Sobre Rafa Nadal, la Copa Davis y la carnaza

Hoy empieza la Copa Davis. La atención es máxima. Todos los especialistas sobre el mundo del tenis tienen puestos los cinco sentidos en una final que, si bien no es tan mediática como podría haber sido una entre España y Serbia, sí que ofrece bastantes motivos para el morbo: Argentina nunca ha ganado este torneo, Del Potro parece querer volver a ser el de antes (y el que era antes, en verdad impresionaba por su tenis), Nalbandian está dispuesto a que le concedan su mérito como gran tenista, Mónaco parece la gran promesa de futuro…y David Ferrer viene de firmar un gran año aunque quizá un poco cansado, Feliciano ha mejorado y podría presentar más batalla, Verdasco es una incógnita total, y Rafa Nadal llega como la gran superestrella aunque con un año tan difícil, en el que ha perdido seis finales (se dice pronto) contra Novak Djokovic, quien quizás ha firmado el mejor año de tenis de un profesional en toda la historia.

Dicen que el fútbol es como el gran Circo Romano del siglo XX y XXI. No estoy, en absoluto, de acuerdo. El fútbol lo que es es el gran negocio, la gran mafia encubierta de nuestro tiempo. No existe en el fútbol verdadera épica, verdadera pasión, salvo en muy contadas ocasiones. Es un aburrimiento de deporte. En mi opinión, es el tenis el gran Circo Romano de la actualidad, pero en el sentido más noble de la expresión: once meses de torneos casi ininterrumpidos con un centenar de gladiadores destrozándose contra polvo de ladrillo, césped o cemento; desmayándose de calor en el Open Usa, empleando cinco horas o más para batir a un adversario, tomando varias docenas de vuelos trasatlánticos al año, mordiendo el polvo o rozando la gloria. Por supuesto, tiene sus estrellas, y sus enormes cantidades de dinero, su concepto de negocio, sus derechos televisivos y sus mafias, pero no afectan, y eso es lo más hermoso, a la dinámica del circuito salvo para agotar física y mentalmente a los jugadores, todo lo contrario que en el fútbol, en el que los jugadores no solamente no están solos en la cancha, sino que pueden ser sustituidos en cualquier momento por otro compañero.

De todos los tenistas célebres de la actualidad, y de los últimos diez años, el que más presión está sufriendo, por una doble razón, es Rafael Nadal, no solamente el mejor tenista de la historia de España, también el mejor tenista sobre arcilla de la historia de este deporte. Y las razones son, primero, que es un verdadero fenómeno del deporte. Y, segundo, que nació en un país tan mezquino, ignorante y terrible como es España. Recuerdo perfectamente el martirio al que se le sometió, principalmente desde la prensa de nuestro país, durante el pasado Roland Garros, mirando con lupa cada uno de sus movimientos, cuestionando todos los partidos, esperando que el Dios cayera desde lo alto y se estrellara de la forma más dolorosa posible. Sobre todo, después de las finales perdidas contra Djokovic (aún perdería algunas más después de ese torneo). Convertir a los grandes en carnaza para los débiles mentales: ese es el deporte nacional de este país.

Si Rafa Nadal es, en gran medida, muy querido por los aficionados españoles, no es porque haya conquistado diez Grand Slams y diecinueve Master 1000, la medalla de oro olímpica, dos Davis, etc… Es querido porque se le percibe como un tipo majo, abierto, tranquilo, humilde, trabajador. En este país todo se perdona excepto el éxito. Y, si tienes éxito, más te vale ser humilde, porque sino te despreciará cualquier hijo de vecino nacido al amparo del toro de Osborne. Y esto, no me cabe duda, lo sabe Nadal. Y sospecho que no sonríe con la sonrisa más franca que quepa imaginar en cualquier de los saraos a los que le invitan por razones mediáticos. Sonríe todo lo ancho que puede porque sonreir y reir son dos de las formas más eficaces para luchar contra una presión y un agobio tan enormes como los que debe sentir un deportista como él. En la rueda de prensa que ofreció en Roland Garros este año, un Nadal casi roto, harto de que se escribiesen tonterías sobre su tenis y sobre lo mal que estaba jugando (no fue su mejor año, pero finalmente ganaría el torneo por sexta vez), increpó a los medios, con una elegancia y un tacto enormes, su falta de apoyo y de comprensión. Era un Nadal a punto de romperse mentalmente, no me cabe duda. ¿Qué pasará el año que viene en Roland Garros cuando todo el mundo hable de que podría ser el que más lo ha ganado en toda la historia, sobre todo si Djokovic sigue al mismo nivel que hasta ahora?

Dicen que Bjorg se retiró, en plena posesión de facultades físicas, porque la mente le dijo basta. Ya no soportaba tanta presión sobre si seguiría ganando. A Nadal puede pasarle algo muy parecido, teniendo en cuenta que la prensa es mucho más voraz ahora que hace treinta años. Con 25, deberían quedarle muchos años buenos, pero entre lo mucho que pelea los partidos, y el circo mediático que es el tenis, no me extrañaría que no aguantase más de dos o tres años en la élite.

Ahora, con la pesadilla que ha sufrido con Djokovic (pues él es el que más ha perdido contra el serbio, y eso le ha minado enormemente la confianza, nadie lo puede dudar), con un año bastante bueno pero en ningún modo satisfactorio, llega la final de la Davis y él es el centro de atención. Los argentinos, claro, encantados, pues parten como no favoritos y ahí pueden dar la sorpresa. Ya veremos. Va ser un fin de semana apasionante. Y si España pierde, y si pierde abultadamente, los medios más encantados aún, tendrán carnaza para rato, darán dentelladas con Nadal a base de bien, goteando la baba por el colmillo, “ayudándole” a comenzar el 2012 con energía. Por suerte, él ya es una leyenda, y es multimillonario, y según dicen un tipo encantador. Todo lo contrario de tantos periodistas y plumillas a los que no conoce ni su padre, si es que tienen padre.