‘Melancholia’ y el desequilibrado genio danés

Érase una vez un tipo con la palabra FUCK escrita en los dedos de su mano derecha. Un individuo al que seleccionan su película para competir en el Festival de Cannes (después de haber triunfado en ese certamen con ‘Rompiendo las olas’ y sobre todo con ‘Bailar en la oscuridad’), y se atreve a decir, porque se le va la olla, que Hitler le cae simpático, gracias a lo cual se gana una expulsión permanente del festival que le vio nacer, que le consagró y que le aseguró fama internacional. Pero ya había llamado enano a Roman Polanski por no concederle la Palma de Oro en 1991 en beneficio de ‘Barton Fink’, de los hermanos Coen. Y, sí, es el mismo tipo que escribió aquella provocación genial, al alimón con otros amigos cineastas, del Dogma ’95. Pero lo más curioso del asunto, lo más importante de este tipo, es que se trata de uno de los cineastas más portentosos de la actualidad, y ‘Melancholia’ es una constatación más de esto. La vida es así.

Básicamente, lo que diga Von Trier me importa tres cojones. Y en realidad, les importa tres cojones a todos esos bienpensantes que no tienen otra cosa que hacer que demonizar al primero que, disponiendo de un micrófono, suelta alguna parida sobre los nazis, sobre Hitler, o sobre cualquier otra cosa. Pero, claro, Cannes no puede dar pábulo a las memeces de un desequilibrado como Von Trier, aunque sea uno de sus hijos pródigos, no vaya a ser que, de repente, todo el mundo piense que Cannes es un lugar en el que se mete a los judíos en cámaras de gas, y se acabe la alfombra roja, se termine el río de dólares y euros, y las estrellas dejen de acudir con sus películas al más importante circo de cine del mundo. Ahora que Von Trier es un apestado en Cannes, y que no va a volver por allí ni borracho, a lo mejor consigue una nueva hazaña, nada disparatada: convertir el cine porno en cine de verdad, algo que le ronda la cabeza desde hace muchos años. Espero que lo haga, pero mientras tanto, puede que le dejen dinero para hacer alguna otra película fuera de ese género. Y, de momento, podemos ver ‘Melancholia’, cine con mayúsculas.

Todavía hay quien niega la importancia del danés en el cine mundial de los últimos veinte años, así como su magisterio sobre un par de generaciones de realizadores. Negar esto es, sencillamente, negar el cine. Pocos cineastas han provocado un impacto mayor en el audiovisual. Algunas estrellitas (léanse Scott, Nolan, Aronofsky, los Coen, Amenábar, etc) no pueden ni soñar con dejar un legado de la magnitud que este artista chiflado está construyendo película a película, mazazo tras mazazo, sin contemplaciones, sin piedad, haciendo de cada obra suya una pieza de orfebrería destinada a machacar el ánimo del espectador y a dejarlo a la misma altura que el suyo. Esto es, por los suelos. Y esa es la verdadera razón de ser del arte. Porque aunque algunos ingenuos que todavía no han sido destetados aún piensan que el arte es algo muy bonito que nos permite soñar, todo eso de hacer películas, y escribir novelas, y componer música rock, en general, crear algo importante dentro de cualquiera de las bellas artes, no es más que poner al hombre y al mundo en el lugar que merece. Pintar y cantar el infierno de la vida. Exponer sin estúpidas coartadas morales de patio de colegio lo miserable del ser humano. Filmar con las tripas, con la bilis. Sacar lo mezquino, lo tenebroso, del hombre. Todo lo demás son caramelitos para los que quieren tapar el sol con un dedo.

Decía Francis Ford Coppola, que “algo” sabe de esto, que los grandes directores filman como mucho dos o tres obras maestras absolutas. Él, que ha firmado cinco (‘La conversación’, ‘Apocalypse Now’, ‘La ley de la calle’, ‘El padrino, parte III’ y ‘Bram Stoker’s Dracula’) ya se ha encargado bastante de llenar de dolor y de desesperación y belleza una pantalla, y otros como él, que aún están en plena posesión de facultades artísticas, se van a dedicar durante un tiempo más a ello. Y bienvenidos sean. Dicen que si el capullo de Von Trier no hubiera dicho eso de Hitler, se habría alzado con una nueva Palma de Oro con ‘Melancholia’. Y yo lo dudo, porque era el año de Malick, y estaba cantado que si el ermitaño de Texas llevaba su película a Cannes sería la gran triunfadora. Qué más da que el danés no consiguiera otro premio, ya lleva con ‘Melancholia’ tres películas excepcionales, verdaderas obras maestras del arte del cine, y esto no se consigue por un azar o una casualidad. También dicen que los genios están pirados. Y, sí, Coppola está bastante pirado, y Von Trier está muy pirado. Hay que estar muy pirado para hacer grandes películas o grandes novelas o grandes canciones.

La primera opción para interpretar a la sadiana Justine fue Penélope Cruz, de la que Von Trier está enamorado hasta la obsesión. Como a la española más cool del universo le dio por dejar plantado al genio, tenemos a la Kirsten Dunst más sensual, trágica y alucinante que hemos visto jamás, en un papel dificilísimo que ella borda como el que respira. Convertida en verdadero animal interpretativo, la Dunst se deja llevar, y en manos de Von Trier, sin exageraciones ni divismos de ninguna clase, es la pura estampa de la melancolía. Una mujer que, sin perder jamás su fuerza y su belleza, es capaz de destruir su matrimonio antes de empezar y de mandar al carajo un trabajo muy bien pagado y muy estupendo, y de dejar de existir aunque siga viviendo. En estas circunstancias, que un planeta gigantesco por nombre también Melancolía, se estampe contra la Tierra y la destruya en un segundo, es de lo más razonable.

La desquiciada cámara del danés no para ni un segundo, aprovechando al máximo las posibilidades del formato 2.35 : 1 y la ligereza de la cámara Arri Alexa, así como la profundidad de campo y la definición de la Phantom HD Camera (por cierto, una cámara casi idéntica a la empleada en algunas secuencias de ‘El árbol de la vida’, película con la que guarda muchos e inquietantes puntos en común y que fue la que se llevó la Palma de Oro). Esto, y la magistral dirección de fotografía de Manuel Alberto Claro, a medio camino entre la imagen documental y la estilización de una pieza de videoarte, hacen de la imagen de ‘Melancholia’ algo muy difícil de describir y de analizar, pero muy fácil de disfrutar y paladear. Un montaje soberbio, la música de Wagner para ‘Tristan & Isolda’, los efectos digitales. Todo funciona a la perfección en una obra en la que hasta el mínimo detalle está diseñado para destruir al espectador y obligarle a replanteárselo todo, a cuestionarlo todo, a prescindir de todo. No hay esperanza, ni luz, ni amor. Sólo la certeza final de que un amanecer azul es lo único que nos queda.