‘The Artist’, una soberana tontería de película

Yo debo de ser de una raza extinguida, o de una rama de la humanidad que se escindió de la otra y decidió conservar la inteligencia y el buen gusto. Y cuando decido ir a ver ‘The Artist’ (Michel Hazanavizius, 2011) lo hago porque luego me acusan de prejuicioso, de ir de listillo por la vida y de perderme cosas porque, además de buen gusto e inteligencia, tengo olfato para esto del cine (ojalá lo tuviera para todo, otro gallo me cantaría), y sé lo que me espera. Pero digo: “oye, déjate de tonterías y vete a ver una de las películas de las que más se habla este año, al menos podrás opinar sobre ella”. Y voy. Y a los quince minutos de visionado sé que me la acaban de meter (en realidad, os la acaban de meter a todos los que ibais, fuisteis, iréis al cine a verla, por incautos) bien doblada. Piqué el anzuelo pero, eso sí, no pienso tragar y ser un pescado más.

Que esto sea una de las películas más celebradas y aclamadas del año, muy aplaudida en Cannes y con un premio en ese festival, con varias nominaciones a los Globos de Oro (uno de los premios cinematográficos más absurdos que existen…), y con serias aspiraciones para arrasar en los Oscar de dentro de dos meses, dentro de esta realidad cada vez más insoportable que vivimos, es para mudarse a una isla desierta y pasarse el resto de la existencia hablando con los cocos.

Vamos a ver. Resulta que a un lumbreras, el tal Hazanavicius (quien, no es por nada, tiene nombre de jugador de baloncesto) se le ocurre la fenomenal idea de filmar una película no solamente en blanco y negro, sino además muda. Por mí, estupendo, no tengo nada en contra. Cada cual que haga la película que le venga en gana. También decide hacer con ella un ejercicio de nostalgia, “imitando” las películas mudas, sobre todo las norteamericanas de los años veinte. No tan estupendo. A todos los que la consideran una pieza artística vale la pena, una vez más, hacerles la siguiente observación: en arte, todo está permitido, absolutamente todo, excepto una cosa, repetir lo que ya se ha hecho. Es decir, llevar a cabo pastiches en los que uno se limita a copiar formas ya establecidas en cine. Pero, claro, el cine se nutre de repetir las mismas formas convencionales una y otra vez y por eso es un arte tan limitado. Aunque bueno, en España, patria de los puristas y los defensores de lo académico, y en otras muchas partes del mundo, se están corriendo con ella, como no podría ser de otra manera.

El grandísimo problema de esta película, sin embargo, es que las películas mudas no eran así. Es decir, que si de lo que se trataba era de hacer una película de ahora con las formas de hace ochenta o noventa años, con el riesgo que eso conlleva porque las formas de entonces eran para esa época y no para esta, hay que hacerlo con todas las de la ley. Hay que hacerlo bien: con una buena historia, unos buenos personajes, con la convicción necesaria para que la gente se la crea, con fascinación, con magnetismo, con personalidad, con fuerza. ‘The Artist’ no tiene absolutamente nada de eso. Nada. Cero.

Vamos a ver cómo lo digo sin resultar ofensivo. Veamos: el guión de esta película lo escribe un mono con una botella de ginebra en un fin de semana. Algunos que lean estas líneas, quizá muchos, dirán: vamos, Massanet, esto es un homenaje a la magia del cine, esto es amor por el “séptimo arte”, es la demostración de que el cine mudo era maravilloso…y un montón de cosas por el estilo sin el  menor sentido. Porque el cine mudo no necesita ser reivindicado de ninguna manera y menos por un director que no tiene ni idea de lo que es el cine. Porque eso de la magia del cine es una chorrada monumental donde las haya, ¿alguien dice tonterías como “la magia de la música” o “la magia de la literatura”?, ¿a que no?…pues eso. Porque para películas que derrochen amor por el cine ahí están joyas imperecederas como ‘Boogie Nights’ (Paul Thomas Anderson, 1997) que en unos pocos planos, en los que vemos follando a la pareja protagonista y se nos muestra el funcionamiento de una cámara de cine, o ‘Ed Wood’ (Tim Burton, 1994), también en blanco y negro y contando la vida de un director que nada tenía de glamour ni gilipolleces de esas, tienen mucho más amor por el cine y, lo que es más importante, lo conocen mucho más y tratan al espectador como a un ser inteligente y no como a un pobre pazguato que quiere perder el tiempo y el dinero un fin de semana para sentir que sabe de cine y que ama el cine cuando en realidad ni una cosa ni la otra.

