Jordi Bernet, un verdadero artista

Quería yo hablar de cómics, o, mejor dicho, de historietas, que es como se llamaron en España antes de que la americanización de la cultura española fuera un hecho incontestable. Y quería hablar de grandes artistas a los que yo, año tras año, regreso como el que regresa al hogar, como el que se reencuentra con un viejo amigo y, en esta vida a menudo gris y aburridísima que me ha tocado vivir, vuelve a sentir un placer infinito al paladear una obra creativa. Quería yo hablar de muchas cosas (ahí tengo mis milagros interpretativos, el ensayo de ‘A dos metros bajo tierra’, los relatos de Poe, la literatura como forma de vida, el repaso que voy a darle a esa pantomima vergonzosa que son los Oscar, las ganas que tengo de hablar de la infausta ECAM…) y por eso esta página es un poco caótica, pero así soy yo un poco, así que no hay problema. Y quería escribir (escribiré, aunque no sé cuándo, eso sí…) sobre Buscema y su Conan, Corben y su trabajo Underground, Hagiwara y su bastardo, Aragonés y su Groo, y algunas otras cosas maravillosas. Pero he decidido que, antes que hablar de ningún otro, voy a hablar de un tipo que, para mí, es un verdadero artista, y además es español. Artista y español, dos conceptos bastante poco comunes que se den en una persona, y más aún en los tiempos que corren. Pero en esta monarquía cocotera (como diría el gran García Viñó), deformación grotesca de la cultura europea desde hace más de un siglo, todavía hay sitio para algún que otro genio que convierte todo lo que toca en un goce para los sentidos.

Jordi Bernet (Barcelona, 1944) le enseña al sosainas de Milo Manara (un buen dibujante que, sin embargo, posee un concepto del erotismo absolutamente trasnochado y sin fuerza) a dibujar cómic erótico con solo mostrarle dos o tres viñetas de ‘Clara de noche’ o ‘Cicca’. Porque para Bernet, como para los grandes del dibujo, el erotismo es algo más que una tía buena, es una postura moral ante la sensualidad y el juego sexual, como si no pudiéramos (y no podemos) vivir sin ambos. No es inmoral, es completamente amoral, y valdría la pena llevar a cabo un ensayo (yo no lo voy a hacer, porque tengo muchas cosas pendientes, pero animo a cualquiera a observarlo), estudiando a fondo todo el trabajo de Bernet, para acceder a la forma absolutamente voluptuosa, libérrima, lúdica, como si la mujer fuera el más bello animal y follar lo último que deberíamos hacer sobre la Tierra. Muy pocos han dibujado a la mujer de una forma tan voluptuosa y tan sensual y, sobre todo, tan dionisíaca. Hasta la Druuna de Serpieri me parece banal y carente de fuerza al lado de las mujeres de Bernet.

Jordi Bernet es hijo del legendario Miguel Bernet (quien firmaba sus trabajos como Jorge Bernet), creador de la mítica ‘Doña Urraca’. A la muerte de su padre, Jordi continuó el trabajo de ‘Doña Urraca’ y realizó infinidad de labores de fondos, colaboraciones, entintados, trabajando al lado de algunos de los mejores historietistas de la época, tanto europeos como estadounidenses, depurando su estilo hasta convertirse en uno de los mejores dibujantes del mundo: por originalidad, por elegancia, por técnica acabadísima, A su etapa de desarrollo de los años setenta le siguió la plena madurez en los ochenta, hasta el punto de que no creo que exista otro dibujante de cómics en el mundo capaz de crear una sensación de profundidad de campo similar a la de este genio, capaz de componer varios personajes en diferentes términos y, detrás, un fondo deslumbrante, arquitectónico o de naturaleza, con efectos muy sencillos y todo en una misma viñeta. A ello hay que sumarle su amor por los géneros americanos icónicos, como el western o el cine negro, su obsesión por las femmes fatales, y su maestría absoluta en el empleo de un blanco y negro que casi parece color. Tanto es así que sus trabajos a color (exceptuando el impresionante color de su último trabajo en Estados Unidos, el imprescindible ‘Jonah Hex’) parecen desvirtuar gran parte del poder hipnótico que poseen sus claroscuros.

Pese a todo, da la sensación de que Bernet utiliza los géneros y su gran capacidad de dotar a la viñeta de un sentido cinematográfico, para jugar con ellos y desvirtuarlos, tal como hace en su obra maestra, ‘Torpedo’, cuyos cinco volúmenes son una muestra definitiva del genio de este hombre. Aparentando narrar en las reglas del más puro cine negro y del cómic americano más clásico, Bernet  y su guionista Sánchez Abulí crean algo que va más allá, como si la mirada de ambos inoculara una perversa ironía sobre todo aquello que cuentan y cómo lo cuentan. En las historietas del asesino a sueldo Luca Torelli y su fiel y sanchopancesco Rascal, Bernet se introduce en la geografía visual del Estados Unidos de las primeras décadas del siglo XX para proponer, con la desvergüenza del extranjero, que toda esa mítica estaba construida sobre la sordidez y la barbarie. Pero lo hace de un modo sutil, como si en la recámara de cada viñeta cuestionara intelectualmente todo aquello que crea apasionadamente y desde la nostalgia cinéfila. Eso sí, Torpedo es un asesino y un tipo abyecto hasta lo inimaginable, y no duda en matar todo lo que se ponga por delante, forzar a mujeres, incluso darles una buena tunda, traicionar a su compañero para salvar el pellejo, quemar vivo a un enemigo que le cortó la cara, liquidar a todos sus compañeros en un robo a un banco… La sordidez moral de torpedo, retratada insuperablemente por el blanco y negro de Bernet, es salvaje y absoluta, y muy de agradecer. Hasta los pacatos de El País, que encargaron a Bernet una historieta del personaje, se escandalizaron cuando él y Sánchez Abulí escribieron la historia de la niña prostituta, y finalmente, de manera vergonzosa, decidieron no publicar en sus páginas uno de los trabajos más redondos del  personaje.

Pero Bernet no se quedó en esta creación impresionante de los ochenta. Su otro gran personaje, Clara de noche, que lleva publicando desde hace décadas en El Jueves, es ya una leyenda de la historieta española, y aunque ya se nota cierto cansancio del personaje, sobre todo en los guiones cada vez más previsibles de Trillo y Maicas, y aunque Bernet da la impresión de que dibuja sus dos páginas semanales en una hora y medio dormido, sigue siendo un referente inexcusable de una revista que, desde luego, conoció mejores tiempos. Clara de noche, como la posterior Cicca, demuestra hasta qué punto para Bernet la mujer es una pura alegría dibujarla, y se empeña en mostrarlas con una vitalidad y una falta de complejos sexuales (no en vano, una es una puta contenta de serlo y la otra se folla a medio México en el segundo volumen de la serie) que se echan en falta en otros supuestos cómics eróticos franceses o americanos, que al final son tan conservadores, o más, que un cómic no erótico y dedicado a contar las vidas de los santos.

Personalmente regreso una y otra vez a las páginas de Torpedo, de Clara, de Cicca, de ‘Light & Bold’, y disfruto más si cabe de su sordidez sexual, de su sensualidad y humor extremos, de su lúdica desvergüenza. Bernet es ya una leyenda mundial del cómic y lo sabe. A sus casi setenta años, esperemos que siga muchos más dándole al lápiz y a la tinta.