Obra Maestra

Recuerdo perfectamente, raro que es uno, la primera vez que escuché la expresión Obra Maestra. Fue cuando yo tenía doce añitos de nada y todavía me entretenía jugando con mis amigos del barrio a ver quién era más rápido corriendo (era yo, por cierto, aunque mi hermano Jorge, el muy cabrón, corría casi tanto como yo y a veces me ganaba) y todavía no había probado la cerveza (el mejor invento de la historia de la humanidad). Probablemente la había oído antes, pero no había prestado atención. Fue con motivo del estreno de ‘El silencio de los corderos’ en 1991, que el crítico Carlos Pumares (más que crítico, historiador de cine, pero ese es otro tema) la calificó como obra maestra y yo, tan cándido, le pregunté a mi padre qué significaba esa expresión. Mi padre me dijo que, por definición, significa la obra de un maestro, una pieza perfecta, sin fallo alguno. Es bastante más complicado que eso, claro, pero el caso es que desde entonces he venido fijándome en lo que el personal califica como “obra maestra” (desde luego, ‘El silencio de los corderos’ lo es), y en los últimos tiempos me he dado cuenta (es fácil darse cuenta) de que cualquier hijo de vecino utiliza la expresión según le viene en gana, como en posesión de unos conocimientos y un bagaje intelectual bastante cuestionables, de tal forma que, como por arte de magia, estamos rodeados por obras maestras, florecen por doquier, cual si nos encontráramos en un segundo Renacimiento o algo por el estilo.

En estos tiempos en los que la probidad crítica ha sido completamente abandonada; en los que, aún en el caso de encontrarnos en un florecimiento de las artes (en lugar de en su instrumentalización e industrialización, como si fueran productos de consumo, como está ocurriendo en realidad) casi nadie podría percatarse de ello y, menos aún, demostrar que nos encontramos efectivamente en una época semejante; en los que hasta un individuo que no lee con la necesaria asiduidad (es decir, que es un ignorante) dictamina qué es una obra maestra y qué no, cuando está claro que no la distinguiría de la masa de otras obras aunque se la pusieran delante del ombligo (que probablemente es lo que la mayoría de estos individuos/as con tantos deseos de decidir qué es una obra maestra y qué no consiguen ver), no viene mal que recordemos qué es una Obra Maestra, qué es una Obra Magistral, qué es una Gran Obra o hasta qué es lo lírico, lo narrativo, lo antinarrativo o lo meramente estético, o incluso bello. Y no voy a hablar de mis ideas, sino de las ideas que, desde Aristóteles hasta Poe, desde Thoreau hasta García Viñó, pasando por Tarkovski, Truffaut, Almendros, y muchos otros críticos-artistas mucho más inteligentes y cultos que yo, viene siendo una Obra Maestra, o una Obra Magistral, o algo simplemente bello y no hermoso (que no es lo mismo).

Tendemos a considerar como obras maestras aquellas novelas o películas o temas musicales que nos arropan y nos hacen sentir maravillosamente bien; que en su interior encierran todas las convenciones de lo que está “bien hecho” y es admirable, y expulsan todo lo que sobra y  es accesorio; lo que habla de buenos sentimientos, lo que respeta las reglas tradicionales de representación y lo que está redondeado con el máximo ingenio de creación y representación. Pero en verdad, eso no son nada más (y nada menos) que grandes obras, nunca Obras Maestras. Decía Tarkovski: “una obra maestra es un juicio perfecto sobre el ser humano y sobre la realidad”. Para Viñó, una obra maestra es algo dionisíaco y revolucionario, un empujón técnico, estético, narrativo, formal, a todo lo que anteriormente ya estaba hecho. Desde hace muchos siglos, concretamente cuando el hombre avanzaba hacia su esplendor, aunque finalmente se ha precipitado hacia su muerte espiritual, las Obras Maestras son cúspides estéticas que se erigen en testimonio de su tiempo y del hombre, que establecen su relación con la naturaleza y con el destino, que no emplean un absoluto dominio de la técnica como un exhibicionismo formal, sino como una herramienta para reflexionar artísticamente sobre la vida. Esto, por definición, no puede hacerlo una de las grandes obras antes referidas, porque suelen ser más mesuradas, más contenidas, mientras que las Obras Maestras lindan siempre con el fracaso en su propuesta, se balancean peligrosamente en el abismo del batacazo estético, y milagrosamente se mantienen en pie.

