Despertemos de una puta vez

“El mejor truco del Diablo fue convencer al mundo de que no existía”

Esta fenomenal sentencia es una de mis citas preferidas, extraída de la irregular película ‘Sospechosos habituales’ (‘The Usual Suspects’, Bryan Synger, 1995), y viene a decir más o menos que este mundo civilizado, esta existencia supuestamente libre, esta sospechosa bondad y fraternidad en la que vivimos, no es más que una dulce apariencia, y que debajo de todo eso existe el mal, el Verdadero Mal. Que nosotros, pobres ignorantes, corderitos que nos creemos libres y capaces de cambiar nuestro destino y de decidir qué es lo que vamos a hacer con nuestra vida, no somos más que peleles que malvivimos en una existencia de mierda en la que otros, en las altas esferas, hacen con el mundo, con la naturaleza y con el hombre lo que les sale de los huevos sin que nadie pueda ofrecer oposición alguna.

Cada vez que veo en una pantalla, o leo en algún libro, alguna historia sobre el esclavismo y su abolición, me desmoralizo completamente porque no puedo creer que el ser humano “civilizado”, el “occidental” (cuánto eufemismo chorra, cuánta expresión equivocada, cuánta ignorancia…), verdaderamente se trague eso de que el esclavismo desapareció del mundo, o de que los derechos humanos son una realidad, y se quede tan ancho, rascándose la barriga en su sofá. No puedo creerlo cuando en China, el Laogai o cárcel política de ese país alberga a más de cincuenta millones (según algunas fuentes puede que más) de presos políticos…más que toda la población española junta. No puedo creerlo cuando el Nobel de la Paz Barack Obama, un chiste de presidente y líder, aún mantiene abierto un centro de tortura en Cuba, en el que cada día muchos seres humanos sufren lo inimaginable a manos de otros seres humanos. No puedo creerlo cuando el ser humano extermina cada día a razas animales, cuando no las cría en cautividad por centenares de miles para luego ser devoradas por los seres humanos que pagarán cada día más ingentes cantidades de dinero por ser alimentados.

No puedo creerlo cuando por mucho que nos creamos que vivimos en una sociedad libre y justa, en realidad no somos más que una masa obrera que se dedica a mantener a flote la economía para que los poderosos vivan como reyes y la plebe se conformen con las migajas. Con el espejismo de los sueldos (por muy altos que puedan ser) se tiene la sensación de poseer una porción de riqueza, o una opción de adquirir una parte del mundo capitalista, pero en el fondo ese dinero nunca es nuestro, sino que enseguida lo entregamos a cambio de un techo en el cobijarnos, de una comida con la que alimentarnos y de una serie de cosas que necesitamos para sobrevivir. Es la pura supervivencia disfrazada de moderna vida urbana, pero a la que le han arrebatado la imprescindible y necesaria relación con la muerte, privándonos de la intuición y los conocimientos necesarios para hacerle frente de manera directa, que es lo único que a un ser le vuelve realmente fuerte y le hace crecer.

Y lo peor no es eso. Se nos ha inoculado la absurda idea de que este mundo es el mejor de los posibles, y que esa porción de mundo que es un jodido desastre, las hambrunas de África, las guerras de los países tiranizados, son un mal menor y hasta lógico. La realidad es muy otra: la porción de mundo civilizado y en paz es infinitamente más pequeña que la del mundo bárbaro, sanguinario y tiranizado, y esto que vivimos en un país como España, en el que, como demostraba Palazón hace pocos dias en un artículo insuperable, no hay una verdadera democracia ni (a este paso) la habrá jamás, esto que tenemos aquí, como decía, no es más que un espejismo, una alteridad, y lo normal es la masacre, la guerra, la destrucción de la inocencia, el aniquilamiento a los derechos de la mujer, el hambre, la tortura, el fuego, la barbarie. El que no se de cuenta de todo esto, y de que el Mal existe en verdad, es un memo o algo peor.

De tal modo que la cita con la que abro estas líneas se me antoja increíblemente lúcida y certera. Pero hay otras que van perfectas con todo esto que quiero decir hoy, como esas en las que el protagonista de una película bastante endeble, aunque con un guión majestuoso, titulada ‘Lobo’ (‘Wolf’, Mike Nichols, 1994), decía algo así como que “Estamos agotados, en lugar de arte tenemos cultura pop, comida basura, mujeres que le cortan el pene a sus maridos por televisión”. Por supuesto a este hombre están a punto de despedirle por ser un individualista y por tener buen gusto. Es decir, por ser un tipo con cultura y un par de huevos, y quiere desahogar toda su frustración. Pero lo que dice es una verdad como un templo: estamos agotados. El espíritu humano se murió, lo mataron a machetazos, sobre todo desde finales de los años sesenta, y ahora sólo quedan los restos agonizantes, incapaces de cambiar nada.

¿Alguien cree que con unas cuantas protestas, unas cuantas pancartas, unas cuántas manifestaciones o proclamas se puede conseguir algo? Imposible, cuando nadie está dispuesto a sacrificar nada de lo que tiene en aras del bien común. ¿Alguien tiene alguna duda de que los fantoches que nos (des)gobiernan, muchos de los cuales ni siquiera han sido elegidos, están locos de atar, la mayoría encausados por corrupción, perversiones o robar grandes cantidades de dinero? ¿De verdad se puede conseguir algo sin entrar en tromba en sus lujosos despachos y tirarles por la ventana y librarnos de todos ellos de una santa vez? ¿Cuándo vamos a darnos cuenta de que no seremos verdaderamente libres hasta que todos y cada uno de los seres humanos y animales vivan en completa libertad? ¿Alguien es tan imbécil como para creer que el mundo ha mejorado desde la época de los faraones y los reyes en los que una élite de individuos vivía a cuerpo de rey mientras el resto, embobados, sobrevivían? En realidad, estamos mucho peor que nunca. Esto es así. Nunca el hombre tuvo más información y estuvo más desinformado. Nunca existieron tantas herramientas para hacer las cosas como es debido y nunca existió menos sensatez y cultura.

De modo que despertemos de una puta vez. No somos mejores que la panda de rufianes que nos gobierna o que los poderosos que les manejan con hilos invisibles. Somos escoria mojigata sin huevos para hacer lo que hay que hacer: empezar de nuevo, mandar al cuerno esta sociedad enfermiza y demente que sólo se perpetúa porque miles de millones pasan hambre en territorios expoliados y tiranizados (cuyos tiranos ha colocado “el mundo occidental”) para que unos pocos crean que viven en un mundo justo y libre, y para que todavía más pocos vivan como dioses. La guerra es total y a muerte, y la última batalla está a punto de librarse. Y tenemos todas las de perder.

El hombre es el mal, pero quizá todavía está a tiempo de morir de pie.