas se emplean los mimbres del género no para hablar del hombre, sino para ensalzar ideas. Es decir, son demasiado intelectuales. Esto es evidente en las tan sobrevaloradas, en mi opinión, de Scott y Kubrick, que se sustentan excesivamente en una escenografía y unas ambiciones narrativas grandilocuentes, pero que están vacías de emoción y de pertinencia en el género. Pero incluso La invasión de los ladrones de cuerpos es un alegato en contra del McCarthysmo, y El planeta de los simios es una parábola sobre la sociedad humana. Sin embargo su intensa emoción las convierte en algo muy poderoso. La de Spielberg es emotiva y con grandes momentos, pero habla, al igual que la de Weir, de la relación del hombre con Dios de forma demasiado evidente y edulcorada. En los 50, para empezar a maltratar el género, se hicieron muchísimas películas de propaganda anti-comunista, disfrazadas de viajes espaciales al planeta rojo y cosas parecidas. Ahorro al lector la urticaria que me producen tales realizaciones.

2. Mala o falsa Sci-Fi

Parque Jurásico (Jurassic Park, Steven Spielberg, 1993), El mundo perdido (The Lost World, Steven Spielberg, 1997), Desafío total (Paul Verhoeven, 1999), Trilogía Matrix (Hermanos Wachowski, 1999-2003), Contact (Robert Zemeckis, 1997), Inception (Christopher Nolan, 2010), Dune (David Lynch, 1984), Stargate (Roland Emmerich, 1994), Abre los ojos (Alejandro Amenábar, 1997), Men in Black (Barry Sonnenfeld, 1997), El quinto elemento (The Fifth Element, Luc Besson, 1997), y muchas otras.

Filmes como estos desvirtúan y vuelven la Ficción Científica un embeleco, o un relato conservador hasta extremos inconcebibles. Yo como espectador puedo disfrutar, y mucho, de la película de Sonnenfeld, o la de Verhoeven, pero de ahí a considerarlas gran cine o buena muestra de Sci-Fi, media un abismo. Que los directores hagan lo que quieran y que los espectadores paguen por ver lo que les apetezca, pero un filme tan mal dirigido, horriblemente interpretado y penosamente escrito como Parque Jurásico, que además adolece de un concepto de la aventura en verdad lamentable, y un intento de hacer Sci-Fi que la vuelve un juego de niños, por muy lujoso (pienso en las de Nolan, o Zemeckis) o espectacular que quiera ser. Este es un género muy importante, y ver a directores, algunos de talento, queriendo dar gato por liebre, me parece deleznable. Sobre los espantos de Besson o los Wackoswski qué decir… productos predigeridos, que plagian todo lo que el espectador medio no conoce previamente, y que da muestra de su pobreza intelectual y cultural. En cuanto a la de Lynch y cosas parecidas, como los Star Trek (que alguno bueno hay) ni es Sci-Fi, ni lo será jamás. Insisto aún a riesgo de resultar cansino: por poner naves espaciales y monstruitos no se está necesariamente haciendo Sci-Fi, bajo mi punto de vista.

3. Aventura Sci-Fi

Starship Troopers (Paul Verhoeven, 1997), Alien, el octavo pasajero (Alien, Ridley Scott, 1979), La máquina del tiempo (The Time Machine, George Pal, 1959), La máquina del tiempo (The Time Machine, Simon Wells, 2002), The Abyss (James Cameron, 1989), 1997: Rescate en Nueva York (Escape from New York, John Carpenter, 1981), 2013: Rescate en L.A. (Escape from L.A., John Carpenter, 1997), Encuentros en la tercera fase (Close Encounters on the Third Kind, Steven Spielberg, 1977), Trilogía Mad Max (George Miller, 1979-1981-1985), Regreso al futuro (Back to the Future, Robert Zemeckis, 1985), Regreso al futuro 2 (Back to the Future 2, Robert Zemeckis, 1989), Depredador (Predator, John McTiernan, 1987), Avatar (James Cameron, 2009), Días extraños (Strange Days, Kathryn Bigelow, 1995), Waterworld (Kevin Reynolds, 1995), Pitch Black (David N. Twohy, 2000), Minority Report (Steven Spielberg, 2002), Señales (Signs, M. Night Shyamalan, 2002), entre muchas otras…

En este grupo hay de todo. De lo mejor a cosas menos interesantes, pero todas ellas Sci-Fi. Alguna menor, de aventura para pasar el rato, como las películas de Zemeckis, y algunas maravillosas, como las de Carpenter, que son salvajes en intensidad y en subversión. En Sci-Fi cabe la aventura, el terror, el noir o casi cualquier cosa, mientras se tenga un mínimo de respeto y de cinefilia, y los responsables sepan bien qué terreno están pisando. Bien lo sabe George Miller, un grande en el género, o Verhoeven, un director de gran valía, que cuando puede o le dejan firma títulos inolvidables.

