Poe: ‘El escarabajo de oro’ – Parte III y última, y comentario

“A good glass in the Bishop’s Hostel in the devil´s seat forty-one degrees and thirteen minutes northeast and by north main branch seventh, limb east side shoot from the left eye of the death’shead a bee-line from the tree through the shot fifty feet out”.

—Pero—dije—el enigma me parece de tan mala calidad como antes. ¿Cómo es posible sacar un sentido cualquiera de toda esa jerga referente a “la silla del diablo”, “la cabeza de muerto” y “el hostal o la hostelería del obispo”?

—Reconozco—replicó Legrand—que el asunto presenta un aspecto serio cuando echa uno sobre él una ojeada casual. Mi primer empeño fue separar lo escrito en las divisiones naturales que había intentado el criptógrafo.

—¿Quiere usted decir, puntuarlo?

—Algo por el estilo.

—Pero ¿cómo le fue posible hacerlo?

—Pensé que el rasgo característico del escritor había consistido en agrupar sus palabras sin separación alguna, queriendo así aumentar la dificultad de la solución. Ahora bien: un hombre poco agudo, al perseguir tal objeto, tendrá, seguramente, la tendencia a superar la medida. Cuando en el curso de su composición llegaba a una interrupción de su tema que requería, naturalmente, una pausa o un punto, se excedió, en su tendencia a agrupar sus signos, más que de costumbre. Si observa usted ahora el manuscrito le será fácil descubrir cinco de esos casos de inusitado agrupamiento. Utilizando ese indicio hice la consiguiente división:

“A good glass in the bishop’s hostel in the devil’s sear —forty one degrees and thirteen minutes—northeast and by north—main branch seventh limb eart side—shoot from the left eye of the death’s-head—a bee line from the tree through the shot fifty feet out”.

—Aun con esa separación—dije—, sigo estando a oscuras.

—También yo lo estuve—replicó Legrand—por espacio de algunos días, durante los cuales realicé diligentes pesquisas en las cercanías de la isla de Sullivan, sobre una casa que llevase el nombre de Hotel del Obispo, pues, por supuesto, deseché la palabra anticuada “hostal, hostería”. No logrando ningún informe sobre la cuestión, estaba a punto de extender el campo de mi búsqueda y de obrar de un modo más sistemático, cuando una mañana se me ocurrió de repente que aquel “Bishop’s Hostel” podía tener alguna relación con una antigua familia apellidada Bessop, la cual, desde tiempo inmemorial, era dueña de una antigua casa solariega a unas cuatro millas, aproximadamente, al norte de la isla. De acuerdo con lo cual fui a la plantación, y comencé de nuevo mis pesquisas entre los negros más viejos del lugar. Por último, una de las mujeres de más edad me dijo que ella había oído hablar de un sitio como “Bessop’s Castle” (Castillo de Bassop), y que creía poder conducirme hasta él, pero que no era un castillo, ni mesón, sino una alta roca.

Le ofrecí retribuirle bien por su molestia y después de alguna vacilación, consintió en acompañarme hasta aquel sitio. Lo descubrimos sin gran dificultad; entonces la despedí y me dediqué al examen del paraje. El castillo consistía en una agrupación irregular de macizos y rocas, una de éstas muy notable tanto por su altura como por su aislamiento y su aspecto artificial. Trepé a la cima, y entonces me sentí perplejo ante lo que debía hacer después.

Mientras meditaba en ello, mis ojos cayeron sobre un estrecho reborde en la cara oriental de la roca a una yarda quizá por debajo de la cúspide donde estaba colocado. Aquel reborde sobresalía unas dieciocho pulgadas, y no tendría más de un pie de anchura; un entrante en el risco, justamente encima, le daba una tosca semejanza con las sillas de respaldo cóncavo que usaban nuestros antepasados. No dudé que fuese aquello la “silla del diablo” a la que aludía el manuscrito, y me pareció descubrir ahora el secreto entero del enigma.

