La escalofriante verdad

Habiendo dejando atrás ya el 15 – O, que en mi opinión ha sido un fracaso en toda regla, no por la afluencia de gente, que ha sido magnífica, sino por el espejismo de estar logrando algo, voy a incluir aquí el último post de JL Palazón, que escribe mucho mejor que yo y que es capaz de decir las cosas como son:

‘A propósito del 15 de Octubre’

La indignación por sí misma no resuelve nada, como tampoco lo hacen las manifestaciones porque que hay una inmensa mayoría en el mundo que no está de acuerdo con el modo en que la ultraderecha lo gobierna es una verdad del más absoluto Perogrullo.

¿Cómo va a estar de acuerdo la gente decente que habita este mundo con lo que está pasando?

¿Cómo no va a indignarse viendo cómo se hunde en la puta miseria lo mejor y lo más desvalido de la humanidad, la gente que sufre porque no hay mayor título de nobleza que el sufrimiento humano?

Pero, coño, ¿cuándo nos vamos a convencer de que no sirven de nada las indignaciones improductivas y las manifestaciones pacíficas?

Artur Mas aprieta cada día más las clavijas a los gilipollas que le permitieron ganar las elecciones y la cólera de Dios madrileña se ríe abiertamente de todos los que pronto no tendrán seguridad social, sanidad ni escuelas, porque esto es lo que le conviene para que la ignorancia más suprema la siga votando y Público hace referencia a 2 encuestas en las que el PP obtiene la mayoría absoluta.

¿Entonces, de qué coño me sirven a mí, pisando ya el umbral de la muerte, sin el menor asomo de la más elemental asistencia médica, y a mi mujer, la persona más enferma que conozco y que lleva más de un año en la lista de espera para que la atienda el neurólogo, unas indignaciones pasivas y unas manifestaciones sólo folklóricas?

¿A qué esperamos para echarnos a la calle no a gritar maravillosos slóganes y a beber unas buenas jarras de cerveza acompañando a un bocadillo de calamares sino para asaltar de una puñetera vez los Palacios de invierno?

A mí, por lo menos, no me vale que unos revolucionarios de blog o de salón me templen más gaitas, hechos, son amores y no buenas razones, toda esa energía que se malgasta gritando por las calles, utilicemosla para derribar las puertas de sus magníficos edificios, llegar a sus despachos y tirarlos por el balcón, por supuesto que iremos a la cárcel los primeros, pero, si lo hacemos todos a la vez, no habrán guardias ni cárceles suficientes para todos.

No les hagamos más el juego, no olvidemos que todos esos derechos, falsos y asquerosos derechos, que nos hablan de libertad de expresión y de manifestación, fueron ideados, inventados, propalados, impulsados, consagrados por el hijo de puta de Lampedusa y sus malditos secuaces, metiéndonos en la cabeza la que, sin duda, es la frase más poderosa que la derecha ha escrito nunca: es preciso que todo cambie para que todo siga igual: si les dejamos que griten por las calles, si les dejamos que escriban lo que quieran, estos imbéciles que tienen el poder real, el de la fuerza, creerán que les hemos dado algo, los jodidos idiotas, y pensarán que así, manifestándose, gritando y escribiendo magníficas consignas y volviendo, luego, a sus humildes madrigueras sin haber rozado siquiera con la pluma de un ángel nuestros palacios, han hecho algo más que el más espantoso de los ridículos.

A los opresores, a los tiranos no se les expulsa sino con el uso de la puñetera fuerza, de esa misma fuerza con la que ellos nos aplastan con sus cipayos de hierro, por supuesto que la lucha sería larga, demasiado larga, ahí tenemos el reciente ejemplo de los países del norte de África, donde la tiranía resucita como la planta que se tala con la misma o mayor fuerza, porque el hombre tiende por su propia naturaleza a la degeneración de toda clase y gusta demasiado del sabor de la opresión, a la que le impulsa su afán de dominio, pero, contra esto, puede usarse de una revolución permanente, que elimine estos brotes podridos en el mismo instante de su producción, mediante el gobierno de magistraturas colegiadas en las que cada uno sea el freno de la tendencias insanas de los otros.

Esto, bien lo sé, parece sólo un sueño, pero no lo fue en la Revolución  francesa ni tampoco en la de Octubre, el pueblo, si realmente lo quiere, puede vencer todos los obstáculos y debe de hallar el procedimiento para que estas soluciones no se desbaraten por su propio impulso.

Soy demasiado viejo y no lo veré, pero, algún día, toda esa gente oprimida, tan oprimida, comprenderá que no tiene nada que perder y se rebelará contra tanta injusticia y pensará que si hay que morir es mucho mejor hacerlo defendiéndose de unas agresiones tan injustas como continuadas. 

Ojalá.