¡España de mis amores!

En la que cualquier ignorante que no abre un libro ni a patadas se cree con derecho a opinar de cualquier cosa.

En la que las abuelas todavía visten como si fueran a representar ‘La casa de Bernarda Alba’.

La de los domingos a misa a las 12, y después el vermú con los chicos jugando en la carretera o dando por saco a los demás.

La de los políticos que no saben hablar inglés (y cuyo dominio del español es bastante cuestionable) pero se levantan más dinero que tú con tres idiomas y dos másters.

La del enchufismo a mansalva, la del peloteo, la de los babosos.

La de los cobardes que tiran la piedra y esconden la mano.

La de los machos porque se calzan a alguna nena de vez en cuando.

La de las progres y feministas que son más machistas que sus abuelos.

La de la “cañita” de cerveza, y las “gambitas” a la plancha.

La del “no tienes ni puta idea”.

La de los tipos de traje y corbata, calvos o repeinados con gomina, que apestan a mal aliento y te miran por la calle perdonándote la vida.

La de los “hombretones” de tasca con palillo en la boca.

La de los jóvenes que se creen que por pintar una pancarta van a cambiar el mundo.

O la de los jóvenes que creen que por ir a Kapital ya son cool.

La de los policías de tráfico más chulos que un portero de discoteca.

La de dar marcha atrás unos cincuenta metros en plena calle.

La que no tiene intención de utilizar el intermitente.

La de las viejecitas que cruzan la calle por cualquier lado, correteando con la cachaba.

La de los escritores de best-sellers con gafitas, perilla y un premio planeta debajo del brazo.

La del cine subvencionado, las descargas ilegales y las 180 películas producidas en un año que nadie ha visto ni debajo de las piedras.

La de los 1.000 euros al mes.

En la que a sus ciudadanos se les ha olvidado decir “buenos días”, “disculpe” o “gracias”.

La de las series de televisión que copian descaradamente célebres títulos extranjeros.

La de los espectáculos teatrales de éxitos norteamericanos.

La de las frases hechas en programas, diarios, charlas de café.

La de los conductores de autobús con más mala leche que un pitbull rabioso.

La que se mira en el espejo y se cree la rehostia, por muy mal que vayan las cosas: feliz, soleada, fiestera, simpática, alegre..

Pero que en verdad es gris, racista, pobre, inculta, homófoba, monárquica, sucia, cobarde, vaga, quejica, llorica, inmadura, infantil, violenta, amargada.

Y, sin embargo…

Sin embargo sigue habiendo gente, en este país de mierda, que merece la pena. Te la encuentras por la calle, en el metro o en el trabajo. Gente a la que no le cuesta nada regalarte una sonrisa, un gesto amable, un tono cortés, unas palabras educadas. Gente que se esfuerza en vivir con dignidad, ajenos a tanto lloriqueo quejumbroso, que se interesan vivamente por la cultura y por los vecinos, que te dan la mano con firmeza, a los que lees y da gusto ver que saben redactar, y que tienen las ideas claras, y son ideas realmente progresistas, que buscan un futuro mejor para todos. Inmigrantes que vinieron para cambiar de aires o de vida y que nos otorgan una enorme riqueza personal y vital. Currantes que se esfuerzan en hacer un trabajo decente, en que las cosas salgan bien, y no se pasan la vida lamentándose por su salario. Gente compasiva que intentan que los indigentes, los enfermos mentales o cualquier otro apestado de la sociedad pueda disponer de unos derechos básicos, inherentes a todo ciudadano, más allá de su riqueza o posición.

Y un largo etcétera…

No compensan todo lo demás citado más arriba…pero al menos te ayudan a levantarte por las mañanas.