‘Hasta que llegó su hora’, aburridísimo castillo de naipes

Si algún día doy clases de cine (¿quién sabe? la vida da muchas vueltas y puedo verme delante de un grupo de chavales que pretenden ser directores en España…los muy ingenuos) sin duda les proyectaría a mis alumnos ‘Hasta que llegó su hora’ (triste traslación del mucho más épico y poético ‘Once Upon a Time in the West’ (Segio Leone, 1968), que además también da cierta idea del tono general del filme, casi como cuento de hadas). Y se la proyectaría no tanto por tratarse de un filme magistral (cosa que, desde luego, no es, como habrá anticipado el avispado lector al echar un vistazo al título del artículo…), sino por tratarse de una obra cuyo arranque sí que es magistral, y cuyo desarrollo posterior, siendo livianos, resulta asombrosamente pueril, tosco, torpe, desmañado y hasta de una incompetencia narrativa incontestable. Es el problema de filmar unos quince o veinte primeros minutos excepcionales (y la historia del cine está llena de arranques formidables): luego hay que sostener durante dos horas lo propuesto en esos primeros quince minutos, y me temo que muy pocos cineastas lo han logrado.

No, por cierto, Sergio Leone, un director al que solamente un memo podría negarle su enorme talento visual y su sentido del ritmo, pero cuya fama actual descansa mucho más en una exagerada veneración y sobrevaloración de los logros por él obtenidos, que en un análisis verdaderamente profundo y sereno de una obra vigorosa pero poco cabal, a la que el tiempo no ha tratado demasiado bien, y que no supo calcular bien sus limitaciones para transformarlas en virtudes. No pocas cosas se le pueden otorgar a Leone, como el hecho indiscutible de animar muchísimo, con descaro y energía, el triste panorama del cine italiano de los sesenta, y da igual que lo hiciera edificando sus particulares “spaguetti westerns”. Pero como tantos otros directores de éxito, un día se puso la ambición por sombrero y decidió que era un artista…y ahí, amigos, se terminó la diversión de sus delirantes películas de acción, y comenzó el aburrimiento de un artista balbuciente. Algún día hablaré de ‘Érase una vez en América’ (Leone, 1984) (curiosamente en esta sí respetaron el título original…), aunque probablemente lo haga en paralelo a ‘Novecento’ (Bernardo Bertolucci, 1976), pues ambas comparten una primera hora soberbia y tres horas más absolutamente indefendibles. Al menos en ese caso, el talento de Leone pudo sostener más tiempo lo que estaba tratando de narrar.

Aquí, su talento lo sostiene todo más o menos veinte minutos. Quizás un poco mas, si no me falla la memoria. Es lo que comprende la presentación de los cuatro personajes principales (además de ellos, apenas hay nada en la película): el sádico Frank, el vengador Harmónica, la sensual Jill y el romántico bandido Cheyenne. Aunque lo curioso es que la presentación de este último se nos escatimó en España muchas veces debido a las diversas versiones que circularon por nuestro país y por media Europa, en las que desaparecían algunas secuencias importantes, precisamente como la de la fuga de Cheyenne y su encontronazo con Harmónica y Jill en un polvoriento bar de carretera.

Pero, en primer lugar, hemos asistido a uno de los duelos más abstractos de la historia del western, con esos tres pistoleros (el bueno de Leone quería ahí a las tres estrellas de sus anteriores westerns… pero no pudo ser, tampoco están nada mal Woody Strode, Jack Elam y Al Mulock, que se suicidó durante el rodaje) esperando a su presa en una estación, y Leone estirando el tiempo y provocando una soberbia angustia en el espectador a base de recursos sonoros, para luego despachar a los tres en medio segundo. Hasta los diálogos son magníficos:

Harmónica – ¿Hay un caballo para mí?

Pero sólo tienen tres caballos, cuando Harmónica creía que iba a ver a Frank.

Snaky (Jack Elam) – Me parece que hemos traído un caballo de menos.

Harmónica – No, yo diría que sobran dos…

No está mal, ¿verdad? Pero tampoco los diálogos mantienen esa brillantez en un guión escrito nada menos que a ocho manos (Leone, Bertolucci, Argento y Donati), y a menudo se vuelven farragosos y muy literarios. Leone daba lo mejor de sí mismo cuando no había diálogos, porque filmaba muy bien. Pero incluso mejor está la secuencia de la masacre a la familia, menores incluidos, con esa aparición fantasmagórica de Frank, la puesta en escena operística de Leone, y la música espectral de Morricone, que firmó una de sus obras magnas. Casi parece un cuento apocalíptico, de puro abstractas que son sus imágenes. Sin la música de Morricone (tal como le ocurriría a Spielberg sin John Williams detrás), esta secuencia, y otras de Leone, no tendrían ni la mitad de su fuerza. De hecho, más parecen acompañar a una partitura sublime que al revés, como sucede en la ópera, en la que la verdadera creación es musical, y la escenografía es un acompañamiento o un relleno a la sinfonía.

Incluso se cae en una contradicción, porque la aparición de Frank tiene lugar con la música con la que se identifica al personaje de Harmónica, su enemigo en la película. Pero Leone es el maestro de la contradicción tonal, desde luego, como demuestra que el viaje de Jill hacia la casa de su difunto marido posea una música tan épica cuando está claro que algo malo ha sucedido. Pero eso es lo interesante de una película tan extraña: los contrastes hacen más poderoso a un comienzo que daba para muchísimo más. Más, desde luego, que a una trama supeditada a momentos de lucimiento de Leone (que los tiene), pero que se hacen interminables y reiterativos. Todo el mundo sabe, menos Leone, que Harmónica va a matar a Frank al final. Todo el mundo sabe que Cheyenne va a morir. La narración se vuelve asombrosamente simple y termina tratando al espectador por imbécil (la innecesaria carnicería del tren, lo imposible de la herida mortal de Cheyenne, que aguanta en pie tantas horas…). Eso sí, fotografía espléndida de Delli Colli, planos grandilocuentes, gabardinas muy chulas. Pero personajes sin interés, más que arquetipos (que son los mimbres por los que se sujetan muchos grandes personajes de género), son tópicos sin la menor densidad, que proceden de una mente creativa inmadura, es decir, infantil.

Pero claro, con la música de Morricone qué más da. Personalmente, como si me ponen la imagen de un perro mutilado en pantalla. Veo la película de todas formas. Este castillo de naipes empieza muy bien, promete muchísimo, y se queda en nada. Una pena.