Día de la tontuna nacional

Prometo que ayer, cuando me dio por escribir acerca de una de las más feas costumbres españolas, la que consiste en doblar películas extranjeras y luego pagar (o robar en internet) por esa adulteración como si fuera lo más normal del mundo, no me acordaba de que menos de veinticuatro horas después tendría lugar el llamado ‘Día de la Fiesta Nacional’. Si me hubiera acordado, seguramente, habría dejado lo de la vergüenza nacional del doblaje para otro día, porque pretendo que esta página sobre lo que veo y oigo (en el cine, en la tele, en la radio, en los libros, en el ordenador, en la calle… de ahí lo de Cuaderno Audiovisual) tenga toda la variedad que sea posible. Pero me veo obligado, por convicción, a escribir ahora sobre la tontuna nacional que representa esta supuesta “fiesta” española, que, como casi todas, es una muestra más del país gris y arcaico en el que vivimos, y la enésima razón para afirmar la cantidad de tonterías que hace el ser humano, sobre todo la etnia ibérica, para matar el tiempo.

Si hoy hubiera dormido en casa de mis padres, sé perfectamente que mi viejo se habría tomado el café delante del televisor viendo este lamentable espectáculo. Mi padre es buen tipo, inteligente y con ideas, pero estas cosas le gustan. Me habría mirado con esa cara torva suya de fastidio cuando le hubiera dicho que esta celebración no me interesa lo más mínimo, pero lo habría respetado y habría seguido con lo suyo. Y habría estado en casa de mis viejos si este día festivo, en el casi nadie trabaja, no hubiera caído en miércoles. En realidad, agradezco que hoy no haya que ir a trabajar. Pero ya que ésta efeméride se creó en su momento como artificial aniversario del comienzo de la colonización del continente americano (en otras palabras, el inicio del expolio de miles de toneladas de oro, plata y otras riquezas, y de la masacre de los indígenas que “ocupaban” aquellas tierras), el también llamado “Día de la Hispanidad” podría ser también empleado para llevar a cabo una jornada de encuentro entre culturas, para recordar todo lo malo que se hizo y para, en definitivas cuentas, reflexionar sobre la historia del país y de la colonización.

En lugar de eso, lo que tenemos es el desfile interminable de miles de individuos armados y disfrazados uniformemente, de tanques y todo tipo de vehículos de combate, de aviones y helicópteros de guerra, y a una figura no democrática (porque no ha sido elegida por el pueblo aunque tiene muchísimo más poder del que algunos imaginan) como es el rey presidiendo la tribuna.

Esto no es nada más, y nada menos ciertamente, que un reducto de la España conquistadora e inquisitorial, que un recuerdo onanista de la gloria pasada de un imperio que se fue al carajo por lo de siempre (la corrupción, la mezquindad, la ignorancia, el fanatismo, la ambición sin límites) y que ahora se erige en reducto de añejo orgullo por parte del sector más conservador y casposo del país, que es enorme, y es en el que se apoyan los poderes fácticos para permanecer en el poder, mientras, sospecho, los menores de treinta o cuarenta años lo observan como el despilfarro de dinero público que es, y como una verdadera pérdida de tiempo. Eso sí, los jefes del ejército han aprovechado el momento de crisis actual (inventada por las grandes empresas norteamericanas) para llevar a cabo su particular pataleta y clamar a los cuatro vientos que tan insigne tentáculo del poder gubernamental, el puto ejército, se está quedando sin dinero, que las pistolas y los rifles están mucho más caros (algo sorprendente, viniendo de un país que es una potencia en tráfico de armas, y por tanto responsable de miles de muertes, a nivel mundial), probablemente para pedir más dinero del que no hay, y que debería estar destinado a los más desfavorecidos de una sociedad que se colapsa con gran rapidez.

Ya me gustaría a mí que se aprovechara el día de hoy para que la capital se vistiera con los colores de todos los países que expolió y colonizó, para que los chavales aprendieran un poco de historia y tomaran conciencia de lo grande que es el mundo y de todo lo que es capaz el hombre cuando quiere remediar el pasado y mirar hacia el futuro. En lugar de eso, van a asistir a un desfile de moda militar, con muchos tipos duros cantando proclamas militaristas, y a todos los jefes de estado saludando bajo el sol más abrasador que jamás se ha visto en octubre (lo que es por mí, que se cojan una buena insolación). Luego, las familias se darán un garbeo por la ciudad, los niños serán aleccionados sobre lo bueno que es tener un ejército tan chulo mientras los padres se atiborran de cerveza y gambas a la plancha. A fin de cuentas, mañana toca volver al trabajo (o a la búsqueda de trabajo), para que los impuestos se destinen a mantener una institución tan inútil, innecesaria, grotesca e imbécil como es el ejército.

Y los que no lo verán en vivo, lo verán en directo por televisión, o lo verán en el telediario de la tarde y de la noche como si se tratara de una noticia importante. Por cierto que el programa anual que lo retransmite es el ejemplo perfecto de espectáculo televisivo franquista, absolutamente inconcebible en pleno siglo XXI, por ideología y por anti-entretenimiento. Pero supongo que los millones de reaccionarios de este país se sentirán ahora mismo orgullosos de ser españoles. Más les valdría sentirse orgullosos por tener una constitución de verdad, por llevar a cabo una transición política auténtica, por construir alguna universidad pública de calidad, por defender con uñas y dientes una sanidad pública, por ayudar a la juventud mejor preparada y más libre políticamente de su historia a alcanzar sus sueños, por luchar contra el cambio climático, por proteger a los desempleados. Pero hay lo que hay, y nunca fue de otra manera.