4. Gran Sci-Fi

La mosca (The Fly, David Cronenberg, 1986), Stalker (Andrei Tarkovski, 1979), Robocop (Paul Verhoeven, 1987), Hijos de los hombres (Children of Men, Alfonso Cuarón, 2006), Terminator (The Terminator, James Cameron, 1984), Terminator 2 (Terminator 2: Judgement Day, James Cameron, 1991), Futurama (Matt Groening, 1999-2013), 12 Monos (Twelve Monkeys, Terry Gilliam, 1995), Metropolis (Fritz Lang, 1926), La vida futura (Things to Come, William Cameron Menzies, 1936), El doctor Frankenstein (Frankenstein, James Whale, 1931), Cuando el destino nos alcance (Soylent Green, Richard Fleischer, 1973), Aliens (James Cameron, 1986), Están vivos (They Live!, John Carpenter, 1988), La cosa (The Thing, John Carpenter, 1982)

Aquí mi ramillete, en el que incluyo lo mejor de lo mejor, de la gran Sci-Fi o Ficción Científica. En él se incluyen los tres preceptos arriba mencionados de manera nítida y sin fisuras. Pueden ser más filosóficas, como la de Tarkovski, o espectaculares, como las de Cameron. Pueden ser sátiras, como la maravillosa serie de Matt Groening, o de humor negrísimo, como la de Gilliam. Pero todas ellas destilan lo mejor que ha dado el género en el cine en toda su historia.

Espero que con este ensayo, y con esta jerarquía, el lector se haga una idea más certera de mis gustos y también de lo que yo creo que es la verdadera Ficción Científica. Cuando tenga tiempo, haré lo propio con otros géneros.

La increíble suerte que tengo

tormenta

Yo creo, y desde hace mucho, que la humanidad se divide en tres grupos. Un grupo ínfimo, de quizá unos pocos entre miles de millones, lo conformarían los que viven una vida plena, satisfecha. Quizá no feliz, pero tampoco una vida en la que las desgracias eclipsen a los triunfos. Es decir, gente cuya vida no es la de un triunfador insensible, pero sí la de una persona realizada en la vida, capaz de soslayar sus fracasos y de estar en consonancia consigo mismo, que sabe a qué coño ha venido al mundo.

El segundo grupo sería en el que se engloban, seguramente, todos los que puedan leer este texto. También el que lo escribe y, básicamente, la gran mayoría de las personas que sufren y mueren en una sociedad más o menos evolucionada. Los que experimentan una vida llena de sueños rotos, pero también de oportunidades. Con muchos problemas, pero también con comodidades y con desastres. Una vida de mierda, a grandes rasgos, en la que no sabemos quiénes somos, ni qué coño hacemos aquí, ni a donde vamos, esclavizados por trabajos que no nos llenan, aturullados por problemas que no necesitamos pero a los que prestamos una atención desmedida. Este segundo grupo, el de los pringados que se quejan mucho y no hacen nada, es muchísimo más grande que el primero, pero muchísimo más pequeño que el tercero.

El tercero sería inmenso, indescriptiblemente enorme. El grupo de los miserables, los desamparados. Los que mueren a los cinco años de edad por carecer de agua potable. Los que adolecen de una enfermedad terrible que les impide respirar o caminar. Los que dependen de los demás y no tienen a nadie. Los de vidas aniquiladas por la crueldad ignominiosa e infinita del hombre. Los relegados, los masacrados, los destruidos. Los que ya no aspiran más que a llevarse un trozo de pan a la boca. Los que guardan sus últimas fuerzas para escalar esa valla electrificada que separa a los tiranos de los hipócritas. Los que viven una vida que es un tunel negro sin salida y encuentran en la muerte una luminosa salida a una pesadilla sin fin.

Esta escala de la existencia para mí es un axioma incontrovertible. Con sus matices, o lo que quieran los lectores, pero una gran verdad. Yo, por mi parte, aunque vivo una vida de mierda en la que no me dejan, ni me dejo, ser yo mismo, en la que experimento la amarga sensación de coartarme para no quedarme más solo que la una, más arruinado que nunca, más aislado que nunca, creo que soy un tipo increíblemente afortunado.

