‘El nuevo mundo’ y la belleza

Para la mayoría, hablar o escribir sobre películas (o novelas, o canciones) es hablar o escribir sobre objetos independientes de sí mismos. Para mí nunca lo ha sido. Cuando hablo de una película, de una novela, o de una canción, que me gusta mucho, hablo de cosas que amo realmente. Y hablo de mí. Porque no escribo, realmente, sobre esas creaciones como si fueran algo ajeno a mí. Escribo sobre mí. Por eso, cuando por ejemplo en estos momentos, escribo que ‘El nuevo mundo’ (‘The New World’, Terrence Malick, 2005) es la película más bella que ví jamás, lo digo verdaderamente, y me confieso y abro mi corazón escribiendo.

Es tan bella…que duele.

Duele de verdad.

Pero en absoluto se trata de una película ñoña o sentimental, aunque muchos, viéndola (o fingiendo que la han visto, o viéndola sin verla) digan que ‘El nuevo mundo’ es acaramelada historia de amor. Lo siento mucho por ellos, porque son ellos los que se joden no sabiendo mirar, o no disfrutando con el dolor inmenso que provoca esta película. Porque se trata de la historia de amor más desgarrada que conozco. Eso sí, cuando John Smith y la indígena se conocen y, sobre todo (y ahí reside lo más importante), cuando recuerdan los momentos más hermosos de sus encuentros, se nos muestran, se nos regalan, instantes irrepetibles de dulzura, de cariño, de pasión luego trastocada en odio, en desprecio, en rencor. Cuanto más hermosos son algunos momentos, más terribles son luego, cuando las equivocaciones conllevan la indiferencia, la locura o la crueldad del otro.

El largo bloque de recuerdos de John Smith, el collage de imágenes de la bella y adolescente indígena que le amó, es uno de los momentos más sublimes que yo he experimentado delante de una pantalla, escuchando un tema musical o leyendo una novela. Todo eso es ese bloque de imágenes: cine, literatura y música. Pero no son sublimes porque se trate de una historia de amor sino, sobre todo, porque hablan de cuestiones que trascienden, con mucho, una historia de (des)amor. Hablan sobre el dolor de recordar, sobre la crueldad de idealizar algo o a alguien. La crueldad con uno mismo, claro. John Smith (interpretado con absoluto genio por Colin Farrell, qué gran actor…) abre una brecha visual en la película y ordena al cineasta Malick situar las imágenes de sus recuerdos en un momento en que no vienen a cuento, pero que eleva la película a unas alturas líricas inimaginables. Irrepetibles.

Eso, y la fotografía de Emmanuel Lubezki.

Y la música de James Horner, en una BSO poco recordada, poco comentada, y que se encuentra entre lo mejor de su irregular carrera.

Para Malick, la unión del colono y el indígena es la unión entre dos mundos, y nunca se sabe si el nuevo mundo al que alude el título es la América que encuentra John Smith al principio, la Europa que encuentra ella al final, o si es el ser amado que por fin se encuentra y se reconoce a sí mismo.

Lo dionisíaco, lo místico, se da la mano, y se funde con una visión siniestra y al mismo tiempo luminosa de la naturaleza.

Sencillamente excepcional.