‘Gladiator’ o la incapacidad narrativa de Ridley Scott

El otro día Ridley Scott cumplió 74 primaveras. Sus seguidores dicen que le quedan pocos años ya para dirigir películas, pero lo cierto es que, como cineasta, lleva muerto un par de décadas. Estoy bastante cansado de que tantos aficionados al cine proclamen a los cuatro vientos el supuesto (en realidad, muy cuestionable) gran talento de Ridley Scott como director, pero no me canso nunca de esgrimir mis argumentos (porque yo, que no soy nadie, al menos tengo argumentos) contra todas esas temerarias afirmaciones que le aúpan a los altares, entre los directores más importantes de las últimas décadas. Su película ‘Blade Runner’ (ídem, 1982) es un clarísimo ejemplo de fracaso camuflado de película de prestigio por un culto excerbado hacia una creación tan poco interesante. Pero, por lo menos, no recibió el Oscar a mejor película del año, como sí lo hizo su película (es un decir) ‘Gladiator’, en una de las decisiones más absurdas, comerciales, insultantes y chorrudas de la “excelsa” Academia de Hollywood. Tengo pendiente de publicar un extenso artículo en el que denunciar que el 80 % de las películas que ganaron el Oscar a mejor producción del año son una tomadura de pelo, pero hasta entonces hablaremos de ‘Gladiator’.

Sí, sale muy guapo Russell Crowe. Ya sea rociado de sangre, polvo o entrañas, con un casco metálico que le cubre el rostro, moribundo o cataléptico, durante toda la película está hecho un verdadero animal cinematográfico. No me parece exagerado que le dieran el Oscar al mejor actor, porque este hombre sostiene la película sobre sus hombros como el que respira, y debajo de su arrolladora presencia apenas hay nada en ‘Gladiator’, como ahora comentaremos. Después de esta película no ha vuelto a brillar con la misma intensidad, salvo en la estupenda ‘Master & Commander’ de Peter Weir, y actualmente es un actor en total decadencia física y creativa. Es lo que sucede por perder los mejores años al lado de un director, Scott, con el que ha trabajado nada menos que en cinco largometrajes consecutivos. Me parece un genial acierto de casting para Máximo, después de haber demostrado su enorme talento y potente presencia en ‘L.A. Confidential’ (Curtis Hanson, 1997) o ‘El dilema’ (‘The Insider’, 1999). Interpreta a Máximo a lo grande, sin tics de actor como en la deleznable ‘Una mente maravillosa’ de Howard, sin divismos, sin excesos, haciendo vibrar la pantalla con sus ojos azules, su voz profunda y su energía y su verdad. Debajo de él, repito, no hay nada, y basta echar un vistazo a lo que pretende “contar” esta película:

1. Batalla contra los bárbaros, que por supuesto es una victoria para Máximo.

2. Asesinato de Marco Aurelio por parte de Cómodo y posterior intento de asesinato a Máximo, cuya familia es masacrada.

3. Máximo es vendido como esclavo y rápidamente se convierte en famoso gladiador.

4. Cómodo organiza unos juegos para paliar su pésima gestión del Imperio Romano.

5. Máximo llega a esos juegos dispuesto a matar a Cómodo.

6. Después de descubrirse que Máximo sigue vivo y es un gladiador, Cómodo intenta librarse de él en la arena, después de casi sufrir un golpe de estado, y a su vez es asesinado por Máximo, que muere por una cuchillada trapera de Cómodo antes del combate.

Bien. Hay quien diría que una historia como esta, contextualizada en un guión de ciento cincuenta páginas, la escribe un mono atiborrado de ginebra en un fin de semana. El caso es que no se trató de un mono, sino de tres guionistas (David Franzoni, John Logan y William Nicholson) los que lo escribieron. Ahora bien, ¿por qué lo escribieron? No hace falta ser un fiera para cerciorarse de que el impulso primero de escribir y preparar un proyecto como este no es creativo ni estético, sino simplemente comercial: vamos a hacer un peplum, pero muy vistoso y muy moderno, para que la gente vaya en masa al cine a verlo. ¿Y a quién llamamos para que lo dirija? Pues muy fácil, a alguien capaz de dar un empaque, una escenografía muy elaborada y de camuflar la simpleza y el infantilismo del guión, y para todo eso nadie mejor que Ridley Scott, el cineasta más capaz, después de Stanley Kubrick (que, curiosidades, acababa de morir) de dar gato por liebre y de ser nominado al Oscar y venerado por cientos de miles de fans sin nada mejor que hacer.