Afortunado porque a pesar de mis achaques (todos ellos atribuibles a un cuerpo machacado por el estrés, mi escaso talento para cuidarme a mí mismo, mi tendencia innata a abusar de mis límites…), a pesar de que de cuando en cuando me dan ganas de rendirme y tirarme en un rincón a morir, debo haber sido tocado por algunos misteriosos y esquivos dioses que miran por mí, y a lo mejor a ratos juegan conmigo, y a momentos se apiadan de mí, porque sigo aqui, estoy entero, y de alguna extraña forma sigo siendo Adrián Massanet.

Afortunado porque tengo un trabajo que no está nada mal, y con el que me gano la vida y pago las facturas, y mantengo mi propia casita, en la que vivo solo pero contento. Y que también puedo pagar mis caprichos y mis vicios, aunque muchas veces me pregunte si esos caprichos o vicios terminarán conmigo de forma abrupta e inmisericorde. Suerte que tengo de estar a ratos mortificado por mis dudas laborales, por mis dudas en mi competencia o mi habilidad o inteligencia, por no saber si lo hago del todo bien o del todo mal, si me odian o me aprecian, si lo doy todo, o simplemente todo lo que puedo. Afortunado porque tengo gente que me quiere, aunque de cuando en cuando me pregunto por qué me quieren, y me soportan, y me escuchan, y hasta me preguntan qué opino de esto o de aquello y luego guardan silencio, esperando mi respuesta. Poco importa, supongo, si me planteo lo mal amigo que soy en ocasiones, o si me planteo que doy mucho y nunca pido nada, o si me planteo que la amistad es mucho más importante que el amor porque te permite ser más tú mismo.

Muy afortunado porque a pesar de que la espalda me mata, y la pierna derecha me aniquila poco a poco con sus dolores y sus debilidades, y que el ojo izquierdo terminará en la cubeta de un cirujano, o que tengo las uñas roídas y feas, y los pies horribles, y soy delgado aunque me coma un buey a dentelladas durante una semana entera, mantengo una buena forma sin apenas hacer ejercicio, soy fibroso y marco bien sin apenas esfuerzo, la ropa me queda bien sin apenas preocuparme por ello. Mi agilidad y mi fuerza es más o menos la que tenía hace quince años y esto es algo de lo que no muchos pueden presumir.

Afortunadísimo de tener a mis amigos. El mejor de todos ellos, el más inteligente y estimulante, generoso y libre, mi amigo cubano. Pero tengo más, que vienen y van, y que siempre me piden lo máximo, y me hacen sentir a menudo mal, pero simplemente porque saben o quieren saber, que puedo ofrecer lo mejor, aunque me llenen de dudas. Extremadamente afortunado de que aunque el pasado puede atormentarme a veces, mi imaginación alocada me permite volar a futuros imposibles en los que por fin me acepto a mí mismo, y supero mis mierdas, y me tranquilizo y no estoy todo el día como una puta moto con la ansiedad.

Otras cosas rozan lo milagroso. Que mi madre lo haya superado todo y que ahora solamente esté deprimida y harta de ir de cuando en cuando al hospital, es un puto milagro. Que mi padre la quiera tanto, y sea un hombre tan bueno y tan generoso, es otro milagro. Que mi hermano sea tan capullo a su manera (la manera Massanet) y siga con ganas de reir y hacer el tonto, es el más grande de los milagros. Y, bien mirado, que yo mismo siga con ganas de escribir, y escriba tantas cosas (aunque sean tonterías) es un milagrito del que me siento orgulloso cuando me levanto por las mañanas y me pregunto… ¿quién coño soy? ¿qué coño hago con mi vida? ¿valgo la pena? Vamos a teclear un rato, tomar un café, afeitarnos y sonreír un poco. Vamos a reirnos también, aunque no tengamos ganas.

Madrid puede ser intolerable

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Rompo mi silencio en el blog (un silencio que nada tiene que ver con la sequía neuronal o con la apatía, pero ahora entraré en eso) para afirmar hoy, a las siete de la mañana, lo que espero que muchos otros ciudadanos de Madrid piensen o sientan o les gustaría proclamar: que esta urbe puede ser una ciudad intoblerable para vivir en ella. No sé si para venir de turista, pero sin duda lo es para los que residen aquí. Principalmente el centro de Madrid.