El “buen vaso” lo sabía yo, no podía referirse más que a un catalejo, pues los marineros de todo el mundo rara vez emplean la palabra “vaso” en otro sentido. Comprendí ahora en seguida que debía utilizarse un catalejo desde un punto de vista determinado que no admitía variación. No dudé un instante en pensar que las frases “cuarenta y un grados y trece minutos” y “Nordeste cuarto de Norte” debían indicar la dirección en que debía apuntarse el catalejo. Sumamente excitado por aquellos descubrimientos, marché, presuroso, a casa, cogí un catalejo y volví a la roca.

Me dejé escurrir sobre el reborde y vi que era imposible permanecer sentado allí, salvo en una posición especial. Éste hecho confirmó mi preconcebida idea. Me dispuse a utilizar el catalejo.

Naturalmente, los “cuarenta y un grados y trece minutos” podían aludir solo a la elevación por encima del horizonte visible, puesto que la dirección horizontal estaba indicada con claridad por las palabras “Nordeste cuarto de Norte”. Establecí esta última dirección por medio de una brújula de bolsillo; luego, apuntando el catalejo con tanta exactitud como pude con un ángulo de cuarenta y un grados de elevación, lo moví con cuidado de arriba abajo, hasta que detuvo mi atención una grieta circular u orificio en el follaje de un gran árbol que sobresalía de todos los demás, a distancia. En el centro de aquel orificio divisé un punto blanco; pero no pude distinguir al principio lo que era. Graduando el foco del catalejo, volví a mirar, y comprobé ahora que era un cráneo humano.

Después de este descubrimiento, consideré con entera confianza el enigma como resuelto, pues la frase “rama principal, séptimo vástago, lado Este” no podía referirse más que a la posición de la calavera sobre el árbol, mientras lo de “soltar desde el ojo izquierdo de la cabeza de muerto” no admitía tampoco más que una interpretación con respecto a la busca de un tesoro enterrado. Comprendí que se trataba de dejar caer una bala desde el ojo izquierdo, y que una línea recta (línea de abeja), partiendo del punto más cercano al tronco por “la bala” (o por el punto donde cayese la bala), y extendiéndose desde allí a una distancia de cincuenta pies, indicaría el sitio preciso, y debajo de este sitio juzgué que era, por lo menos, posible que estuviese allí escondido un depósito valioso.

—Todo eso—dije—es harto claro, y asimismo ingenioso, sencillo y explícito. Y cuando abandonó usted el Hotel del Obispo, ¿Qué hizo?

—Pues habiendo anotado escrupulosamente la orientación del árbol, me volví a casa. Sin embargo en el momento de abandonar “la silla del diablo”, el orificio circular desapareció, y de cualquier lado que me volviese érame ya imposible divisarlo. Lo que me parece el colmo del ingenio en este asunto es el hecho (pues, al repetir la experiencia, me he convencido de que es un hecho) de que la abertura circular en cuestión resulta sólo visible desde un punto que es el indicado por esa estrecha cornisa sobre la superficie de la roca.

En esta expedición al Hotel del Obispo fui seguido por Júpiter, quien observaba, sin duda, desde hacía unas semanas, mi aire absorto, y ponía un especial cuidado en no dejarme solo. Pero al día siguiente me levanté muy temprano, conseguí escaparme de él y corrí a las colinas en busca del árbol. Me costó mucho trabajo encontrarlo. Cuando volví a casa por la noche, mi criado se disponía a vapulearme. En cuanto al resto de la aventura, creo que está usted tan enterado como yo.

—Supongo—dije—que equivocó usted el sitio en las primeras excavaciones, a causa de la estupidez de Júpiter dejando caer el escarabajo por el ojo derecho de la calavera en lugar de hacerlo por el izquierdo.

—Exactamente. Esa equivocación originaba una diferencia de dos pulgadas y media, poco más o menos, en relación con la bala, es decir, en la posición de la estaca junto al árbol, y si el tesoro hubiera estado bajo la “bala”, el error habría tenido poca importancia; pero la “bala”, y al mismo tiempo el punto más cercano al árbol, representaban simplemente dos puntos para establecer una línea de dirección; claro está que el error, aunque insignificante al principio, aumentaba al avanzar siguiendo la línea, y cuando hubimos llegado a una distancia de cincuenta pies, nos había apartado por completo de la pista. Sin mi idea arraigada a fondo de que había allí algo enterrado, todo nuestro trabajo hubiera sido inútil.

