Misomusos por doquier

Antes que nada, una explicación del rebuscado título de esta entrada. La palabra misomuso la acuñó Milan Kundera en su ‘El arte de la novela’, libro que no me he leído nada más que en algunas (aburridas) partes. En ninguna de las partes que leí de ese libro sobre novelar escrito por una especie de pseudonovelista que a mí no me interesa casi nada, aparecía la palabra misomuso, pero me enteré de que hablaba sobre misomusos gracias al blog de Isaki Lacuesta ‘La crítica espectacular’. Y entré en dicho blog por dos razones: primero, porque había asistido, vía Twitter, al denigrante espectáculo que la mafia global de El País, a través de uno de sus más ignominiosos “periodistas”, Borja Hermoso, perpetró contra este director, Lacuesta, que tampoco es que me vuelva loco como cineasta, y que como persona (asistí a una conferencia de prensa suya en el Festival de San Sebastián y me aburrí bastante con sus respuestas) no me parece nadie especialmente interesante, pero cuyo blog está bastante bien. La segunda razón es haber leído en el blog ‘Las horas perdidas’, un dechado de mal gusto, de misomusos y de muchos de los males que representa la escritura de aficionados en internet (que, sin embargo, es magnífico, y repito magnífico, a la hora de escribir noticias de cine, porque son los más rápidos, los más simpáticos y los más cabrones), muchas tonterías sobre Isaki Lacuesta, sobre Carlos Boyero y sobre todo este lío que se originó en el festival de Donosti.

Según Kundera y centrándonos ya (que me lío, pues creo que acabo de escribir el párrafo más enrevesado de toda mi vida…) un misomuso es un individuo que: “…no vive en paz. Se siente humillado por la existencia de una cosa que lo sobrepasa, y la odia”. No sé si Kundera conoce España y ha tratado mucho o poco con la gente que vive aquí (porque, repito, no sé nada sobre su vida, confieso que me interesa más bien poco), pero lo cierto es que esos “misomusos” campan a sus anchas por esta enorme piel de toro, hasta tal punto que tiras una piedra al aire y seguro que le das a alguno. Esos misomusos son gente que, sin tener el menor sentido artístico, se pasan el día hablando sobre música, películas, novelas, y hasta llegan a escribir sobre ellas, y con cierta regularidad, y puede que cobrando por este menester. Como si el arte pudiera ser disfrutado/paladeado/reflexionado/alanceado/analizado/juzgado/prejuzgado por cualquier mentalidad roma que se crea que por haber estudiado tres años de bachiller y por suplir las carencias de su personalidad y de su vida fagocitando series, películas y cómics, ya es capaz de escribir y merece ser leído por otros misomusos como él/ella. Pero no es nada sorprendente, en un territorio, el español, en el que hasta el más ignorante se cree con derecho a opinar sobre todo lo que se le pase por la cabeza. Lacuesta citaba todo esto de Kundera con motivo de la enésima confirmación de que la crítica española (¿hay crítica española?) es un desastre de grandes proporciones, sobre todo en sus representantes más leídos. No es una novedad que la “crítica” española, de cualquier medio, es, quizá, la más incompetente, ignorante y venal del mundo, tanto en cine como en literatura o cualquier otra disciplina artística. Tampoco es para hacerse el sorprendido. Y, desde luego, establece varias certezas importantes, todo este asunto:

1. Que El País, con sujetos de la catadura profesional de Borja Hermoso y Carlos Boyero, amén de su reciclaje industrial, ha perdido todo rasgo de aquello que le definía como el diario más de izquierdas de Europa, orgullo de los muchos que lo leíamos.

2. Que si España, por definición, siempre ha sido hogar de una cutrez mental desoladora, manifestada por ciertos sectores que no abren un libro ni a tiros y/o que solo se leen a sí mismos (los que escriben, que no son pocos), ahora, con la falsa “democratización” de internet, son una verdadera plaga, pero que no son mucho peores que los “periodistas” que escriben en diarios de tirada nacional.

3. Que en España el más tonto hace relojes. Y mientras los que tendrían que decidir cómo educar a los chavales (el gremio de profesores) se quedan sin opciones y sin futuro, los que tendrían que aprender a leer se dedican a escribir libros. Pero no hay mayor certeza de que en este país el más tonto hace relojes cuando un individuo que no sabe ni hablar va a ser presidente del gobierno dentro de pocas semanas.

En el anillo de Salomón estaba escrito: “todo es vanidad”. ¿Qué mayor vanidad puede haber, tal como se dice en el blog de Lacuesta, que creer que un director se pasa dos o tres años de su vida elaborando una película con el objetivo de tomarle el pelo a un espectador de cualquier otra parte del mundo? Más aún si es un director de un cine minoritario. Todavía podría ser posible tal cosa en un cine más de género, en el que un director pretende asustar, impactar o divertir y no consigue nada eso, pero tampoco cabría la expresión tomar el pelo, tan solo la de una incompetencia manifiesta. Yo, si intento ponerme en el lugar de un aficionado que ve una película y que, como buen misomuso, se siente humillado porque no es capaz de comprender lo que está viendo, y que por ello lo desprecia me doy cuenta de que sería una persona con unos complejos enormes, patológicos, deformadores de la realidad hasta extremos enfermizos, como por ejemplo creer que alguien que simplemente es fiel a sí mismo y  a su forma de hacer películas está atentando contra su forma de disfrutar el cine. Tal absurdo, que debería ser la excepción en un mundo más o menos normal (admitiendo, pese a todo, que no sé lo que significa la palabra normal), es la penosa norma en el mundo de hoy, en los comentarios que leo y en las afirmaciones que escucho.

Los misomusos campan a sus anchas, sin saber que esa postura que defienden es la que propicia censuras, pérdida de espacios de libertad de pensamiento, odios basados en fanatismos de salón, y sobre todo mucha incultura, una monstruosa ignorancia en la que los catetos se postulan como los nuevos promulgadores de ideas. Pero si la gente los lee, ningún problema.