Antes de entrar en harina, una aclaración: estoy tan aburrido de que el 95 % de los lectores que entran a esta mi página lo hagan para leer el artículo de Guns N’ Roses, o para ver sus imágenes, seguramente gracias a algún buscador como Google, que a menudo no he publicado alguna cosa nueva para esperar a que baje el número de lecturas y así asegurarme que los que me leen realmente se interesan por mis escritos. Otra razón es que me curro mucho mis textos para La Columnata, y entre esa y otras ocupaciones intelectuales, no tengo tiempo para mucho más, que soy un proletario con el tiempo (y el ocio) limitado. Otra más es que preparé dos super-textos para esta página que se fueron al garete gracias a la maravillosa aplicación de WordPress para I-phone, la cual me los destruyó en dos segundos para actualizarse, y he pasado semanas cagándome en Dios cada vez que veía una W gigante. La última es que he descubierto que me aburría el antiguo aspecto del blog, así que como puede observar el lector lo he vuelto a cambiar. Bueno, al lío.

Espero que WordPress, en su infinita sabiduría, no se cargue este texto, porque no he dormido casi nada en toda la noche y estoy para pocas hostias. La ola de calor ha convertido mi casa en lo más parecido a una sauna. Hasta las paredes están pegajosas. También la ha vuelto un hervidero de polillas. Aunque cada vez que salgo del trabajo y cruzo el maravilloso barrio de Fuencarral, las veo revolotear a docenas a mi alrededor, así que supongo que entre ellas no se ha corrido la voz de que soy un Matabichos y no acuden a mi casa en busca de venganza, reclamando mi cadáver, sino que simplemente a todo el mundo le pasa igual, y la tranquilidad de su casa se ve turbada por estos animales magníficos pero pesadísimos, más difíciles de expulsar por la ventana de lo que resulta hacer callar a una señora de cincuenta años. Y lo de las señoras de cincuenta años no lo digo por casualidad.

En Madrid ocurre una cosa terrible sobre la que ya me he referido otras veces: o te asas de calor o te mueres de frío. No hay término medio. Aquí no existe eso que llaman primavera, o eso del otoño, términos que para un madrileño son algo extraño, como salido de una novela romántica. Aquí hay verano desde mayo hasta septiembre y el resto del año invierno. Esto dificulta mucho levantarse de la cama, cuando hace frío, porque estás tan a gusto ahí metido que su puta madre va a congelarse mientras se prepara el café. Y hace casi imposible dormir cuando hace calor, porque a los quince minutos de haber apoyado la cabeza contra la almohada te sientes como si la hubieras metido dentro de un cubo de agua caliente. Yo tengo dos almohadones, y los voy turnando según pasan las horas, porque quedan hechos un puto asco de sudor. Luego me levanto a beber un vaso de agua, o un litro, a eso de las cinco o las seis de la mañana, o me pongo a escribir, como ahora, con el cerebro embotado y las yemas de los dedos progresivamente calcinadas mientras tecleo, ya que el ordenador se va sobrecalentando rápidamente.

Debe ser esta la causa por la que el madrileño medio está todo el puto día cabreado, enojado, irritable, apático, tocacojones. Si no existe en Madrid la primavera y el otoño a veces me pregunto si existe la cortesía. El otro día salí de los chinos a los que ya he pagado la universidad de sus hijos y de sus nietos, y casi arrollo a una tipa. Me disculpé inmediatamente porque la culpa era solo mía, y la mujer me sonrió, alucinada. Me apuesto mil euros a que en su puta vida de madrileña nadie que la hubiese empujado, voluntaria o involuntariamente, se había disculpado después. Aquí esperas en la cola de un cine y la peña pasa a cinco centímetros de tí, y tranquilo que las palabras “disculpa” o “permiso” no van a salir de su boca, están como proscritas. Este fin de semana dos vecinas charlatanas me estaban dando el coñazo desde la escalera. Como en este edificio las paredes son como de broma, cada vez que alguien baja o sube las escaleras se oyen pasos retumbar, pero encima ellas, que son como cotorras, y que como casi toda mujer que he conocido hablaban a la vez (¿se escuchan, realmente? ¿o nada más encuentran un gozo primario en soltar palabras sin sentido?), hablaban a todo volumen. No sé ellas, pero yo me paso de lunes a viernes currando como un idiota para sobrevivir, y los fines de semana, cuando estoy en casa, me gusta descansar, leerme un libro, escuchar música sin que nadie me moleste, o simplemente mirar al techo y relajarme. Y las estupendas señoras hablaban tan alto que parecía que estaban en mi salón. Cuando yo vivía en las afueras de Madrid, porque eran las afueras, poco más o menos, nadie se paraba en el descansillo de la escalera quince minutos a soltar voces. Tenían un poco de educación. Me avergüenza un poco decir que acabé tan harto de su charla que solté una voz por la ventana, que da al patio, y pedí un poco de silencio. Eso sí, añadí un por favor. Bajaron el volumen.

