‘The Walking Dead’, una creación a medio gas

Ahora que llega a España la segunda temporada de ‘The Walking Dead’, con todo el mundo hablando de esta serie, con Twitter saturado de cientos de frases a la hora sobre la primera temporada y sobre lo que se espera de la segunda, podemos hacer un repaso de lo que fueron aquellos primeros seis episodios, bastante comentados y que, para bastante más gente de lo que sus creadores o sus seguidores fanáticos quieren reconocer, no fue la gran serie de zombis prometida, sino más bien una creación a medio gas, que empezaba bastante bien y que se iba desinflando a toda velocidad hasta un clímax final bastante aparatoso pero en modo alguno satisfactorio. Que albergaba bastante fascinación, y hasta vehemencia, por la figura icónica del zombi, cada vez más arraigada en la contracultura del siglo XXI (y no es casualidad, ni mucho menos…), pero que no conseguía nada más que una parte de sus muchas ambiciones narrativas. Que confirmaba a Frank Darabont como el hombre de cine tremendamente inteligente y hábil que es (y hasta capaz de filmar obras de arte como ‘Cadena perpetua (‘The Shawshank Redemption’, 1994), aunque dudo mucho que nunca vuelva a hacer algo ni parecido) pero también su incapacidad para trascender los géneros y los límites que él mismo se impone.

Y que vuelve a poner de manifiesto que, aún en una época de esplendor creativo como la que estamos viviendo en la televisión por cable norteamericana (temática, técnica, narrativa, estética, psicológica, artísticamente), no es tan fácil hacer una obra de arte como a algunos (ingenuamente) les puede parecer. Es hasta bueno encontrarse con cosas medianas como ‘The Walking Dead’ (medianas para ellos, para una industria televisiva vetusta y corrompida como la española esto es algo así como el Himalaya) porque así nos damos cuenta de lo dificilísimo que es crear grandes obras, que sean auténticamente imperecederas y que marquen un antes y un después en la narrativa contemporánea. ‘The Walking Dead’ no es, ni por asomo, una serie prescindible. Divierte y crea tensión, tiene momentos estupendos, se ve más que bien, goza de un empaque técnico envidiable y de un reparto de actores bastante aceptable, pero a mi modo de ver está muy lejos de ser la gran serie sobre zombis que podría haber sido, independientemente del material original del que parte. Tampoco el cómic de Robert Kirkman, Charlie Adlard y Tony Moore me parece un trabajo de referencia, las cosas como son. Su arte está bien y los guiones son aceptables, pero nunca lo consideraría como un comic-book notable. La serie pretende trasladar a imagen y movimiento la mayoría de los personajes y situaciones de sus primeros capítulos y quizá hubiera sido bueno que solamente partiera de ella para crear algo independiente.

Mis amistades saben bien lo mucho que me interesa la temática zombi. Les doy  la matraca a menudo con la posibilidad de que un día todo eso que parece ficción se vuelva una aterradora realidad y nos veamos obligados a sobrevivir en medio de una infestación. Insisto sin descanso en que aprendan la única forma en que puede morir un zombi (destruyendo su cerebro, por si alguien todavía no lo sabe), presto continuamente mi manual (ahora que lo pienso, no sé quién de ellos lo tiene) escrito por Max Brooks, y me obsesiona el tema hasta tal punto que hasta deseo una buena plaga de muertos vivientes que acabe con todo de una vez y nos proponga un nuevo comienzo social. Por eso esperaba yo con bastante curiosidad esta serie, y por eso pienso que millones de interesados en el tema, como yo, han accedido a la serie invadidos por una campaña de promoción absolutamente bestial que la consagraba como la definitiva. Pero me temo que de definitiva tiene poco, que se puede hacer mucho más, y que se ha beneficiado mucho más de su marketing y de su impacto mediático que de su verdadera calidad como creación audiovisual. Hay bastantes cosas buenas en ‘The Walking Dead’, pero sus aspectos medianos y su incompetencia a la hora de enganchar al espectador más exigente me parece que están fuera de lugar. La serie convence superficialmente, pero no enamora, y esto se debe a varias razones que para mí son incontrovertibles.

La primera de esas razones (y probablemente la más poderosa) es una colección de personajes poco inspirados, interpretados a su vez por actores solventes pero carentes de carisma. El carácter central, el sheriff Rick Grimes, al que da vida el buen actor Andrew Lincoln, es seguramente el más interesante de todos, pero aún así adolece de una alarmante opacidad, que impide que nos sintamos plenamente identificados con él y con el supuesto gran drama que vive, primero alejado de su familia y sin saber si aún permanecen con vida, y luego como tambaleante líder de un grupo de supervivientes al más puro estilo ‘Perdidos’ pero mucho menos atractivo. La comparación con la serie más mítica de los últimos años no me parece baladí, pues a fin de cuentas se trata de un intento de dibujo de personajes en un entorno natural y hostil, de un estudio de confrontaciones, réplicas, rasgos, giros de personalidad, que queda muy lejos de aquella serie porque, aunque también propone una experiencia al límite y una sensación de extrañamiento (aquí los zombis, allí los extraños fenómeos de “la isla”) en la que un grupo debe sobrevivir, palidece sobremanera frente a las muchas conquistas emocionales de aquella por su falta de lucidez, por su predecibilidad, por abusar de una colección de lugares comunes (el machismo desestabilizador, las confrontaciones con los más violentos, el sentido de culpa más forzado, un trasnochado concepto de fraternidad), y en definitiva por su falta de chispa que termina por desdibujar demasiado el conjunto y no poseer detalles lo suficientemente inquietantes, ni la necesaria riqueza expresiva, que es lo que dota de vida una obra narrativa y que aquí, al no existir, la priva de ella.

