Milagros interpretativos: Gérard Depardieu en ‘Cyrano de Bergerac’

Inicio con una de las películas de mi vida una especie de ciclo sobre lo que yo considero milagros estéticos en el sentido estricto de la expresión:

1. m. Hecho no explicable por las leyes naturales y que se atribuye a intervención sobrenatural de origen divino.

2. m. Suceso o cosa rara, extraordinaria y maravillosa

Eso es el trabajo de Gérard Depardieu, aunque también la película en su totalidad. Una cosa rara, extraordinaria y maravillosa, que engrandece el alma y nos redime de la triste rutina diaria. Basta poner el DVD, cerrar la boca, olvidarse de todo y disfrutar con una conquista total de la imaginación, de la vitalidad como forma de expresión estética definitiva, pues ante todo el arte debe ser celebración de la vida y anatema de los lugares comunes, de la cobardía, de lo trillado. El arte es otra cosa, lectores (lectores amigos o lectores enemigos, y los que son enemigos, estoy seguro de que no están a la altura de serlo, yo que siempre he querido enemigos de fuste y no he obtenido más que enemigos cutres), es trascender la cotidianidad e instalarse en otro universo, en el que todo es posible, y lo más noble del ser humano, lo que tiene de inmortal, vence a su indescriptible mezquindad.

Lamentablemente, el vídeo que incluyo más arriba está doblado, porque los que están disponibles en youtube en su versión original, no pueden insertarse en ninguna web por solicitud de los dueños del copyright. Pero estoy seguro de que los que admiren el trabajo de Depardieu entrarán en youtube desde el vídeo y verán sus secuencias en francés, que es como hay que verlas. O directamente se comprarán la copia disponible en DVD, o se leerán el texto original de Edmond Rostand que convierte al personaje histórico, realmente un gran poeta, en una figura eminentemente dramática. Un verdadero bombón de personaje al que Depardieu otorga una belleza ,una verdad y una luz realmente impresionantes. Mucho mayores que las del gran José Ferrer, actor puertorriqueño que se llevó el Oscar por este papel (y, por cierto, padre del actor Miguel Ferrer y tío de George Clooney…) y que no alcanza ni una décima de la sensibilidad increíble del francés, verdaderamente transfigurado (y desfigurado), haciendo suyos los versos y haciéndonos volar a la altura de las estrellas.

Pero, sobre todo, ‘Cyrano de Bergerac’ (ídem, Jean-Paul Rappeneau, 1990) es una narración sobre la nobleza, la hondura, el dolor abismal del amor masculino, frente al capricho, la volatilidad, la crueldad del amor femenino, ese que solamente ama aquello que puede poseer y desprecia aquello que no puede. En otras palabras, el que te sienta en un altar artificial y luego te tira de una patada, o de una cuchillada traicionera. Ver a Cyrano es ver una exaltación del amor romántico, el que venera a la figura femenina por sobre todas las cosas, y el que reniega de la incapacidad femenidad de amar verdaderamente, salvo rarísimas excepciones, es decir: de aceptar completamente y sin reservas de ninguna clase al otro, al amante.

Ahí radica la enorme belleza, la enorme tragedia, la enorme emoción de esta obra de arte.