En el centro de Madrid hay libertad para ser todo lo grosero, descortés y maleducado posible. Aquí los demás no importan una mierda. Son bultos sospechosos. Hologramas. Si te acercas caminando a una panda de amigotes que acaba de salir de un bar, aunque te vean llegar, no se apartará ni uno. Tienes que hacer malabares. Si te cruzas con un memo en la calle, esperará a estar a tu altura para soltar un gargajo repugnante. ¿Escupirá en el suelo de su casa? Entonces, ¿por qué lo hace ahí? Si te topas con una tipa y su perro, y el animal se ha alejado tirando de su collar, la tipa en cuestión no va a moverse para que puedas pasar, te vas a ver obligado a saltar por encima del cordel que lo ata. Si un señor está descargando alimentos para el carrefour, impidiendo que pase nadie, tendrás que rodear el furgón por la carretera, exponiéndote a ser atropellado, pero te toparás, al regreso a la acera, con un montón de bolsas de basura que algún simpático apiló en la esquina de la calle. Si paseas por una calle estrecha no faltará el motero que te sigue para incorporarse a la calzada, apremiándote para que le dejes pasar. Y así hasta el infinito.

Me gusta mucho Madrid porque ofrece muchas cosas y es realmente una ciudad muy bonita, con algunos barrios muy hermosos (por ejemplo, el mío). También conoces gente estupenda. Pero civismo hay poco con los desconocidos. A lo mejor es porque aquí nada huele a nada. Sales a otra provincia y de repente se reactiva el olfato. Los árboles huelen a árboles, la fruta a fruta y el aire a aire. Puede que la privación de este sentido altere cierta glándula desconocida que espolee la agresividad. Qué se yo.

El Matabichos

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No es exactamente como el Matarreyes, pero casi. Yo soy el Matabichos. Por cierto que estos días he podido ver bastantes episodios de Juego de tronos, y con tantos personajes y lugares, he llegado a la conclusión, listo que soy, que en una trama no cabe todo lo que quieras, y que la sobreabundancia de caracteres y detalles es directamente proporcional al aburrimiento. Pero ahora se llevan sagas de cientos de personajes, tramas y subtramas, hijos y nietos y conflictos cruzados que no acaban nunca, servidos con una escenografía apabullante. Cada cual que se quede con lo que le apetezca, pero yo al menos en esta saga me quedo con algunos personajes y algunos hallazgos parciales que, sin embargo, no cuajan en una gran obra de arte, se mire como se mire. Pero no quería yo hablar de literatura. Y sí de batallas.
El año pasado, llegando del trabajo en pleno verano, una de esas noches en las que el calor se te pega a la piel como una segunda (o una tecera) camisa, encendí la luz de mi casa y acudí al ordenador para poner algo de música y así amenizar la preparación de la cena. Y allí estaba. Justo encima del ratón del ordenador, mirándome. Yo creo que casi esperándome. Pequeñísima, solitaria y guerrera. Y con mi gesto se sobresaltó y empezó a dar vueltas por toda la habitación a la velocidad del rayo. Era una polilla de pequeñas dimensiones y decidí ignorarla y hacer la cena. Cuando regresé, diez minutos más tarde, estaba más tranquila. Se posó en una pared y, mientras me sentaba dándole la espalda, pensé: “qué demonios, es un bicho enano y frágil, insignificante e inofensivo, y no le voy a prestar atención”. Pero fue imposible, porque de pronto voló más rápido que nunca, zigzagueando de manera asombrosa y poniéndome de los nervios, y cogí lo primero que encontré y la perseguí dando mandobles, con la esperanza de que saliera por la ventana. Pero qué va. Se metió en la cocina y siguió recta hacia el baño. No volví a verla.
