Época de esplendor y de tinieblas

¿Quién no ha tenido algún amigo, o se ha sorprendido a sí mismo, afirmando que le hubiera gustado nacer en otra época? Tendemos a idealizar ciertos modelos sociales de épocas pasadas, tales como la medieval japonesa, la del esplendor de las etnias nórdicas (los más grandes exploradores de todos los tiempos, llamados vikingos porque se asentaban en la linde del río, que ellos llamaban vyks, y una de ellas, la rus, descubridora nada menos que de Rusia) o incluso la de la época de los califatos o los egipcios. Y, en realidad, eran épocas muy oscuras, en las que la medicina tradicional, aunque mucho más efectiva que la de ahora en demasiados (e inquietantes…) aspectos, era incapaz de aplacar el dolor (verdadera lacra de la humanidad) de heridas o enfermedades, en las que la información era un privilegio al alcance de muy pocos poderosos (que se privaban muy mucho de que el vulgo necio tuviera un acceso a datos que podría haberle liberado de su yugo mucho antes), y en las que los derechos civiles relativos al trabajo, a la tolerancia a lo diferente, a la cuestión de la diferencia de sexos, eran algo así como una utopía muy lejana. Claro, pensamos en esas épocas lejanas con un componente de romanticismo que es intolerable, muchas veces motivados por nuestro descontento por el mundo actual, tan supuestamente decadente, gris y destructivo.

Pero eso no es verdad nada más que en sus aspectos más superficiales, y estoy convencido de ello. El siglo XX ha sido uno de los más terribles de la historia, pero también lo fueron otros, y no pueden compararse a la pasada centuria en cuanto a conquistas en el campo de la medicina, de los derechos civiles, en cuanto al avance del pensamiento libre, de la lucha contra la tiranía. El siglo XX fue grande porque, en cierta forma, fue también muy siniestro. Y es que el ser humano, mal que nos pese (y nos tiene que pesar mucho) sólo crece, está demostrado, sólo muestra lo mejor de sí mismo, en la adversidad, y lo peor de su abyecta naturaleza en la abundancia y la comodidad. Puede que algún día la cosa cambie, pero lo dudo. Y si en el siglo XX germinaron algunas ideologías totalitaristas, emergieron dictadores de la peor estirpe (como si hubiera alguno de buena estirpe, Massanet…), y se llevaron a cabo algunas de las peores atrocidades de la historia de la humanidad, también emergieron algunos de los pensadores, filósofos, novelistas, cineastas, físicos, intelectuales, en definitiva sabios, que jamás han dignificado este desgraciado planeta.

Y sin embargo, ahora…

Ahora…

Si la sociedad capitalista en la que nos hayamos encadenados como ratas de laboratorio, a la espera de que nos den el golpe definitivo para hundirnos en la más terrible de las miserias morales y personales, ha triunfado y ha dejado el camino libre para que los especuladores sin escrúpulos y los ladrones más grotescos (banqueros, dueños de grandes empresas, mafiosos) lo manden todo al carajo, es porque nunca hemos tenido más garantizado el acceso a la información (la que nos dejan leer, claro está…), nunca se han publicado más libros, nunca hemos sido tan “ricos”. En la sociedad occidental todos tenemos ordenadores, cámaras fotográficas, móviles de última generación, un armario repleto de ropa, agua corriente más limpia, más capacidad de movimiento gracias a cientos de millones de automóviles y carreteras, mejores médicos, mejores recursos energéticos (aunque muchos de ellos sean capaces de destruir el entorno natural), más diversidad en nuestra alimentación (nos alimentamos con facilidad de especies que existen a miles de kilómetros de nuestras ciudades…capturadas apenas unas horas antes). Nunca se han hecho más películas o más series de televisión, nunca ha sido posible verlas con tanta facilidad. Jamás hemos podido jugar a videojuegos gratuitos a tanta velocidad (ya sea en nuestro ordenador en los móviles), jamás la música ha sido un bien tan global y tan susceptible de almacenarse en toda clase de dispositivos, jamás han tenido lugar tantos conciertos gratuitos, tantas salas gratuitas de arte, tantos museos, mejores atletas, mayores servicios de entretenimiento.

Y es todo eso, que nosotros lo tomamos como si fuera un derecho consustancial a nuestra existencia (y muchas veces lo despreciamos o lo usamos con una displicencia lamentable), nos está impidiendo ser verdaderamente libres. Es decir, ser capaces de enfrentarnos a los tipejos que se lo están cargando todo. El mundo se ha vuelto tan complicado, tan plagado de trampas, y el hombre común tan adicto a su riqueza, que es incapaz de renunciar ni a una pizca de todo ello en aras de un cambio, una verdadera revolución. Nunca el ser humano (el que vive en las democracias occidentales, se entiende) ha poseído tanto y ha sido capaz de hacer tantas y tan buenas cosas. Y, por contra, ahora es menos capaz que nunca de hacer absolutamente para cambiar su destino.

No nos engañemos. La culpa de que todo esté hecho un verdadero desastre y que la sociedad tal como la conocemos esté a punto de colapsarse, no es de los sinvergüenzas dispuestos a engordar sus cuentas en Suiza. De esos siempre ha habido y siempre habrá, y puede que vengan peores. La culpa es solamente nuestra, y en nuestra incapacidad para darnos cuenta, para unirnos y para luchar (para luchar de verdad, sin estúpidas concesiones, sin contemporizar con absolutamente nadie, pues la lucha, tal como decía el gran Palazón, es total y a muerte), está la semilla de esta derrota que está teniendo lugar sin ni siquiera haber echado a andar.