Yo soy ‘Espartaco’

Recuerdo perfectamente cuando, asistiendo a una clase de guión en la escuela oficial de cine de Madrid, la ECAM, institución a la que debo un artículo (y no precisamente un artículo amistoso…), en la que el profesor que nos tocó en suerte, el contradictorio Juan Antonio Porto, nos dijo algo que, en cierta forma, era hasta predecible, viniendo de él, y que es bastante defendible: “‘Espartaco’ es la película más roja de la historia’. Yo ya había visto esa película muchas veces por entonces, hace la friolera de nueve años, y desde entonces la he visto muchas veces más. Nos habló, Porto, de lo importante que una película como esa, que en 1960 se atrevía a contar que dos amantes tenían un hijo sin estar casados (¡horror!), o que en la escena más emotiva de la película se atrevía a desnudar su profunda ideología socialista (más que comunista…) con todos los supervivientes de la masacre final proclamando, gritando entre el barro, que todos ellos son Espartaco, mientras el verdadero, el único Espartaco, que realmente había sido una pesadilla para el imperio más poderoso de la tierra gracias a millares de personas comunes, se quedaba sentado llorando de rabia y de pena.

Supongo que todos tenemos en nuestro equipaje una serie de películas que nos han marcado para siempre. En mi caso, se trata de dos centenares de películas, entre las que se encuentra, sin lugar a dudas, el quinto largometraje dirigido por Stanley Kubrick (y que llegara a dirigirlo y formara parte de su filmografía es algo totalmente circunstancial), y probablemente el más redondo, el más terrible, el más emocionante que protagonizó esa bestia parda de la interpretación que era Kirk Douglas. Una película que es mucho más que cine: es la lucha por la libertad, es la emoción del amor y de la muerte como nunca jamás se ha vuelto a filmar. Solamente sus títulos de crédito, diseñados por el proverbial Saul Bass, y en los que suena el tema de guerra de Alex North mezclado por momentos con el tema del héroe, son ya un resumen de todo lo que va a ser la película, un anticipo de su mensaje (la lucha contra la opresión totalizadora) y una obra de arte en sí mismos. Es solamente el comienzo de una producción mítica entre las míticas, destinada a contar, sin la menor concesión, pero también sin privarse de la mayor de las vehemencias, la miseria y la lucha del ser humano:

Esa es la diferencia fundamental respecto a una película tan zafia como ‘Gladiator’: que sus creadores, independientemente del director (es decir, Douglas, Olivier, Ustinov, y sobre todo Dalton Trumbo) eran gente libérrima que conocían la dureza y la dignidad de la vida vivida libremente. Es decir, la vida entregada a una idea, a una causa, a una forma de pensar incontrovertible. El caso de Trumbo fue especialmente doloroso, pues se convirtió en uno de los diez de la lista más negra del loco McCarthy (el precursor de todo censor, ignorante, paleto moderno allá donde decidieran qué es lo que otro filmaba, o escribía, o pensaba, o hacía) y tuvo que firmar con seudónimo muchas obras. Hasta el punto que el guión de ‘Espartaco’ quiso firmarlo el propio Kubrick (el pobre gilipollas) en el caso en que fuese necesario. Sobran las palabras. Eran otra gente y otro mundo, desde luego. El mundo anterior a 1968, en el que soñar con que la gente luchara contra la injusticia era un sueño legítimo. Porque en la lucha contra la opresión, no importa vencer. La victoria no se contempla. No es un objetivo. Basta con luchar.

Porque, digámoslo ya de una vez, ‘Espartaco’ (‘Spartacus’, Stanley Kubrick, 1960) representa, quizá, la más terrible lucha contra la tiranía, contra el poder. Y, al mismo tiempo, cuenta la historia de amor más lírica, más inolvidable, que imaginar quepa, entre dos seres trágicos y golpeados por el mundo como son Espartaco y Varinia. Es un amor tan dionisíaco (y a ello ayuda sin duda la enorme complicidad entre Douglas y Jean Simmons), tan irrompible, tan arrasador, que solamente puede existir en una pantalla. Pero sería injusto reducirla solamente a una lucha contra la tiranía o la historia de amor entre dos preciosos y terribles personajes. ‘Espartaco’ es muchas más cosas. De lejos, es la mejor película, la más importante, filmada por Stanley Kubrick, y que llegase al rodaje una semana después de haber comenzado (por despido de Anthony Mann por parte de Douglas, atribuido a causas distintas según quién cuente la historia, aunque probablemente porque Douglas pensaba, ingenuo él, que podría manejar a un director joven recién llegado a la industria…), y que apenas pudiese decidir nada del diseño y del reparto, fue más una suerte que cualquier otra cosa. Kubrick, además, filmaba muy bien y sabía mucho de fotografía y de atmósfera, así que hizo su trabajo, realizar la película, de manera impecable. Llenando cada secuencia de detalles inquietantes, humanos, oscuros o líricos.

Hay algunos momentos que le dejan a uno sin respiración, de la explosión catártica que suponen. Me refiero a momentos como ese en el que el canalla que antes fue esclavo y ahora es el jefe de la escuela de gladiadores, ante la pregunta de Espartaco “¿A Roma?” (refiriéndose a que a Varinia, la mujer a la que ha amado en la distancia durante meses, nunca volverá a verla), le propina un latigazo al protagonista en la cara. La mirada de Espartaco es la del espectador. Cuando Espartaco agarra al tirano y lo estrangula, eres tú quien lo hace. Qué liberación. Gritas por dentro: ¡mátale!. Es muy difícil de describir la sensación de energía liberada, de rabia, de furia, de ansia de respirar. Pero hay otras sensaciones, otros estados anímicos (y esa, creo, es la función del arte, inducirte un estado anímico muy específico), como la sensación del poder que todo lo corrompe, todo lo compra y todo lo aplasta: hasta la mínima esperanza. Pocas veces, en el cine, se ha sentido, como ante el avance del ejército romano, la capacidad destructiva, aniquiladora, del hombre, dispuesto a tiranizar a otros hombres, y si no puede tiranizarlos, dispuesto a machacarles, a aplastarles sin piedad. Y más aún, pues personalmente pocas veces he sentido la proximidad y la certeza de la muerte con tanta nitidez como en esta película, con Antonino mirando hacia la oscura avenida romana y esperando la muerte: realmente se siente a la muerte llegar.

No hay cristianos, ni concesiones, ni tonterías de artista de salón, ni exageraciones. Sólo hay cine en esta película. Del grande. Es decir, dolor, amor, luz. ‘Espartaco’ contiene todo lo que nos destruye pero también todo lo que nos da esperanza. No se puede pedir más, sencillamente.