Pienso, por ejemplo, en ‘El Padrino, parte III’ (‘The Godfather, part III’, Francis Ford Coppola, 1990) como ejemplo supremo de lo que estoy diciendo. Mientras que ‘El padrino’ (‘The Godfather’, 1972) es una gran obra (y una obra maestra narrativa, sin duda, pero no plenamente una Obra Maestra estética) y ‘El padrino, parte II’ (‘The Godfather, part II’, 1974) es una película absolutamente magistral (ahora entraremos en materia con el tema de lo magistral), la tercera parte de la historia de Michael Corleone es una Obra Maestra Absoluta. Y lo es por varios motivos incontestables: 1. Porque es la menos complaciente con el espectador de todas ellas, y aunque es por momentos trepidante, es la más terrible con los sentimientos del que la ve; es decir, totalmente descarnada y sin concesiones de ninguna clase para enamorar al espectador. 2. Porque, aunque se percibe en ella un dominio total de la técnica, no es exhibicionista jamás, sino completamente humilde y elegante, hasta sencilla en la forma; y a pesar de ello es ferozmente revolucionaria y dionisíaca (esto es, impulsiva, instintiva, orgiástica, ferozmente vitalista y atrozmente dolorosa). 3. Porque aunque bordea el ridículo en muchísimas ocasiones, se mantiene en pie por no se sabe qué secreto milagro y se eleva hasta unas cotas de belleza (de armonía) casi sobrenaturales. 4. Y porque, ante todo, es una reflexión sobre el destino, sobre el paso del tiempo, sobre el tiempo mismo, sobre la tragedia de la pérdida y del fracaso íntimo, como pocas veces se han visto en una pantalla de cine. El bestial tratamiento que se le aplicó a esta película en el momento de su estreno, sobre todo desde Estados Unidos, el hecho de que se la considere muchas veces como la peor de la célebre trilogía, viene a confirmar eso que decía yo antes de que, aunque nos encontráramos ante un florecimiento de las artes, casi nadie podría o sabría percatarse de ello.

Mientras que, a menudo, las Grandes Obras, son una muestra de gran talento confirmado por las imágenes, en las que el espectador se queda sentado mientras su imaginación vuela, y se reconforta, las Obras Maestras exigen al espectador una desagradable lucha consigo mismo. También es necesario que el espectador sea co-autor de lo que está viendo. Es decir, se le pide a él que sea la obra de arte y que se ponga en consonancia con lo que está viendo y con la lógica espiritual de ese drama, de esa acción, desde su interior. Puede sonar muy zen, pero estoy convencido de ello. Las Grandes Obras Maestras suelen ser desagradables de ver, pero seguimos viéndolas, porque co-creándolas ya no nos sentimos tan solos y comprendemos que nada sucede por azar, en una suerte de tensión anímica que extrae lo mejor y lo peor de nosotros mismos. Decía Thoreau que el velo de lo sublime permanece siempre en su sitio, y que de vez en cuando un artista lo levanta un poco. Así de sencillo. ¿Cómo va a lograr eso una apolínea gran obra, dedicada a hacernos sentir simplemente bien?

En cuanto a lo que es una obra magistral, podemos echar mano de la RAE, que en su cuarta acepción dice lo siguiente: “Dicho de un instrumento: Que sirve de término de comparación, por su perfección y exactitud, para los ordinarios de su especie.” No es exactamente lo mismo que una Obra Maestra. Tampoco está un peldaño por debajo de ella dentro del superficial escalafón de calidad que se aplica estos tiempos. Lo magistral se aplica a algo tan absolutamente brillante, tan deslumbrante, que es el triunfo del ingenio frente a la dificultad de la creación artística. ‘El padrino, parte II’, como decía, es buena prueba de esto. Pero también, por ejemplo, la magistral ‘Están vivos’ (‘They Live!’, John Carpenter, 1988), en la que Carpenter lleva al máximo la consecución del más por menos, y del absoluto dominio de la técnica como vehículo de las ideas y de la pasión y compasión (“pasión con”). Con medios muy austeros, este artista no necesita más para establecer una visión absolutamente propia del mundo, oscura y gélida, que sin embargo no entra en conflicto con una profunda compasión por sus personajes. Trasciende el guión (“conditio sine qua non” de las obras magistrales) para hablar de ella misma, de la obra, como si fuera un ser vivo y orgánico, que es lo que es. En el triunfo de lo estético; las obras magistrales son los diamantes sin mancha alguna, invulnerables por completo al paso del tiempo, mientras que las Obras Maestras fluctúan y se van transformando con el paso de las décadas y de las estéticas, convirtiéndose en algo muy distinto, muchas veces, de lo que su creador había planeado, para poder servir de espejo de generaciones futuras.

Queda muy bonito y muy cool decir: “esto es una obra maestra”, o “esto es una obra magistral”. Estaría bien, además, explicar por qué lo es. Pero, claro, eso requiere de mucha cultura, mucha reflexión y un bagaje que hoy está en desuso frente a lo tendencioso.