‘Drive’

‘Drive’ puede ser, fácilmente, la mejor película de acción del cine norteamericano en mucho, mucho tiempo, y el cine negro más hipnótico, sugerente y sórdido de los últimos años, situada en la misma esfera que, por ejemplo, la magistral ‘Un profeta’ (‘Un Prophète’, 2009). Y es ambas cosas porque sus creadores son lo suficientemente inteligentes como para darse cuenta de un aspecto fundamental del cine, en realidad de todo arte que se precie de serlo, pero que, por muy crucial que sea, se diría que muchos no parecen (o no quieren o no saben…) darse cuenta: la historia, la peripecia, “lo que te cuenta”, no es más que una excusa para crear la forma en que “debe ser contado”. Y encontrar esa forma, y ser fiel a esa forma, a la manera en que ves las cosas, esa es la mayor de las tareas, la más dolorosa y agotadora, que debe llevar a cabo un artista. Para Winding Refn y su equipo, la acción es mucho más que una espectacular persecución automovilística, o que una pelea o un tiroteo. Y el cine negro es mucho más que todos los clichés y los lugares comunes heredados de filmes legendarios de hace setenta años. En realidad, ‘Drive’ no es una película de acción ni es cine negro. Es, simplemente, cine. Es decir, un mosaico de tiempo, un poema visual y sonoro.

Muchos sinsentidos he leído y he oído acerca de que con los personajes de esta película no se puede empatizar, o que sus rasgos están poco definidos como para emocionarnos verdaderamente. La verdad es que, en lo referente a otras películas y a esta, jamás he entendido argumentaciones como esas. En realidad, nada resulta tan interesante como un enigma, y no necesitamos una respuesta o una explicación al enigma para seguir sintiéndonos atraídos hacia el abismo sensorial e intelectual que propone. El conductor del que nunca sabremos su nombre es un enigma en sí mismo, como lo es Santos Trinidad, y el hecho de que nunca llegue a contar nada sobre su pasado o sobre lo que piensa, es un millón de veces más interesante que si lo hiciera. Nos exige no pestañear ni apartar un milímetro nuestra atención de sus imágenes y sonidos, y así cada uno dibujaremos en nuestro interior el pasado de este hombre impertérrito a nuestra manera, y unos lo pintarán con unos colores, y otros lo pintarán de colores diferentes. Pero todos lo haremos desde nuestra particular visión de la sordidez y la tragedia y la soledad infinita. Es decir, desde las únicas cosas que son reales, y nunca desde el amor, la fraternidad, la heroicidad ni la mítica. Porque los ojos insondables de Ryan Gosling convocan una tristeza incurable y el mundo que el director levanta delante de nuestros ojos es uno en que la dulzura y la felicidad parecen casi proscritas, salvo por breves momentos. Es decir, es un mundo muy parecido al nuestro.

Pero Winding Refn construye una película muy abstracta, muy poco realista, casi un sueño cinemático. Director de una trayectoria más que interesante que ahora alcanza una pronta plenitud, dirige un guión ajeno absolutamente redondo basado en la novela de James Sallis, y lo hace con una energía, un sentido de lo cinematográfico y una lucidez que asustan por la prontitud con la que todo se hace creíble, por la gelidez y contención que despliega en todo momento, y por la sombría luminosidad (¿es posible esa expresión? con esta película quizá lo sea…) que percibimos por los poros de cada fotograma. Winding Refn sabe que lo bello se esconde en lo terrible, y lo terrible en lo bello, y en esa dicotomía se mueve con un ritmo pausado, traicionado por trallazos de explosiva, infernal, violencia. Pero la carnicería que nos salpica de sangre y vísceras es inseparable de su lirismo, médula ósea de su salvaje belleza.

‘Drive’ es una película extraña y hermosa, de seres apolíneos y hermosos que se enfrentan a ogros terribles y abyectos. Un cuento de hadas en el que un dionisíaco solitario se enamora de una angelical mujer, una narración en la que la ciudad es una pintura de luces parpadeantes y la naturaleza un bálsamo accesible pero lejano. Y todo es hermoso. Por muy sórdidos que sean algunos ambientes, todo parece una promesa de otro mundo posible, y está rodado como si nunca un prostíbulo o una carretera nocturna hubieran sido filmados antes. Como si una caza al volante (por cierto, antológicas las secuencias de coches, todas) fuera una secuencia musical. Porque ‘Drive’ es, sobre todo, música. Y todos sus personajes, hasta los más episódicos (como el de la siempre voluptuosa Christina Hendricks), son una melodía más de una sinfonía en la que desearías (porque sabes que hay mucho más detrás de las imágenes) que esas melodías, esos personajes, tuvieran más minutos. Y no es una sinfonía porque su banda sonora sea impecable e inspiradísima, es que toda ella es música.

Esta película es como una canción terrible, como un tema sensual y oscuro escrito por Depeche Mode o Portishead, en el que cada elemento es parte de una estructura, de una mirada, de un sentimiento. Trata al espectador como a un individuo inteligente y sensible que no necesita que le expliquen y le analicen todo. Lo que necesita, necesitamos, y mucho, es VER. OÍR. Vemos con los ojos muy abiertos y los oídos exhaustos de tensión, mecidos al son de una canción que es ‘Drive’ y que nos demuestra, una vez más, que las posibilidades del cine son infinitas y que apenas han sido exploradas. Basta un cruce de miradas y sonrisas, sostenida durante dos minutos, para erizarnos la piel y provocar una revolución en nuestra imaginación, harta de que se lo mastiquen todo y que anhela más películas como esta, en la que lo verdadero, lo bello, está más allá del plano, del sonido. Es como un espejo, en el que deseamos vernos reflejados.

Su trama de chico conoce a chica, de mafiosos, de venganzas, traiciones y huídas es lo de menos y ha sido mil veces contada (pues todo ha sido contado hace mucho…quizá los griegos ya lo contaron todo), y su puesta en escena (que en ningún modo es ochentera, ni nostálgica, sino ferozmente actual) significa devolver al cine el lugar que merece: el de la observación, el de ser invitados a un drama al que no podríamos acceder de común en nuestra vida diaria y que aquí, ahora, nos convierte en testigos y partícipes. Nada sobra y nada falta, y la acción es, sobre todo, interior. Y no es visible, sino insinuada. Por supuesto hay muchísima acción exterior, y filmada de manera insuperable. Pero la que no vemos y sólo sentimos en la piel y el corazón es incluso más potente.

Gosling está fenomenal (no mueve una ceja, y cuando la mueve…sabemos que algo le sucede a su personaje, aunque nunca sepamos concretamente qué es) y la película es todo lo melancólica, triste y desoladora que debe ser el cine en estos casos. No hay compasión con el espectador, ni con el cine predigerido. No hay lugares comunes ni clichés. No hay falsedades ni exageraciones ni decisiones absurdas. Hay, simplemente, puro cine. Winding Refn ha firmado una de las películas del buen año de cine que ha sido 2011.