—Pero su grandilocuencia, su actitud balanceando el insecto, ¡Cuán excesivamente estrambóticas! Tenía yo la certeza de que estaba usted loco. Y ¿Por qué insistió en dejar caer el escarabajo desde la calavera, en vez de una bala?

—¡Vaya! Para serle franco, me sentía algo molesto por sus claras sospechas respecto a mi sano juicio, y decidí castigarle algo, a mi manera, con un poquito de serena mixtificación. Por esa razón balanceaba yo el insecto, y por esa razón también quise dejarlo caer desde el árbol. Una observación que hizo usted acerca de su peso me sugirió esta última idea.

—Sí, lo comprendo; y ahora no hay más que un punto que me desconcierta. ¿Qué vamos a decir de los esqueletos encontrados en el hoyo?

—Esa es una pregunta a la cual, lo mismo que usted, no sería yo capaz de contestar. No veo, por cierto, más que un modo plausible de explicar eso; pero mi sugerencia entraña una atrocidad tal, que resulta horrible de creer. Aparece claro que Kidd (si fue verdaderamente Kidd quien escondió el tesoro, lo cual no dudo), aparece claro que él debió de hacerse ayudar en su trabajo. Pero, una vez terminado, éste pudo juzgar conveniente suprimir a todos los que compartían su secreto. Acaso un par de azadonazos fueron suficientes, mientras sus ayudantes estaban ocupados en el hoyo; acaso necesitó una docena. ¿Quién nos lo dirá?

Comentario a un relato legendario

De entre los muchos cuentos famosos de Poe, este es uno de los más estudiados, de los más recordados y que, en esencia, recoge tanto su vertiente racionalista como su vena por lo macabro o siniestro.todo ello tamizado por un exotismo en la atmósfera de su narración que muy pocas veces libera en sus historias y que aquí resulta muy de agradecer, como un Conrad de medio siglo antes, que eligiese la frondosidad de la selva y los secretos que esconde, como nítida metáfora de la lucha entre la inteligencia y la intuición contra los misterios de lo oculto y la hazaña de desentrañar un misterio aparentemente insoluble. William Legrand es una suerte de Dupin retirado y el narrador de la historia bien podría ser el mismo que acompaña al original detective en las tres aventuras que protagoniza. Pero aquí no hay crimen, sino la presencia de un enigma en forma de antiguo pergamino, y la imagen de una joya en forma de escarabajo que será vital para, además de solucionar dicho enigma, aportar un toque de teatralidad al hallazgo del tesoro.

Poe se entretenía con juegos de criptogramas, y hasta llegó a retar a lectores de sus revistas a que le enviaran acertijos cifrados, a ver si era capaz de descifrarlos. Por supuesto, con su afición por el tema, no solamente era capaz de hacerlo, también de construir un relato exclusivamente alrededor de un criptograma, y de explicar concienzudamente la forma de resolverlo. Pero la elegancia formal y  la arrolladora personalidad de un escritor que ya era un maestro en su género, resultan obvias hasta para el lector de paladar menos exigente. Más que narrar, Poe lleva a cabo un ejercicio de autoridad intelectual máxima, y un juego lúdico que encierra una descarnada visión del mundo y del hombre, como un animal que ha de imponerse por la fuerza de su audacia mental y su energía física si quiere triunfar en un mundo despiadado en el que nada es lo que parece, y en el que una instrucción equivocada, o un paso más allá, llevan al fracaso absoluto en lugar de al triunfo.

De la mano de Poe accedemos a una aventura que es doble: física e intelectual. Sentimos en nuestra piel la locura de una búsqueda sin esperanza, la de un fabuloso tesoro, cuya obtención carece de importancia frente a la conquista intelectual que supone vencer al tiempo, a lo aparentemente inexpugnable. Nadie que lea este relato, de principio a fin sin interrupciones, puede dejar de sentir cómo él mismo ha sido el protagonista, cómo es capaz de grandes cosas. En definitiva, liberar al lector de sus propias limitaciones, que es lo que, más o menos, hizo Poe toda su vida, así como otros grandes maestros de la literatura.