Lo cierto es que las polillas me fascinan. Me parecen una criatura magnífica, mucho más bella que las mariposas. No solamente porque sean nocturnas, casi todas, mientras que las mariposas son diurnas, también casi todas, sino porque más allá de sus alas, su estructura física es mucho más impresionante. Mientras las mariposas parecen gusanos repelentes sin sus alas, las polillas parecen guerreros en sus corazas, y al mismo tiempo sus extremidades parecen mucho más suaves y sensibles. Ambas comparten un volar zumbón bastante desagradable, que pone nerviosos a muchos, entre ellos yo mismo. Pero no es la única razón por la que, aunque me gusten, termino harto de ellas al poco rato. Y es que son mucho más fuertes que yo. Están solas en su deambular y entran a casas en las que probablemente los dueños las echarán a patadas, o las envenarán con un spray, o les darán un escobazo mientras ellas, aleladas con la luz de la lámpara de araña, no se enterarán de nada.
Por eso, tengo el dudoso orgullo de sentirme un Matabichos.
Hace algunas semanas pasó de nuevo. Abrí la ventana para refrescar la habitación y casi al momento entró una polilla. Mucho más grande que la del año pasado. Completamente negra y en plena forma. Volví a pensar lo mismo: es un bicho inofensivo, que ni muerde ni pica ni nada, y matarlo sin más es una crueldad. Que haga lo que le da la gana y ya se irá. De nuevo, imposible. La expulsé de mi cercanía y se puso como loca, haciendo un ruido indescriptible, golpeteando contra el techo, colándose en la rendija de la lámpara del techo y entrechocando en sus paredes como una canica consciente de sí misma en un pinball. Ya no estaba solo en mi casa sino que tenía una compañía que me enervaba. Un año más tarde cogí un trapo y la eché del cuarto. Se fugó a la cocina y se metió en el baño. Desapareció. Yo no podía creerlo. La misma historia dos veces. Cerré la puerta del baño con la esperanza de que ocurriese como con la otra. Que desapareciera. Pero a la mañana siguiente estaba en la pared alta del baño, dormitando. Le puse nombre: Gladys. Mi nueva mascota. Una mancha negra con las alas recogidas. No se movió. Al día siguiente, que pasé inquieto porque pensaba que no sabía dónde aparecería, estaba en el techo de mi dormitorio, de nuevo dormitando. Concluí que no podía tenerle miedo a un ser muchísimo más pequeño que yo. Cogí el trapo de cocina y le solté tal zurriagazo que tembló la pared. Desapareció. Se desintegró.
Esa noche dormí mucho más tranquilo porque en el fondo de mi corazón los insectos me dan un miedo atávico e incomprensible.
A la noche siguiente estaba pensando en ella. ¿Realmente estaría muerta mi Gladys? Estaba escribiendo en mi ordenador, como lo estoy ahora, y sentí que algo se movía en el suelo. Era ella. Rediviva. Intacta. Triunfante. Yo no podía creerlo. Cogí el trapo de asesino y fui a por ella. Se acercó a mí y le solté un nuevo zurriagazo. Una vez más desapareció. La busqué por todos lados y la encontré. Estaba en el suelo, cerca de la puerta de la casa, retorcida y muerta. Me sentí como si acabara de matar a un dragón indestructible. Pocos días después encontré otro cadáver. Porque en realidad, habían sido dos. Es decir, que había conseguido matar a dos dragones. Albricias. Las recogí con la escoba y las tiré a la basura.
Pero por mucho que me sienta un Matabichos sanguinario, me da un miedo atroz abrir la ventana para ventilar mi casa. Me he retirado. Ya no quiero matar más.

