Sobre ‘La caja 507′ y los papeles de Bárcenas

lacaja

En el año 2002 Enrique Urbizu, uno de mis directores españoles favoritos, y un verdadero cinéfilo loco, de los de verdad, de los que valen la pena, estrenaba La caja 507, una magnífica película que gana a cada nuevo visionado (yo ya no sé cuántos llevo). En enero de 2013, se “descubría”, a raíz de una serie de hojas manuscritas en las que un tal Bárcenas, ex-tesorero de un partido que da la casualidad que gobierna en España, que “supuestamente” se han pagado grandes cantidades de dinero negro, provenientes de grandes empresas y constructoras, al presidente del gobierno, un tal Marianico Rajoy, y a toda la cúpula del partido, contraviniendo una serie de leyes, armando un escándalo bastante serio, cabreando monumentalmente a gran parte de la población, y demostrando lo que ya todos más o menos sabíamos: que el poder corrompe hasta niveles imaginables, que la población española está más dormida y aborregada de lo que cabria esperar (y cabría esperar mucho), y que los ricos gobiernan mientras los idiotas duermen y trabajan. Bien.
Viene todo esto a cuento de que mi Querido Jodido Cascarrabias, Palazón, dijo unas cuantas veces en su blog, antes de pedirme que me follen (ojalá…pero te sigo leyendo cada día, amigo), que todo eso del cine está muy bien y todo eso, pero que el fútbol, vaya usted a saber por qué, el más canallesco de todos los espectáculos, el más deleznable de todos los oficios del hombre, es una visión mucho más certera, una metáfora mucho más nítida, de la condición humana, como un espejo en el que pudiéramos observar con detenimiento la podredumbre de la humanidad; mientras que el cine y otras cosas artísticas, incluso jugar o hacer el ganso, que en mi opinión son mucho más necesarias, representan poco menos que perder el tiempo, tiempo que deberíamos usar para luchar y para hacer algo. Pero, diantre, luego uno se acuerda de la magistral película de Urbizu y se da cuenta de que esto del arte, y de hacer películas, y de narrar aventuras es mucho más que sentarse en un sofá con una jarra de cerveza a rascarse los huevos. A veces, algunas veces, es importante. Necesario, casi imprescindible.
En la película de Urbizu, a una familia compuesta por un director de una caja de ahorros regional, su mujer y su hija, les joden pero bien jodidos cuando la chica muere en un incendio que en un principio parece accidental pero que no es más que un ardid para recalificar unos terrenos y que los mismos hijos de puta de siempre se queden con millones, y se construyan chalets y puertos de lujo. Varios años más tarde, este mismo señor, interpretado por Antonio Resines, accede por casualidad, porque tiene lugar un atraco en su banco y se queda atrapado en la caja fuerte, a unos papeles que no debería haber visto nunca y que implican a no pocos políticos, policías, jueces, medios de comunicación. A todo Cristo. Y durante el robo de joyas de la sala de seguridad, le dan a su mujer una buena paliza en su propia casa, para que se esté calladita, y casi la matan. Con lo que este hombre común, por nombre Modesto Pardo (los nombres en el cine de Urbizu suelen tener coña marinera) decide emplear esos papeles, llenos hasta arriba de nombres, cuentas y cifras, y organizar un buen follón. Quiere que caigan los responsables de la muerte de su hija, y quiere que los peces gordos sufran y que su mujer se recupere y viva como una reina.
El buen cine, el grande, habla de este mundo, proponiendo otro, el cinematográfico, con sus propias reglas. Pero no habla de él de pasada, porque hasta no tomar partido es tomar partido. Habla de él para hacerlo más nítido, más claro, en lugar de enmarañarlo todavía más. Y para que lo conozcamos mejor, para que nos remueva y nos mueva a hacer algo, a pensar y a actuar, aunque solo sea con nosotros mismos. Nos obliga a mirar con mayor detenimiento, a cuestionar, a entender, lo queramos o no.
Urbizu filma a lo grande. A lo Fuller, a lo Polanski. Se la suda todo salvo hacer una buena película. Más que trascender imagen, trasciende los cortes. En él, cada corte de montaje, la misma estructura secuencial, es una idea y una sensación al mismo tiempo. Y en el interior de la imagen, sin aristas y sin ínfulas, introduce la miseria del ser humano como lo único real. El dolor y la pérdida como lo único que merece la pena narrar. Lo he contado muchas veces: en su presentación en la escuela de cine donde yo estudiaba, todo el mundo le preguntaba idioteces, y yo era el único presente que hacía preguntas más o menos inteligentes (luego descubrí, algunos años más tarde, que también era el único o de los pocos que preguntaba cosas más o menos interesantes en una rueda de prensa en Berlín, a gente como Yimou, Herzog, Popogrebski, Vinterberg, o en San Sebastián, a gente como Gilliam, mientras individuos que cobraban por su trabajo, yo no, no preguntaban más que gilipolleces que sonrojaban a los preguntados). No es que yo sea un genio, ni falta que hace, pero allí ya me dí cuenta de que este hombre sabe lo que significa ser director de cine: ir a las tripas, de un tiro directo solidificado con imágenes, mientras aparenta distraer al espectador con una narración dinámica.
En la ficción, el hombre común encontraba unos pagos escandolosos y al final se daban ciertas consecuencias. En la vida real está por ver que todo este escándalo contra los J.M. (ay, Aznarín, te han pillado), M.R. (umm, déjenme pensar…), Cosp, y todos los demás, tenga consecuencias directas. También es casualidad que el gran grupo de comunicación español, PRISA, que en la película de Urbizu aparece más o menos velado, y que a su vez publicaba los documentos en la ficción, haya sido el que obtenía la información en exclusiva. A menudo la vida se asemeja al arte y la imita, y no al revés. Resulta que Urbizu sabe bien de lo que habla y le importa el mundo en el que vive. Y resulta que en España, que será todo lo previsible e ignorante que se quiera, las cosas suceden por alguna razón. En el cine también.