Morir por algo

Ahora que tanta gente está tan cabreada, tan dispuesta a salir a la calle y decir lo que piensa (aunque sea a gritos), y a demostrar su entusiasmo por un cambio, valdría la pena considerar lo siguiente: sin lucha no hay conquista. Y cuando digo luchar, digo combatir de verdad, con todos los sacrificios que sean necesarios. Nadie consiguió jamás nada que tuviera una verdadera importancia global, social, civil, sin enormes sacrificios, sin enormes esfuerzos y pérdidas, y sin llegar a la situación de tener que entregar su vida si fuera necesario por un ideal, por una forma de vivir. Esto es así, y nunca fue de otra manera. El que realmente crea que puede conseguir un gran cambio en la situación del mundo, cada vez más dantesca, sin que muchísima gente de bien sufra o muera, es que es un grandísimo ingenuo y no está preparado para intentarlo de verdad.

Pero a lo que vamos. Hubo algunos, que ahora son recordados en libros (esos objetos que los abres y están llenos de letras y hojas, y que si los lees de seguido te cuentan cosas, y tal…), y que si me muero y les conozco, entonces sabré qué coño es eso que llaman el cielo, aunque sólo sea por veinticuatro horas. Fueron unos individuos que nadie sabe por qué les dio por cambiar el mundo, pero lo hicieron. Y cuando hablo de cambiar el mundo, no me refiero a conseguir que la sociedad fuera más justa, que los gobernantes se conviertan en almas de la caridad, o que el hombre deje de ser tan ignorante o tan violento. Hablo de una transformación espiritual, que sólo tiene lugar, lamentablemente, durante toda una vida, y a la que muy pocos pueden aspirar. Y eso lo consiguieron porque se enfrentaron a todo y a todos, y en ese enfrentamiento salieron perdiendo hasta caer despellejados, humillados, exiliados, aniquilados…

El más grande de todos ellos fue Jesús, claro. El tipo fue uno de los grandes. Un verdadero delincuente, un criminal, un terrorista, que fue ajusticiado a lo grande, crucificado entre otros terroristas. No vino a traer paz, como tantos ilusos creen, vino a traer guerra. Aquí se viene a luchar, dijo, y no os contentéis con las riquezas de este mundo, porque en otros mundos las hay mucho mayores. Dijo: ámate a tí mismo, chaval, si no quieres ser un pringado toda tu puta vida. Dijo: fuera los poderes de la iglesia y los poderes del estado, porque no hay poder mayor que la fe y la voluntad humanas. Dijo: la muerte no existe, y cuando estaba a punto de morir preguntó qué había hecho él para sentirse tan solo y tan abandonado. Dijo: el hombre es un maestro manipulador, y sufrió en sus carnes esa manipulación y durante dos mil años una panda de retrasados vestidos con hábitos han vivido a costa de su trágica muerte. Dijo: bástele a cada día su afán, y ahora nos observará, desde donde quiera que esté, afanados como estamos en mil cosas inservibles para nosotros mismos. Se casó con una puta, que seguramente era la más bella y la que mejor follaba de todas (María Magdalena, enfangada por la iglesia durante siglos) y puede que tuviera descendencia; y hoy, toda esa panda de babosos que ni saben lo que es follar lo usan a él (que al parecer tenía un cuerpo perfecto y que follaría maravillosamente como corresponde a un cuerpo perfecto, bien lo sé yo, ejem…) como ejemplo de castidad, de pureza. No me jodas…panda de tarados.

Pero hubo otros, que murieron en la flor de la vida, destruidos por una sociedad que primero les usó y luego les escupió, dejándoles en el arroyo. Artistas, les llaman (esos que se dedican al arte, o algo así, misión despreciada hoy día pero cuyo objetivo es hacernos libres), que en gran medida siguieron los pasos de ese criminal y se convirtieron en delincuentes ellos mismos: enemigos de la sociedad establecida, del pensamiento único, de la muerte en vida del hombre.

Uno fue Oscar Wilde, que primero obligó a sus contemporáneos a percibir su genio, luego se rió de ellos mientras le reían las gracias, y luego sufrió el desprecio de esos que querían vengarse de él por haber ridiculizado la sociedad victoriana. Dos años de trabajos forzados, casi nada, y luego la muerte en un hotel sórdido de las afueras de París, completamente solo, aquejado de un tumor muy doloroso en un oído. Mola, ¿eh?. Tristísimo final para un genio universal de las letras. Pero peor fue el final de Edgar Allan Poe, que murió incluso más joven que Wilde (40 años por los 46 de Wilde), completamente borracho, sufriendo delirium tremens, vestido con las ropas de un mendigo, empujado a votar de manera fraudulenta por algún político, identificado tres días después de su muerte, empeñado en vivir de la literatura (¡habráse visto, semejante subnormal), capaz de reinventar la narrativa en el mundo occidental, completamente olvidado estéticamente hoy día.

Y ya, para terminar, está Andrei Tarkovski, uno de los más grandes poetas del cine, muerto a los 54 años, que por hablar de la infancia y de la libertad fue aplastado por la dictadura soviética, obligado a abandonar el país para seguir haciendo las películas que él quería hacer, y para convertir el cine en algo mucho más verdadero de lo que era hasta entonces, y para terminar muriendo de cáncer de pulmón, igual que su actor fetiche y que su mujer. Algunos años después, algunos miembros del KGB admitieron que podrían haber sido envenenados porque eran demasiado peligrosos para seguir vivos. Claro, ¡la poesía es demasiado peligrosa!, ¡la libertad es demasiado peligrosa!

Y, sin embargo, esa libertad aún inspira y acompaña a muchos luchadores que no se rinden, que siguen creyendo en sí mismos y riéndose de sus pasiones, tal como hicieron estos, y otros maestros de vivir una vida digna y libre. Murieron jóvenes, o bastante jóvenes, y sumidos muchas veces en un dolor indescriptible. ¿Y qué? A fin de cuentas, todos vamos a morir.