Lo más notorio es descubrir que ninguno de los personajes posee realmente un aura lo suficientemente poderosa. Algunos caracteres, incluso, se empastan unos con otros, ya que no están lo suficientemente definidos. Hasta un actor de raza, como es Michael Rooker, con un personaje tan extremo como el de Merle Dixon, sabe a bastante poco. Hay una sensación de déjà vu absolutamente innegable en muchos aspectos, demasiados, de ésta ficción. Como si no se hubieran atrevido a llegar más allá, o como si todo lo que proponen ya lo hubiéramos visto, y con más potencia y negrura, en otras ficciones. El adversario dramático de Grimes, el policía Shane Walsh, interpretado por el eficiente Jon Bernthal, no se sabe muy bien si tienes que sentir simpatía, pena, asco, compasión o indiferencia hacia él. La mujer de Grimes, que vive un romance con ese adversario, y que parecía que iba a ser una creación con mucho más peso y fuerza, finalmente se queda en nada. Otros secundarios, dibujados con competencia, se deshilachan a las primeras de cambio. Da la impresión de que Darabont y su equipo no se han esforzado lo suficiente, o no han sabido explotar todo su talento, a la hora de levantar esta serie.

La segunda razón es la atmósfera. El episodio piloto, que es el más completo de todos con diferencia (el mejor construido, el mejor escrito, el más aterrador, el más complejo, el más interesante en suma), tiene una buena atmósfera en algunos momentos, pero en otros anticipa el tono apagado y poco inspirado de los episodios que van a seguirle. Yo (y muchos lectores, aunque luego no quieran admitirlo) que he jugado a miles (y repito, miles) de juegos de zombis, monstruos y asquerosidades, tanto en consolas como en internet, que me he imbuido de  atmósferas malévolas, que he sentido salpicar en mi piel las vísceras de trillones de muertos andantes que venían a comerme (¡los muy capullos!) y que terminaban con sus sesos desparramados en todas direcciones, rociándome con los fragmentos de sus restos podridos, yo, que estoy más curtido que John Rambo en esto de matar zombis, sé perfectamente que esta serie se queda a medio gas. Que más que cuestión de presupuesto es cuestión de aceptar con imaginación que el espectador de este tipo de productos está muy versado en estas cosas y que espera mucho más. Lo que más se acerca es ese piloto por momentos magnífico, con secuencias como la del hospital (¡sensacional esa puerta que mantiene encerrados a los caminantes, iluminada por la parpadeante luz fosforescente del pasillo, enfermiza y decarnada, y el aviso escrito con sangre en la puerta!) o la del refugio de los vecinos, con esa imagen escalofriante del pomo de la puerta girando inútilmente. Pero hace falta mucho más para convencer al zombiespectador del siglo XXI.

Y en esto de la atmósfera el piloto, con la imagen del tanque, con la visión de Atlanta arrasada y tomada por los zombis, todavía mantiene el tipo, pero sucesivos episodios aburren bastante. Lo peor de todo es que los zombis no dan miedo. No son una presencia amenazante o terrible o trágica o terrorífica. Son casi una excusa y eso es lo peor que podía pasarle a esta serie. La mitología zombi es esencial, y en la supuesta gran serie sobre el tema mucho más. Ver a zombis rompiendo una puerta acristalada con una piedra a mí, personalmente, me deja perplejo. ¿Es que no saben los guionistas que la inteligencia necesaria para que un ser vivo coja una piedra, porque comprende que es más útil que su mano desnuda para romper cosas, supera a la mayor parte del reino animal y, por tanto, concede a esas criaturas la capacidad de razonar, capacidad que combinada con su independencia del oxígeno y su insensibilidad al dolor les haría invencibles? Pero más allá de eso, que a fin de cuentas no son más que manías del que suscribe, los zombis, como los personajes humanos, carecen de profundidad estética, de alcance visual. Su maquillaje es sensacional (y cuando digo sensacional, lo digo de verdad), pero no así su tratamiento visual y, sobre todo, sonoro. El sonido que emite y provoca un zombi es mucho más aterrador que su putrefacta figura. Y eso, los creadores de la serie, por desgracia, no lo han sabido apreciar.

Sí que hay momentos de gran tristeza o aplastamiento anímicos, como el momento en que el marido de la zombi es incapaz de pegarle un tiro con su visor telescópico, o la patética imagen del zombi partido por la mitad que se arrastra como un gusano y que finalmente es rematado por el sheriff con un tiro en la cabeza, pero a esta serie le faltaba conectar emocionalmente de un modo mucho más aterrador, arrollador y definitivo con el que la está visionando, y no creo que sea discutible que no lo consigue más que a ráfagas, y en ráfagas muy limitadas. Pienso en la muerte de Amy o en algunas otras secuencias que sacan un poco de la apatía general. Pero el despertar del protagonista después de un largo coma y descubrir una ciudad vacía ya lo hemos visto, el amigo que se aprovecha de la aparente muerte del rival y se acuesta con su mujer ya lo hemos visto, las carreteras vacías ya las hemos visto. Todo más o menos ya lo hemos visto en otras series, películas y videojuegos. Y nos ha dado más miedo y nos ha importado más que aquí.