Poe

Edgar Allan Poe será para siempre el icono de lo grotesco. El príncipe de la Perversidad. Con los escritores de hoy día (llamarles novelistas, o incluso cuentistas, a muchos de ellos, es pasarse…se quedan en escritores, amasadores de letras) haciéndose fotos tan ‘cool’, el lector del siglo XXI ve un retrato de Poe, siempre en blanco y negro, siempre con su traje oscuro y su gola bien apretada, y no puede dejar de asociarlo a una atmósfera gótica, a mansiones que se derrumban, a cuervos que te advierten que nunca más verás a la persona amada, a asesinatos horribles, espejos, telarañas, escarabajos dorados. A la luz de la Luna.

Pero creo que lo que más le sorprendería a Poe, si aún viviera (¡y aún vive! y no solamente en la literatura y en la poética, él sabía muchas cosas sobre la otra vida, o sobre la verdadera vida, que viene a ser lo mismo, y seguro que ahora mismo lee mi artículo, porque está cerca de mí, o yo le siento cerca de mí) es que hoy día su figura fuera objeto de una veneración (muchas veces superficial, todo sea dicho, pero así es la vida) y de una bibliografía tan inmensa. Supongo que toda la leyenda negra que le rodea le habría importado más bien poco porque él sabía, y basta leer algunos de sus cuentos para darse perfecta cuenta de ello, que hay algunas personas en este vasto y desgraciado mundo, que piensan y que, sobre todo, saben leer, y que aunque sean una inmensa minoría merecen que exista el arte literario.

Y hasta cierto punto es normal que Edgar Allan Poe (y Allan es parte de su nombre de pila, anonadado me quedé cuando en la Fnac encontré editados algunos de sus libros bajo la letra A…en lugar de bajo la letra P…) haya llegado hasta nuestros hipócritas tan distorsionada, por varias cuestiones:

1. Su manía de casarse con primas suyas menores de catorce años que luego morían de tuberculosis.

2. Su irredente alcoholismo, que lo llevó varias veces a convertir una revista cultural de mierda en una de prestigio, y a ser despedido finalmente porque se bebía hasta el agua de las macetas.

3. Morir en tan extrañas y patéticas circunstancias: con las ropas de otro hombre (probablemente un vagabundo) obligado a votar varias veces por un mismo candidato en algunas elecciones de pueblo, encontrado en un rincón hecho un despojo humano. Se tardó varios días en identificarle.

4. Pero, sobre todo, su asombrosa decisión de nombrar albacea literario a su enemigo más acérrimo, el abyecto Rufus Wilmot Griswold, que durante años le había atacado sin piedad y sin el menor argumento, y que a su muerte escribiría una biografía suya basada en mentiras clamorosas y medias verdades, con el único objetivo de destruir su reputación y hacerle quedar como un perturbado y un ser absolutamente malvado.

Esa figura grotesca, muy alejada de lo que verdaderamente fue Poe, es la que ha llegado mayormente hasta nuestros días, tamizada también por la obsesión de los simbolistas franceses de encontrar en cada una de sus líneas un símbolo o una metáfora escondida, lo que a su vez ha derivado en que Poe sea, de lejos, el artista más analizado, fragmentado, estudiado como creador de los últimos doscientos años. Ha llegado hasta tal punto la cosa que se lleva a cabo una identificación de la persona con su obra muchas veces demasiado reduccionista. Esta identificación intenta hacerse con muchos artistas, pero ninguno da tan juego para ello como Poe, convertido ya en el creador por antonomasia, el artista maldito definitivo.

Es asombroso que su breve vida y su aún más breve obra revolucionaran de tal forma las letras norteamericanas y europeas. Una única novela, casi cincuenta relatos y cuentos cortos y parábolas, una treintena de poemas, algunos ensayos y críticas, han sido suficientes para dejar una huella imperecedera en el Arte Universal, mucho más honda que la de otros novelistas, filósofos, intelectuales, poetas y pensadores que gozaron de mucho más prestigio entre sus contemporáneos, de una obra más fluida y constante en el tiempo, y que lograron, al contrario que él, vivir de lo que escribían. El alcance de sus conquistas todavía no creo que haya sido examinado con toda la profundidad que merece: convirtió el cuento en obra de arte, y perfeccionó su técnica de tal modo que todos los cuentistas del mundo encuentran su espejo en él; creó de la nada el relato detectivesco, hasta tal punto que ni Holmes ni CSI existirían sin él; impactó de tal forma en relato gótico que el decadentismo inglés, con Stoker a la cabeza, le deben mucho más de lo que confesaron; hizo de la ciencia ficción un género mucho más profundo intelectualmente de lo que era hasta entonces; escribió las mejores críticas literarias y filosóficas de su época…

Nunca un pobre diablo, aún con sus lagunas culturales (que las tenía aunque no quería reconocerlas, tan vastas como sus conocimientos verdaderos) fue un artista tan enorme.

Cada vez que me apetezca voy a incluir en esta página un cuento completo suyo, o un poema, preferiblemente traducidos por Julio Gómez de la Serna (que me gusta mucho más en esos menesteres que Julio Cortázar…), y añadiré algunas notas pedantes de las mías, todo sea por hablar de cosas que me gustan y que espero que al lector también le gusten y le interesen, y quizás algunos que no conocen a este poeta puedan por fin acceder a su obra.