Die Hard (Jungla de cristal) – Una joya del cine

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Una vez más, dado que no encuentro ni un sólo análisis, o crítica o ensayo, como diablos se le quiera llamar, medianamente decente y preparado sobre una gran película (que resiste el paso del tiempo con la rocosidad de lo imperecedero), ya sea en español o en inglés, como es Die Hard, que aquí se llamó Jungla de Cristal, y que este año cumple nada menos que cuarto de siglo de existencia con una juventud y un vigor que ya quisieran muchas otras películas del llamado género de acción, no digamos muchas otras de otros géneros absurdamente más prestigiosos que éste, pues me he lanzado a escribirla yo. Porque siempre es un placer inmenso hablar o escribir sobre aquellas joyas que uno ama y que forman parte de su vida, y porque haciéndolo quizá demuestre que es muy fácil analizar algo tan diáfano y tan generoso siempre que uno disponga de un mínimo de cinefilia y de verbo y de pasión, y también que el género de acción (una expresión simplificadora y elitista hasta la náusea) es mucho más de lo que los miopes quieren o pueden ver.
La acción se entiende hoy día como ese tipo de películas en las que priman grandes ‘set-pieces’ de tiros y explosiones. Como no podría ser de otra manera, la producción norteamericana, siendo un país tan amante de las armas, eclipsa a todas las demás, aunque desde Hong-Kong y otros países asiáticos están muy dispuestos a ofrecer una respuesta más ingeniosa o descarnada. El género es comercial y plagado de efectos especiales, ruido y furia. En sí mismo, es el espectáculo. Y el cine no es otra cosa que espectáculo: íntimo o físico. Pero espectáculo. Todos los directores del mundo, para que de comienzo la toma, gritan “¡acción!”. El drama, que en España, erróneamente (como tantas otras cosas de la órbita de la cultura), se entiende como un género, o un no-género, proviene de la palabra griega dram, que significa, así mismo, acción. Todo el cine es acción, de diverso tipo o intensidad. La palabra acción, por su parte, designa a una sucesión de efectos o peripecias que constituyen un argumento, una trama de acciones de los personajes. Un entramado, una red cruzada de actos y consecuencias. Pocos dramas norteamericanos de la perfección y la intensidad de Die Hard.
Una adaptación memorable
El guión de la película, escrito por Steve de Souza y Jeb Stuart, es un palimpsesto de la novela Nothing Lasts Forever, publicada en 1979, cuyo autor fue Roderick Thorp. Al parecer, pues desconozco la novela, no solamente la sigue a grandes rasgos (un policía de Nueva York contra doce terroristas que toman rehenes en un rascacielos) sino que los escritores aprovecharon muchas buenas situaciones y diálogos, y casi todos los personajes. Una de esas novelas, sin duda, escritas para ser llevadas con garantías al cine. No creo que sea ninguna novela notable, pero existe no poca literatura que es casi un guión de cine. Con este punto de partida, escogieron al que probablemente es, después de James Cameron y Kathyn Bigelow, el más dotado de los directores norteamericanos de aventuras de los años ochenta. John McTiernan, quien venía de consagrarse con la estupenda Predator, un año antes, y que estaba más que dispuesto a demostrar que aquella intensa aventura no fue cuestión de un azar. Y no solamente consiguió eso, sino que se superó con creces. McTiernan filma a lo Aldrich, a lo Walsh. Entendió hasta la última coma del guión que se le brindaba y con una profesionalidad digna de elogio filmó la que sin lugar a dudas es su película más completa.
Un policía de Nueva York, John McClane, viaja a Los Ángeles en la víspera de Navidad para reencontrarse con su mujer, que trabaja para una importante compañía japonesa en un altísimo edificio llamado Nakatomi Plaza. En realidad, quiere reconciliarse con ella, porque seis meses antes se habían peleado y su matrimonio pende de un hilo. El reencuentro, que no empieza del todo bien, se verá frustado por la aparición de una docena de terroristas (o eso parecen al principio…) de procedencia europea, que toman por rehenes a los miembros de la compañía que participan en la fiesta navideña. McClane escapará justo a tiempo y será la única esperanza de los rehenes y de su mujer. Descalzo, agotado y desesperado, su ingenio y su destreza se enfrentarán a la astucia del despiadado jefe de los asaltantes, en realidad ladrones que quieren llevarse el importante botín de la cámara acorazada. Esta premisa ha sido el germen para gran parte del cine “de acción” posterior, y ha generado no pocas copias inconfesas que trataban de repetir una fórmula que aquí deslumbra por lo recio de un guión sin la menor fisura y por la habilidad de McTiernan en la dirección de actores, en el tono y en la planificación visual.
Los guionistas se plantearon, con esta película, un espectáculo total en el que el edificio Nakatomi fuera el único y enorme decorado, dentro del cual va a suceder una peripecia física y sobre todo emocional que en cada bloque narrativo es de una perfección inusitada. Lo primero y más importante que hace es situar el punto de vista del personaje principal para que también sea el del espectador. John McClane aterriza en L.A. y desde el comienzo se siente fuera de órbita. Le desagrada volar y mantiene una conversación delirante con un compañero de viaje que se asusta al ver su arma, lo que es una ingeniosa forma de contarnos que el protagonista es un policía de Nueva York. A continuación le seguiremos por los pasillos del aeropuerto , sorprendiéndose por algunas actitudes de los californianos. Es realmente como si hubiera viajado a otro país, lo que luego se verá reforzado por el hecho de verse encerrado en un edificio inmenso de una compañía japonesa a merced de unos terroristas europeos. Todos estos detalles son esenciales, como el interrogatorio amistoso al que se ve sometido por parte del joven taxista negro, para aislarle y para dibujarle como un personaje desconectado, perdido y desamparado. 