A Jonny Greenwood, por su gran creación musical para la excepcional ‘There Will Be Blood’ (Paul thomas Anderson, 2007) no le nominaron al Oscar por no sé qué zarandajas técnicas, y sin embargo la música de Ludovic Bource, un pastiche de los temas de la época que además emplea la música (???) de Bernard Hermann para ‘Vértigo’ (Alfred Hitchcock, 1958), una película de tres décadas más tarde que la historia que se cuenta, cuya música no entiendo que esté en esta tomadura de pelo, le nominan al Globo de Oro y probablemente al Oscar. El que lo entienda que me lo explique. Porque además de esa nominación, está nominada a mejor guión, y a mejor director, por una puesta en escena absolutamente plana, sin la menor chispa, que se limita a poner a los actores delante de la cámara, perdiendo la oportunidad de reflexionar sobre la importancia del sonido, sin un punto de vista moral sobre aquella época ni sobre la creación del sonido ni sobre absolutamente nada. Una película para pequeño-burgueses nostálgicos a los que en verdad no les interesa el cine absolutamente nada, pero que van a ver esta y aplauden, lo  juro, al final de la proyección, una proyección interminable porque por encima de todo esta película es aburridísima.

Y no, no es que yo no haya sabido captar “su magia”.

No, no es que el cine mudo no me interese.

No.

Es que es aburrida de cojones. Un verdadero coñazo que aburre a las piedras.

Y sí, el actor principal está estupendo. Pero es un doble de Gene Kelly que hasta le copia los gestos. Y sí, baila muy bien, como ella, pero para ver bailar a la gente ya tengo otras cosas. Y sí, han contratado a Eddie, el perro de Frasier, o se le parece mucho, para hacer monerías y la gente diga “OOoooooh”. Tal cual, confirmando la teoría de Homer Simpson de que si la película es una puta mierda, como ésta, por lo menos tienes a un perro que pone caritas y la gente se distrae. Y todos estos que aman tanto el cine que ven una película muda y se ponen a aplaudir porque, aunque no lo sepan, están manipulados por un jefazo de Hollywood que ha orquestado una fenomenal campaña de promoción, son los mismos que luego van a ver ‘Melancholia’ (Lars Von Trier, 2011) o ‘El árbol de la vida’ (‘The Tree of Life’, 2011) y salen escupiendo bilis por su propia ignorancia. Espectadores que, además, no se dan cuenta de que ese plano está copiado de Welles, ese de más allá de Stroheim, aquél de Wilder y aquél de más allá de Lubitsch.

Y nadie se cree la historia de amor.

Y todo es tan predecible y tan absurdo, que te ríes por no llorar.

¿Por qué la casa arde mucho al principio y luego, cuando entra el policía a buscar al actor, nada arde y sólo hay humo? Ni puta idea. ¿Por qué arde todo menos la cajita que recupera luego con el revólver en su interior para pegarse un tiro? Ni puta idea. ¿Por qué se disfraza de cine o de arte un artefacto que no es más que una campaña de marketing? Eso sí lo sé: porque algunos ingenuos aún pensamos que hay gente por ahí que puede hacer una película muda sin copiar y contando una historia medianamente decente. Pero no es el caso. Y este globo hinchado va a arrasar en los Oscar, el premio cinematográfico más estúpido que existe, y los pocos que hemos picado pero no hemos tragado el anzuelo hasta la gola, nos quedaremos con los ojos como platos y nos dedicaremos a otra cosa. O esperaremos a que Urbizu haga otra película, o a que aparezca un Santos Trinidad con una escopeta bien cargada y se líe a tiros de una vez. Al menos, un poco de diversión.

*La escenografía y el vestuario, estupendísimos. Doce millones de dólares ha costado esta chorrada. Una película excepcional como ‘Melancholia’ ha costado siete. Por cierto, ¿por qué todo hijo de vecino se rasga las vestiduras al ser ‘Avatar’ una versión del mito de Pocahontas, y nadie dice que ‘The Artist’ es la enésima versión de ‘Ha nacido una estrella’? El personal se indigna con algunas cosas y con otras no. Curioso, sin duda. Pero que cada cual saque sus propias conclusiones. Si puede.