Mis ancianos maestros

Muchos me dicen que nací viejo, o que nací más viejo que la mayoría. Luego, la mayoría de los que me lo dicen, se sorprenden cuando demuestro que no nací tan viejo, que también puedo ser un niño cuando me pongo a bailar de pronto y a hacer el ganso, o cuando mis ojos dejan de ser tan melancólicos. También me dicen, nada más conocerme, lo que me deja perplejo, que soy muy inteligente, muchas veces sin haber abierto siquiera la boca (y a menudo cambian de opinión cuando la abro). No sé si estos dos factores influyen en que algunos de los autores, intelectuales y pensadores que más me atraen sean tan ancianos. A lo mejor no tienen nada que ver. Vete a saber. Pero me sorprendo leyendo en internet a gente que me dobla o que casi triplica mi edad, y encontrando en sus reflexiones, en su voluntad filosófica, en su vitalista coraje o, simplemente, en su furia trasgresora un estímulo enorme y las ganas de seguir aguantando. Es decir, encontrando mucho más de lo que es común en gente mucho más joven y que, por definición, deberían hacer gala de mayor valentía y de mayor energía. Pero hay lo que hay, y mientras estén vivos, no voy a dejar de leerles.

Encontré a Fernando Vallejo de una forma que, no me avergüenza decirlo, se podría calificar como el ejemplo perfecto de “a destiempo” y por “rutas secundarias”. Cuando este hombre llevaba ya mucho tiempo escribiendo y siendo un referente cultural de su país, yo me daba de bruces con una película descorazonadora, no apta para una tarde agradable con los amigos, ni para ver más de una vez por década, ‘La virgen de los sicarios’ (Barbet Schroeder, 2000), que adapta su novela homónima y que estaba escrita por él mismo. Más que por la fiereza de sus imágenes, me impresionó la aventura nihilista en forma de rabiosa confesión vital, la visión atroz de un mundo que se derrumba. Me pregunté: ¿cómo podría Vallejo no volverse loco de pena cada vez que se asomaba al balcón de su casa? ¿Qué empuje intelectual le levantaría para soportar vivir consigo mismo, con su pasado y con una existencia diaria que le enfrenta a todo y a todos? Fueron estas preguntas, y no las bondades de la película, las que me llevaron a indagar más en su personalidad y en su actividad creativa, y a leer ‘El desbarrancadero’ (Alfaguara, 2001) y ‘La puta de Babilonia’ (Editorial Planeta, 2007), y a ver el documental sobre su obra y su personalidad ‘La desazón suprema: retrato incesante de Fernando Vallejo’ (Luis Ospina, 2003) en la que le oímos decir cosas como esta: “Pues si bien la locura ayuda a sobrellevar la carga de la vida, también puede sumarse a la desdicha”, sentencia en la que se perciben ecos de Cioran y hasta de Poe. Pero no me resisto a reproducir el primer párrafo de ‘La puta de Babilonia’, que me colma de una energía indescriptible y de deseos de seguir escribiendo lo que pienso, y no pensando precisamente en cómo o en qué escribo:

“LA PUTA, LA GRAN PUTA, la grandísima puta, la santurrona, la simoníaca, la inquisidora, la torturadora, la falsificadora, la asesina, la fea,la loca, la mala; la del Santo Oficio y el Índice de Libros Prohibidos; la de las Cruzadas y la noche de San Bartolomé; la que saqueó a Constantinopla y bañó de sangre a Jerusalén; la que exterminó a los albigenses y a los veinte mil habitantes de Beziers; la que arrasó con las culturas indígenas de América; la que quemó a Segarelli en Parma, a Juan Hus en Constanza y a Giordano Bruno en Roma; la detractora de la ciencia, la enemiga de la verdad, la adulteradora de la Historia; la perseguidora de judíos, la encendedora de hogueras, la quemadora de herejes y brujas; la estafadora de viudas, la cazadora de herencias, la vendedora de indulgencias; la que inventó a Cristo loco el rabioso y a Pedropiedra el estulto; la que promete el reino soso de los cielos y amenaza con el fuego eterno del infierno; la que amordaza la palabra y aherroja la libertad del alma; la que reprime a las demás religiones donde manda y exige libertad de culto donde no manda; la que nunca ha querido a los animales ni les ha tenido compasión; la oscurantista, la impostora, la embaucadora, la difamadora, la calumniadora, la reprimida, la represora, la mirona, la fisgona, la contumaz, la relapsa, la corrupta, la hipócrita, la parásita, la zángana; la antisemita, la esclavista, la homofóbica, la misógina; la carnívora, la carnicera, la limosnera, la tartufa, la mentirosa, la insidiosa, la traidora, la despojadora, la ladrona, la manipuladora, la depredadora, la opresora; la pérfida, la falaz, la rapaz, la felona; la aberrante, la inconsecuente, la incoherente, la absurda; la cretina, la estulta, la imbécil, la estúpida; la travestida, la mamarracha, la maricona; la autocrática, la despótica, la tiránica; la católica, la apostólica, la romana; la jesuítica, la dominica, la del Opus Dei; la concubina de Constantino, de Justiniano, de Carlomagno; la solapadora de Mussolini y de Hitler; la ramera de las rameras, la meretriz de las meretrices, la puta de Babilonia, la impune bimilenaria tiene cuentas pendientes conmigo desde mi infancia y aquí se las voy a cobrar.”

