Dignidad

Miren esos ojos, son los ojos de un hombre completamente libre, sereno pero enérgico, en cuyo brillo se deduce la inteligencia y la primacía intelectual de un hombre que jamás podría ser esclavo.

La verdad es que el hombre era feo con avaricia, pero pocos sabrán que el dueño de este rostro tan poco armonioso es uno de los padres de la literatura norteamericana, uno de los filósofos más importantes del siglo XIX, y uno de los tres únicos genios universales de la literatura que ha dado Estados Unidos (los otros dos son Edgar Allan Poe y Walt Whitman). Con los graves acontecimientos sociales y económicos que están teniendo lugar en casi todo el mundo (mucho más graves porque da la impresión de que no lo son tanto), la figura de Henry David Thoreau (Concord, 1817 – íd, 1862) emerge como absolutamente imprescindible en medio de este caos de protestas, indignados, manifestaciones, huelgas generales, todo ello promovido por gentes de buena voluntad pero, en mi opinión, absolutamente incapaces de canalizar toda la energía que malgastan elaborando proclamas o consignas antisistema. En realidad, el problema es el mismo de siempre: la ignorancia, el desprecio hacia los logros del pasado. Ojalá todos esos que se rompen la cabeza intentando cambiar las cosas poseyeran un mayor bagaje intelectual, pues tenía razón quien decía que movimientos como el 15-M son más emocionales que intelectuales, y creo que ahí radica su desgracia.

Creo que habría que poner en práctica las teorías de Thoreau sobre desobediencia civil, que son mucho más que dejarse arrastrar a comisaría por haber insultado a un policía: es una forma de vida. La forma de decir no, hasta aquí, basta, se terminó el jugar con el hombre común y de hacer con él lo que les viene en gana a los poderosos. No ceder ni un milímetro, con las consecuencias que sean necesarias. Y hacerlo todos juntos, unidos, pues no lo conseguiremos de otra manera. Ya bastante difícil será conseguir algo sin violencia como para hacerlo desunidos o con divisiones internas. Quizá cuando lo perdamos todo.

Pero supongo que Thoreau pudo hacer eso y mucho más, se convirtió en un dolor de cabeza constante para los conservadores de su país, fue encarcelado por negarse a pagar impuestos, ignoró abiertamente las convenciones sociales de su época, porque en el fondo a Thoreau le bastaba con un mendrugo de pan y un potaje de avena para ir tirando, y todo le importaba una puta mierda, excepto su propia dignidad, y la de las personas dispuestas a morir por ella. Hasta se negó a pagar los pocos dólares que le pedían a cambio de darle su título en Harvard porque pagar por ese pedazo de papel le parecía un despilfarro intolerable. Y no era tacañería, era la postura de no conceder a esa universidad ninguna otra virtud que la de permitirle leer los libros de su inmensa biblioteca, y quizá su extraña amistad con otro filósofo eminente, Ralph Waldo Emerson (Boston, 1803 – Concord, 1882), con quien compartía en cierto modo su Trascendentalismo, también tuvo mucho que ver con la enorme biblioteca que este hombre poseía en su casa. Porque en el fondo Thoreau era un solitario incurable (no se le conocen relaciones sentimentales de ninguna clase, mejor para él, menos amarguras) que eligió serlo.

Una vida con principios

De los muchos escritos que dejó este hombre para la posteridad, los más célebres (dejando de lado su imprescindible ‘Walden’) son los relativos a la esclavitud, al trabajo, a la lucha sistemática contra todo gobierno y toda autoridad. Mi preferido es el titulado ‘Una vida sin principios’, del que no me resisto a incluir aquí algunos párrafos por completo inolvidables, traducidos por Mª Eugenia Díaz para la edición de Alianza:

“Este mundo es un lugar de ajetreo. ¡Qué incesante bullicio! Casi todas las noches me despierta el resoplido de la locomotora. Interrumpe mis sueños. No hay domingos. Sería maravilloso ver a la humanidad descansando por una vez. No hay más que trabajo, trabajo, trabajo. No es fácil conseguir un simple cuaderno para escribir ideas; todos están rayados para los dólares y los céntimos. Un irlandés, al verme tomar notas en el campo, dio por sentado que estaba calculando mis ganancias. ¡Si un hombre se cae por la ventana de niño y se queda inválido o si se vuelve loco por el temor a los indios, todos lo lamentan principalmente porque eso lo incapacita para…trabajar! Yo creo que no hay nada, ni tan siquiera el crimen, más opuesto a la poesía, a la filosofía, a la vida misma, que este incesante trabajar.”

(…)

“Si un hombre pasea por el bosque por placer todos los días, corre el riesgo de que le tomen por un haragán, pero si dedica el día entero a especular cortando bosques, y dejando la tierra árida antes de tiempo, se le estima por ser un ciudadano trabajador y emprendedor. ¡Como si una ciudad no tuviera más interés en sus bosques que el de talarlos!”

(…)

“La mayoría de los hombres se sentirían insultados si se les empleara en tirar piedras por encima de un muro y después volver a lanzarlas al otro lado, con el único fin de ganarse el sueldo. Pero hay muchos individuos empleados ahora mismo en cosas mucho menos provechosas aún.”

(…)

“Los caminos por los que se consigue dinero, casi sin excepción, nos empequeñecen. Haber hecho algo por lo que “tan solo” se recibe dinero, es haber sido un auténtico holgazán o peor aún. Si un obrero no gana más sueldo que el que le paga su patrón, le están engañando, se engaña a sí mismo. Si ganaras dinero como escritor o conferenciante, sería que eres popular, lo cual indica un descenso perpendicular. Esos servicios por los que la comunidad está más dispuesta a retribuir, son los más desagradables de cumplir. Se te paga para que seas menos que un hombre.”

Este filósofo se carga sin en el menor atisbo de piedad el sistema capitalista, el amor al trabajo, y la necesidad del hombre de mantenerse ocupado en cuestiones que no le aportan nada, salvo dinero. El que lea esto y no sienta un escalofrío por estar malgastando su vida, creo que no tiene dignidad, ni respeto por sí mismo.

Pero rescatemos las primeras líneas de ‘Desobediencia civil’, pues no solamente hablamos de trabajo y de esclavitud, también de liberarnos de una maldita vez de los gobiernos y de la autoridad que nos asfixia:

“Acepto de todo corazón la máxima: “el mejor gobierno es que gobierna menos”. Y me gustaría verlo puesto en práctica de un modo más rápido y sistemático. Pero al cumplirla resulta, y así también lo creo, que “el mejor gobierno es el que no gobierna en absoluto”; y, cuando los hombres estén preparados para él, ese será el tipo de gobierno que tendrán.”

Yo, que soy de corazón anarquista, recomiendo a todos los que tengan respeto e interés por mis ideas, que los lectores no solamente se acerquen y estudien y devoren la obra entera de Thoreau, también las obras de otros autores que la impulsaron y le dieron forma, porque creo que con estas ideas estamos más cerca, no solamente de adquirir algunas certezas acerca de lo necesario y lo razonable que es buscar un cambio en la sociedad, sobre todo de estar más en consonancia con nuestra propia vida, que es tan corta que apenas sí da tiempo a hacer algo que valga la pena.