Y a partir de ese prometedor arranque, el relato en lugar de desinflarse sigue subiendo más y más arriba, y siempre creíble por muy inverosímiles que lleguen a resultar algunas situaciones, en un crescendo imparable siempre coherente por la fuerza y credibilidad de los personajes y la brillantez del guión. Pero sobre todo por la puesta en escena.
La fuerza narrativa de McTiernan
La característica más importante de un gran director de aventuras, seguramente, es su habilidad casi diabólica para apretar el acelerador y que una secuencia instalada en un tono determinado de pronto pase a otro muy diferente, mucho más nervioso y eléctrico, y que ese nuevo tono marque las vicisitudes físicas y emocionales (una sin la otra no queda creíble, mal mayor de muchos malos directores de actores) de los personajes, y que casi dicte sus acciones, hasta que quedan agotados y se regresa al tono inicial. Es fácil de decir pero muy difícil de hacer. Aquí encontramos esa característica en grado elevadísimo. Basta echar un vistazo a la secuencia del reencuentro entre marido y mujer, con su posterior discusión, que termina abruptamente y que cuando parece que va a reiniciarse da lugar a la llegada de los secuestradores. De pronto, de una escena de diálogo muy íntima, privada, se pasa a una de alcance más global, a un peligro físico inminente. Todo se dispara, pero el cineasta lo narra con una convicción que parece natural. Por supuesto, no viene solo. Lo estaba preparando con las imágenes en paralelo de los intrusos superando las pobres medidas de seguridad del edificio.
Es una secuencia en verdad muy ingeniosa. Por una parte un camión con el grueso de los bandidos se queda esperando, estacionado en el aparcamiento subterráneo del edificio. Por otra, tanto el informático como el que luego parece ser el hombre de confianza del líder (y el más peligroso de todos ellos, interpretado con gran intensidad por el malogrado Alexander Godunov), aparcan un cochazo delante de la entrada y entran con toda naturalidad, como dos invitados más, para cargarse a los dos encargados de seguridad con una frialdad y una destreza notables. Luego bloquean informáticamente los ascensores y el camión deja salir a todos los hombres que lleva dentro, con el líder (un impresionante Alan Rickman, ¡en su primer papel para el cine!) avanzando el primero de forma imperial. Cortan las líneas telefónicas (justo en el momento en el que McClane se comunica con su servicial chófer, en un detalle de guión muy interesante). Cierran todas las puertas y salidas, convirtiendo el edificio en una fortaleza inexpugnable, y acceden al piso de la fiesta navideña tomándolo por la fuerza de sus armas automáticas. En todo momento prima un envidiable buen gusto en la planificación (obra también, sin duda, del excelente operador holandés Jan de Bont, luego reconvertido en director de, por ejemplo, una película hija absolutamente de esta, como es Speed, en la que intenta, con poca fortuna, repetir la fórmula) y una sensibilidad en el montaje muy alejada del corta-pega frenético tan en boga en realizadores de menos fuste. Es decir, casi todos. 
Pero hay más. En el momento en que McClane escapa sin ser visto, nos lo creemos por la puesta en escena. No por el guión. Los intrusos se distraen un solo instante con un rehén histérica y semidesnuda y él aprovecha para salir pitando por las escaleras. Detalles como ese, o como cuando el personaje de Bruce Willis (espectactular toda la cinta, humano y fuerte, frágil y cínico) es testigo de la ejecución de Takagi y se esconde tras una puerta, o como el del primer bandido eliminado por McClane (encendiendo las luces del piso en construcción y dando por sentado, él y nosotros, que sigue detrás del bloque de hormigón), o el del infierno de cristales rotos que el protagonista, descalzo, ha de atravesar en el último segundo antes de que lo vuelen todo, que no están mostrados, sino fuera de campo, en un esfuerzo narrativo notable que demuestra que no todo ha de verse, que basta con sugerir para que el suspense se dispare.
Sin embargo, no todo es sugerido. Formidables secuencias como la del intento por parte de la policía de entrar en el edificio, o el clímax del helicóptero, dejan hoy día, después de cientos de películas de acción, y de espectaculares y carísimos set-pieces, con la boca abierta. No solamente por la perfección técnica, que también, sobre todo por la intensidad visual a la que asistimos. En la primera, el absoluto dominio estratégico de Hans Gruber, el jefe de la banda de delincuentes, es contrarrestado por la capacidad destructiva, casi suicida de McClane, cuando harto de su soberbia y su crueldad, lance los explosivos de los que dispone al piso en el que dos de la banda han masacrado a los Swat, provocando una explosión terrorífica. Y la ira del jefe de policía local, así como la fascinación de unos medios de comunicación ávidos de imágenes impactantes. Porque esta película tampoco se priva de criticar la falta de escrúpulos de algunos periodistas y tampoco a los policías irresponsables o a los agentes del FBI que se creen que están todavía en Vietnam. 
Al final, todo se reduce a un duelo a tiros. No en vano McClane quiere que Hans Gruber y su improvisado socio en la policía, en sus conversaciones por radio, le llame Roy Rogers, una estrella del western norteamericano que no trascendió hasta estos lindes. John engaña una vez más con su instinto callejero al brillante Hans en un tiroteo triple, y se ve salvado cuando la victoria parecía cosa hecha, por su escudero que había abandonado la violencia directa. ¿Se puede pedir más?