Por supuesto que todos los guiones, y las películas, contados de manera somera, tal como he hecho yo con el argumento de ‘Gladiator’, pueden quedar tan simples como éste. Pero lo interesante, siempre, es la forma en que el director enriquece esa historia con su mirada. Y en este punto es importante dejar claro lo que Tarantino ya dijo una vez, y es que no es lo mismo escribir tus propias historias o guiones, a esperar a que lleguen a tu casa los guiones y tú vas eligiéndolos tan cómodamente. Pero aún en el segundo caso, hay directores mercenarios (como el genial Luis Buñuel) capaces de transformar lo que les cae en sus manos y de otorgarles un halo personal y una mirada. Pero Ridley Scott carece de mirada, como carece, a poco que uno conozca un poco el cine (y yo conozco el cine) de capacidad para narrar, es decir, para ficcionar un hecho. De lo contrario, en un resumen del argumento, sería imposible referirse a él sin aportar muchos detalles a la peripecia, pero el guión, en manos de Scott, salvo un aparato de efectos visuales (por cierto, espantosos, porque cantan ópera), dirección artística, sonido, vestuario y juegos fotográficos, es exactamente la película. No es una creación audiovisual sobre el guión, sino una ilustración, una decoración del guión. No existe ni una sola escena, diálogo, idea de puesta en escena, realmente interesantes, no digamos ya notables. ¿Dónde está esa obra maestra o gran película que algunos dicen ver aquí?

Filmar no es pegar planos

Resulta del todo revelador leer las declaraciones de John Mathieson, director de fotografía de la película, en el volumen ‘Nuevos directores de fotografía’ de Alexander Ballinger: “…Gladiator fue horrible, porque siempre se estaban poniendo y quitando cosas para que luego no se hiciera ninguna de ellas. Era una faena, porque les pedías que hicieran un esfuerzo sobrehumano para preparar algo y al final no se llegaba a la escena en cuestión. No había guión y, por lo tanto, tampoco había un calendario u horario ni se podía planificar la iluminación.” Vamos, una maravilla de rodaje. Pero cuando la cosa se pone más interesante, es cuando Mathieson habla de la batalla, y demuestra hasta qué punto Ridley Scott no es que improvise, es que no tenía ni pajolera idea de cómo filmarla: “Sólo había que presentar a Máximo y contar que era un gran general y humanista, pero no era necesario verle en combate. Pero después de todo, esto es Hollywood, y a los productores les apasionaba aquella escena, así que decidieron hacerla igualmente. Le enseñé a Ridley lo que quería hacer y dijo que sí, que estaba bien. Pero cuando lo vio de verdad, dijo: ¿lo has hecho todo así? No estaba para nada seguro”.

En general, todo lo que cuenta Mathieson retrata a un realizador incapaz de ver la escena en su cabeza y luego hacerla realidad mediante su puesta en escena, es decir, mediante su destreza y su arte. Scott es un tipo muy inteligente, y sabe que en Hollywood, con todo su poderío tecnológico, puedes hacerte con mucho material y luego darle la apariencia de categoría mediante los efectos especiales y el montaje. Los aficionados que luego se lo traguen todo como gran cine y alaben la película, habrán pasado por el aro como verdaderos pardillos. Ni siquiera hay violencia en esta película, que se pretendía tan salvaje y tan bárbara. La violencia no es sangre a chorro y bestialismo, Ridley, colega. La violencia es la mirada que observa un hecho, lo contempla, y le parece violento y así lo transmite en la imagen. Pero son cuestiones demasiado elaboradas para un director que solamente en ‘Alien’ pudo desplegar una gran precisión narrativa, siempre ayudado en lo escenográfico por un equipo superlativo de artistas conceptuales, dibujantes, diseñadores. En ‘Gladiator’, sobre todo, falta violencia, porque falta dolor. Porque Ridley no sabe lo que es la vida, así de sencillo.