Cicatriz

Aún sigue ahí, la cicatriz. Ya no se nota tanto. Pero si alguien se fija un poco en mí, la ve perfectamente.

Parece mentira que un tipo tan curtido como yo recibiera una herida como esa. Y más mentira parece todavía que la cicatriz permanezca todavía ahí, tan viva y tan sanguínea.

Me la hizo un bicho a quien yo quería mucho. Y le quería simplemente por ser quien era. Yo no le pedía nada ni esperaba nada. Mucho menos de alguien tan insensato. Ni siquiera hacía nada para que yo no dejara de querer al puto bicho. Se limitaba a estar ahí, a ronronear en mi cuello y a usarme como su patio de juegos particular: ahora te necesito/ahora no, ahora te hago sentir bien/ahora no. Yo no le echaba la culpa, ni le reprochaba nada. Acudía fiel a su llamada y le hacía el desayuno por las mañanas, con un frío de mil demonios. Le despertaba, al bicho infernal, y al olor del almuerzo se acercaba despacio, con los ojillos entrecerrados, y se lo tomaba mientras yo me limitaba a mirar. Ni siquiera sabía yo cuánto iba a echar de menos eso, cuántas otras mañanas frías iba a pensar yo en esos desayunos que le hacía sin pensarlo.

Lo que más recuerdo son sus ojos dormidos, de gélido agradecimiento, que me observaban detrás de un velo: el de la disimulada indiferencia.

Es cuando pasas mucho tiempo con un ser al que no sabes cómo manejar, cuyo destino no tendría por qué afectarte, cuando poco a poco ese ser se te mete en la sangre como una maldita droga viva y maléfica. Tanto que cuando no podía más de su presencia tenía que dormir en el sofá contiguo para que dejara en paz un rato, y dejara de tomar mi cuerpo como su habitáculo personal, y mi necesidad de su presencia una hojarasca de soledad que le recubría, a ese ser del demonio.

Tuve que separarme de él. Y fue sin despedirme. No me gustan las despedidas. Aquí está ese demonio del averno, en una de las muchas fotos que aún guardo de él:

¿Cómo puedo echar tanto de menos a un animal tan estúpido, tan bello pero tan absurdo, tan maravillosamente absurdo, que se golpeaba su cabezota contra la mesa cada vez que saltaba de un susto? ¿Simplemente cómo puedo echar tanto de menos a alguien? ¿Echar tanto de menos? Ahora ya será un animal completamente diferente. Ni se acordará de que algún día Adrián Massanet fue su monigote particular. Su hermana, la de la izquierda, era mucho más guerrera, mucho más golfa. Él, que me observaba mientras le sacaba la foto, todo orgulloso, era mucho más tranquilo. Y ahí llegó el zarpazo, mientras dormía, casi sin que me diera cuenta. Se me hinchó la mano y me escoció como un condenado, y casi le estrangulo.

Durante unas semanas mi hermano les acogió en su casa y luego los dimos en adopción. Hubo que separarles. Qué remedio. Ahora será un bicho enorme. Yo, que le conocí recién nacido, aún tengo la puta cicatriz que me hizo en la mano izquierda. Bendita cicatriz, la única prueba que ahora existe, tanto tiempo después, de que conocí a un animal tan bello. Y de que fui su patio de juegos particular, e hizo conmigo lo que quiso, y ya ni se acordará de un patán como yo.