‘Martín (Hache)’, la inteligencia hecha cine

No abunda la inteligencia en el cine. Inteligencia pura, emocional, de la que habla de grandes cosas sin darse importancia a sí misma y confía en que el espectador más sensible pueda reconocer y hacer suyo todo aquello que narra. La RAE lo deja claro:

inteligencia.

(Del lat. intelligentĭa).

1. f. Capacidad de entender o comprender.

2. f. Capacidad de resolver problemas.

3. f. Conocimiento, comprensión, acto de entender.

4. f. Sentido en que se puede tomar una sentencia, un dicho o una expresión.

5. f. Habilidad, destreza y experiencia.

6. f. Trato y correspondencia secreta de dos o más personas o naciones entre sí.

7. f. Sustancia puramente espiritual.

Todo esto que está incluido en su definición se encuentra en la obra maestra de Adolfo Aristaráin, una película que he visto muchas, muchísimas veces, y que aún así siempre me da algo nuevo, siempre descubro esquinas, aristas, detalles, ideas, luces, distintas a las que había visto antes, como un ser vivo absolutamente dinámico y cambiante, que no se agota nunca. Una película que habla de cuestiones tan importantes como la relación padre-hijo, la amistad, el amor-odio entre dos amantes, la creación artística, la libertad y la esclavitud de las drogas, la soledad, la fe en uno mismo, la redención sentimental. Y lo hace sin más, sin el menor divismo, creando una segunda realidad delante de los ojos del espectador en una pantalla que se vuelve tridimensional por la profunda y dolorosa vida que es capaz de levantar con una consistencia y una convicción que asustan.

Sostienen la secuencia de la película cuatro actores superdotados y en estado de gracia. Tres de ellos (Federico Luppi, Cecilia Roth  y Eusebio Poncela)  son de los más grandes, autoexigentes, audaces y brillantes vivos y en habla hispana. Y el tercero, Juan Diego Botto, aunque con menos recursos (lógico, porque son tres gigantes) que sus compañeros, borda un papel dificilísimo que asombra por la profunda contención y habilidad con que lo interpreta Juan Diego Botto, un artista que no siempre está a la altura de su propio talento y que nunca estuvo mejor que aquí. Luppi, verdadero alter-ego de Aristaráin, está impresionante como el padre distante, el hombre frío e incapaz de afrontar sus propios sentimientos, el patriarca herido que se equivoca profundamente con la mujer que ama, el amigo sin el que no puede vivir, y el hijo con el que no sabe comunicarse. Roth está increíblemente sensual, trágica y vibrante, como un contrapunto genial a Luppi, y otorga una energía indescriptible a la pantalla en un personaje romántico y dependiente hasta lo enfermizo. Pero el triunfo mayor de esta obra maestra, sin lugar a dudas, es Dante, la creación magistral de un coloso para el que no se han escrito todavía las palabras apropiadas de reverencia y admiración.

Dante, mucho más que un personaje

Pocas veces el espectador ha tenido ocasión de acceder a la forma de libertad absoluta en una pantalla como en el trabajo de Eusebio Poncela, que alcanza todo el aspecto de una intuición. La fusión de intérprete y personaje es tal, es tan perfecta, tan diáfana, que es imposible observar aquí una “interpretación”, un fingimiento, una mentira. En verdad, tras el abandono de las formas más teatrales y mecánicas del cine, tiene lugar una de las mejores interpretaciones de los últimos cuarenta años en el cine mundial. Poncela, hombre de teatro, pero artista libérrimo, construye la viva esencia de lo anárquico, que convierte la verborrea (supuestamente, el anticine para algunos puristas, y como yo no soy purista no me incluyo en ese argumento) en una estructura del pensamiento, en una formalización exacta del interior del personaje. Muchos pensaban, los que no conocía de antes a este actor, que Poncela era tan extremo como Dante, que siempre era así. No sabían que estaban dando el mejor elogio posible a un artista que, como Poncela, vive y respira para transformarse en otra persona.

La irrepetible, nacida del puro amor por el teatro pero también de la necesidad de romper con todo y de regalar una ficción en la que las convenciones y las hipocresías queden aniquiladas, secuencia del abandono en plena escena de Dante, es, estoy seguro de ello, una pieza que será estudiada por actores en las próximas generaciones como una cumbre del éxtasis creativo. Un milagro.

Yo me siento como en casa cada vez que paso por la pantalla alguna secuencia de ‘Martín (Hache)’. Siento el tejido de la vida misma, tal cual, sin engaños, y me reconforto, y me duele, y me divierto, y pienso mucho, y me emociono, y doy gracias porque existan películas que se olviden del cine, de lo que se entiende por cine convencional, y convierta las imágenes y el drama en algo tan imprescindible.