Pero incluso prefiero este párrafo de su ‘El fuego secreto’, cúspide de su escritura barroca, pasional, tan humana como frívola:

“Atropelladamente me iba abriendo, le iba abriendo, los botones de la camisa, de la bragueta: uno, otro, otro, de tumbo en tumbo al rtimo del corazón. Tomó de la botella un largo trago y me lo fue dando en la boca, y sentí que corría por mi garganta, lentamente, en un ardor de aguardiente un arrullo de miel . Dejando su boca fui bajando por sobre rutas de sangre agolpada en el cuello, y al llegar a su pecho, triunfo de la vida desde el fondo de las edades, burla de lo mensurable, se levantaba hacia mí, hacia el cielo, el egregio Dios Príapo, Señor de las Burras”.

Esto es, para mí, gran literatura erótica, de la que merece la pena. Y aunque no estoy de acuerdo con algunas posturas de Vallejo, como su visión de los mendigos y los desfavorecidos, así como su percepción sobre la literatura en tercera persona, para mí este colombiano loco es un referente en su osadía y su desvergüenza. Pero es también positivo, creo, no comulgar en todo con la gente que te estimula.

Tampoco comulgo con algunas de las posiciones estética de Manuel García Viñó, pero, sin duda, le considero un intelectual increíblemente infravalorado en estos tiempos grises que corren. El único autor de una ‘Teoría de la novela’ en español, fundador de la indomable ‘Fiera literaria’ es parecido a Vallejo en el hecho de que siempre habla de lo mismo. Escritores profundamente comprometidos con sus obsesiones. Encontré a Viñó gracias a un enlace que el poeta Neorrabioso colgó en su blog, y desde entonces he leído todo lo que he podido de él (lo que le dejan publicar, lo que no es silenciado por el sistema mediático). Desde aquí accedo a algunas de sus más feroces reflexiones, que también me devuelven la pasión por escribir y aprender. Algunas son asombrosas:

“Al igual que se habla, con referencia a las falsas democracias que rigen en ciertos países políticamente subdesarrollados, de repúblicas bananeras, pienso que se debería hablar de monarquías cocoteras para referirse a una, como la que rige ahora en España, que, amén de ser la herencia de un dictador, ampara una falsa democracia que no es sino un oligarquía de partidos y confunde, entre otras confusiones, la cultura con un sainete. ¿Qué país de la Europa culta soportaría una mascarada como la del Premio Planeta? ¿Qué país serio toleraría que se disfrazara de hecho cultural una merienda de negros (black’s picnic) organizada por una empresa comercial para ganar dinero, precisamente a costa de la incultura de un pueblo manejado por los medios de comunicación? España ha pasado de ser un país de catetos y nuevos ricos con la dictadura, a ser un país de horteras y nuevos gansters con la monarquía juancarlesca, que contribuye gustosa a todas las charlotadas a que la inviten, si en ellas puede chupar cámara y ganar un poco de popularidad. Como decía Valle Inclán en Luces de bohemia, España es una deformación grotesca de la cultura europea. Lo escribió don Ramón hace un siglo y sigue siendo verdad. En ningún país de nuestro entorno geográfico es concebible algo como el Premio Planeta, el Nadal, el Primavera, el Fernando Lara y tantos otros.”

Viñó es el crítico, en general, no solamente literario, al que más respeto, aunque con muchas de sus ideas, y algunas de sus exageraciones no estoy para nada de acuerdo, ni comulgo con ellas ni una décima. Ya está bastante mayor, también, mucho más que Vallejo, y parece que su furia ha remitido. Pero ahí queda su trabajo y su maravillosa defensa de la causa palestina como ejemplos máximos del empuje intelectual de un hombre al que me gustaría conocer.

Y finalmente un descubrimiento muy reciente, el de Jose Lopez Palazón, un analista, pensador, abogado e intelectual, que con su maravilloso blog Arcángeles reparte estopa de la buena contra todo aquello que le indigna, que es mucho, y que, aunque es increíblemente sombrío en su visión de la España actual, resulta imprescindible porque no se anda con ambages, porque escribe muy bien, porque sabe de lo que habla y porque (aunque tiene 82 años, algo que descubrí cuando ya había leído muchas cosas suyas) parece que tiene 25, y se nota unas ganas de vivir, aún en su enfermedad, que ya quisieran muchos cincuenta años más jóvenes (como yo mismo..). Su último post me ha dejado con la piel de gallina, en el que dice cosas como estas:

“Alguien, el jefe supremo, cuyo nombre real no conoce nadie, decide cada día lo que hay que hacer, es como en una de esas películas de la mafia, da órdenes  para que, en Wall Street, se compran o se vendan tales o cuales valores, que obligan al resto de los grandes capitales a posicionarse en el resto del mundo y así, sin que nadie sepa bien por qué, Grecia, Irlanda y Portugal tienen que hundirse en la puta miseria tal vez para siempre a fin de que la cuenta de resultados de una compañía americana engrose su casi infinito patrimonio y esto no tiene más remedio que ser así porque, si no, Obama, Merkel, Sarkozy “et alteri” tendrán sus días como animales políticos absolutamente contados.”

Quizá he nacido viejo, o me gusta juntarme con gente mayor, escucharles y leerles. Pero quizá, también, me interesan las personas de corazón joven.