Sobre lobos y hombres

En la cultura popular existen muchísimas frases hechas. La gran mayoría de ellas, y no es cuestión de ponerse ahora a elaborar un compendio detallado, son patrañas aceptadas como verdades. Una de las pocas que de vez en cuando se escuchan y con la que estoy plenamente de acuerdo, precisamente es una afirmación de esto: “una mentira, muchas veces repetida, adquiere la apariencia de verdad” (qué poco podía sospechar yo hace años que esa afirmación iba a ser algo tan doloroso e iba a estar tan presente en mi vida). Y una de las que más me molestan, y que son una patraña deleznable, es eso de que “el hombre es un lobo para el hombre”, afirmación contundente con toda la pinta de profunda reflexión ética, que esconde, primero, una pobreza de ideas y un humanismo de salón que ya retratan al personaje que la pronuncia, y segundo, un desconocimiento profundo del hecho incontrovertible de que el lobo es uno de los animales más nobles, hermosos y evolucionados que hayan pisado jamás este desgraciado planeta Tierra.

Sospecho que eso de que el hombre es un lobo para el hombre, una frase que pretende describir el trato que muchos seres humanos llevan a cabo con otros de su misma especie, proviene del terror que estas bestias provocaban en los pueblos de montaña, cuando bajaban hambrientos y se atrevían a atacar al hombre. Pero estoy seguro de que, más que con el miedo, cualidad inherente al hombre y a las bestias y completamente natural, por tanto, esa expresión tiene que ver con el odio, otra cualidad del hombre, pero ésta exclusiva de él. El odio hacia un animal al que le arrebató sus territorios de caza y que por tanto se veía empujado a alimentarse de las reses que ocupaban territorios de miles de hectáreas de extensión, y dado que esas reses eran una propiedad inviolable del hombre, la necesidad de alimento del lobo proveía al hombre de la justificación perfecta para exterminarle, temerle y odiarle. Así funciona el hombre: capaz de demonizar hasta extremos inconcebibles a una raza con la que no es tan difícil convivir, e inventando expresiones como que el hombre es un lobo para el hombre.

De esta forma tan cínica (tan propia, también, del ser humano), el hombre comete el ignominioso crimen de aniquilar una raza de regiones montañosas enteras, con las herramientas más cobardes a su alcance (venenos, trampas ocultas, disparos con visor de largo alcance), y luego, para rematar el asunto, comenta las peores trazas de sí mismo comparándose con el animal previamente aniquilado. Es decir, primero te destruyo y luego me meo en tu memoria. Lo cierto es que el hombre no es un lobo para el hombre. El hombre es, simple y llanamente, hombre: la criatura más abyecta y la única culpable de sus propias miserias, del infierno cotidiano en el que vive. Siempre.

Imaginemos (el que tenga capacidad de imaginar, un don me temo al alcance de muy pocos, pero ese es otro asunto) por un momento, quizá por un segundo, lo que significa ser un lobo (o un tiburón, o un leopardo). La combinación absolutamente dinámica de plenitud física y precisión sensorial. La apropiación y comunión de un entorno natural con la inteligencia salvaje más elaborada. Ni el artista más dotado ha podido crear una experiencia semejante en la obra maestra más perfecta. El crisol, el collage de percepción psíquica de un mundo en continuo movimiento y despiadado hasta en la fraternidad, la felicidad ajena a todo cinismo y a todo odio que significa vivir al límite dentro de tu diseño genético, son cuestiones ya vedadas para el hombre común, aherrojado por una sociedad hipócrita, por la falta de fe en sí mismo, prisionero de celdas sin barrotes (los hogares modernos) y atrapado en tumbas de metal (los automóviles que les permiten desplazarse con mayor rapidez y comodidad). Por eso el hombre vuelve una y otra su atención a algunas bestias, deificándolas como en el caso de los delfines, o demonizándolas como en el caso de los lobos, las abejas, los cuervos… De alguna forma el hombre pretende, con una torpeza entrañable, volver a conectarse con la naturaleza y los seres que la pueblan, pero algo está irremediablemente marchito en su interior. Corrupto, inerte.

Los lobos, especie en extinción, son una raza milenaria, inicialmente de montaña, pero que ha sabido adaptarse a todo tipo de territorio natural. Poseen un olfato veinte mil veces más desarrollado que el del hombre (una bestia muy inferior, capaz de escribir poemas sobre el poder inmenso de las esencias que captamos con el olfato, que nos retrotrae a momentos y lugares pasados…imaginemos, de nuevo el que pueda, lo que podría sentir un ser humano dotado de un olfato veinte mil, y repito veinte mil, veces más desarrollado) y de una anatomía altamente evolucionada gracias a la cual son capaces de sobrevivir en los lugares más inhóspitos del planeta y de cazar presas diez veces más grandes y pesadas que ellos. Su vista es un prodigio que le permite distinguir las rutas más óptimas para la patrulla del clan y las presas más accesibles para las cualidades de sus compañeros, además de disponer del ‘tapetum lucidum’, una capa de tejido situada en la parte posterior del globo ocular que refleja hasta el menor rayo de luz, y que otorga una visión nocturna casi perfecta en total oscuridad. Los lobos son cazadores y estrategas avezados, cuyas rutinas de caza y destreza en movimiento han sido estudiadas en las academias militares como ejemplo supremo de combate en equipo (que les asemeja a los clanes de leonas, pero combinando la astucia de las hembras con la ferocidad de los machos, mientras que el león se queda tumbado en la hierba esperando que le sirvan el banquete…). Los lobos poseen un abanico de emociones tan rico y entramado como el del ser humano más sensible: expresan cuestiones profundas tales como la reflexión sobre el camino más adecuado que tomar, el temor paroxístico, la furia, la suspicacia, la empatía, la serenidad, la melancolía. Su pelaje está diseñado para repeler agua y suciedad. Sus sistemas de comunicación todavía se estudian por la ciencia más avanzada. Es un icono y una imagen de la libertad en su acepción más absoluta. El canis lupus se halla presente en las muestras de folklore de medio mundo, en leyendas y sagas, en cuentos y en supersticiones, en mitos que lo han distorsionado hasta límites grotescos. El hombre-lobo es un ser maldito, condenado, que destruye y asesina.

El hombre, por contra, especie en decadencia irreversible, se halla perdido en la inmensidad de su propia estupidez. No sabe qué pinta en el mundo y se entretiene masacrándose a sí mismo y a todo lo que le rodea. Hay hombres y mujeres maravillosos, sobre todo los que crean arte (que en verdad es una forma de volver a conectarse con la naturaleza, y con su interior), y algunos de ellos han retratado al propio hombre. Wilde dijo que “el trabajo es el refugio del que no tiene nada que hacer”, y clavó al hombre como esclavo de sí mismo. Thoreau también fue certero cuando dijo que “el hombre que se dedica solamente a trabajar, es un vago o algo peor”. Eso es lo que somos, vagos que destruyen. Afanosos que ocupan el tiempo que no tienen en dejar de ser, y en tener muchas cosas. Pero el que quizá mejor lo clavó, probablemente sin proponérselo (o, quién sabe, a lo mejor sí…) fue Bukowski, cuando en uno de sus cuentos narraba un accidente y la visión de un hombre destripado en mitad de la calle, y la mujer que acompañaba al narrador se escandalizaba en presencia de un torso abierto en canal: “Dios mío, no es más que un saco de mierda”.