Sobre ‘Legítima defensa’ y lo que queda del espíritu humano

“Sólo existe una furia mayor que la del infierno, y es la de una mujer despechada” (Leo F. Drummond)

Revisando el siempre interesante y estimulante blog de Jose Lopez Palazón, Arcángeles, me encuentro con su último post, titulado ‘El Doctor Angélico vence al Ángel Maléfico, visto, como es lógico, desde una perspectiva católica’, cuya lectura, como suele ser habitual conmigo cuando accedo al pensamiento de este autor, me hace reflexionar mucho, encontrar puntos en los que me siento completamente de acuerdo con su postura, hasta identificado, y otros puntos con los que no estoy tan de acuerdo, de hecho estoy totalmente en desacuerdo. Es un texto magníficamente escrito con el que Palazón reincide, una vez más, en su visión del hombre como un grandísimo hijo de puta, una mierda pinchada en un palo, y a la deriva histórica de la humanidad como un ejemplo de codicia suprema. Pero en este hay un ligero cambio a lo que viene siendo habitual en Palazón, pues, Marxista convencido, comunista radical hasta la médula, antepone el análisis de Tomás de Aquino al de Marx porque mientras el genio de Marx vio que todo giraba en torno al dinero y a la posesión, es decir la Economía, Aquino llegó un poco más lejos y llegó a explicar por qué el hombre no llegará a sobreponerse sobre sus miserias morales, y así la esperanza de Marx de que los proletarios derribaran a los tiranos y construyeran una nueva sociedad se hace imposible.

Resulta bastante insólito que Palazón considere que Marx está equivocado, y nada más lejos de mi intención reprobar lo que escribe Palazón. Principalmente porque aunque sé que Marx fue uno de los grandes filósofos de su tiempo, no estoy de acuerdo en su forma de pensar, ni en su teoría de la Economía. Y secundariamente porque Palazón (al que sí me gustaría aconsejar que hiciera más cortos los títulos de sus posts para ganar lecturas…) es mucho más sabio y mucho más culto que yo. Pero resulta que leyendo este texto me acuerdo, y no por azar, del último visionado a una de las películas de la última etapa de Francis Ford Coppola, realizada en 1997 y que aquí se llamó ‘Legítima defensa’ (‘The Rainmaker’), y de todo lo que pensé y sentí viendo esta película, y de mis propia visión del hombre, de la humanidad, de la cruda realidad, del pésimo presente y del sombrío futuro. Y aunque a grandes rasgos considero a Palazón uno de los intelectuales más radicales que puedo leer, no creo que sea más radical que yo en cuanto a la percepción del hombre, ni que sea más pesimista que yo, ni más lúcido. Y, pese a todo, sigo creyendo que el hombre es capaz de conseguirlo, de ser libre. Es capaz de recuperar la conexión con lo poco que queda de su espíritu y de dar la vuelta a la situación, y voy a explicar por qué lo creo.

En la película de Coppola, adaptación de la novela de Grisham, un joven cruzado, recién terminada la carrera de derecho, interpretado por Matt Damon, se enfrenta a una poderosa compañía de seguros y a un despacho de abogados que son la viva imagen de la codicia y el abuso legal. Su principal adversario en la película es Leo F. Drummon, al que Jon Voight clava como a un sujeto repugnante capaz de hacer cualquier cosa para vencer el  pleito, aplastar al aprendiz que tiene por contrincante, y quitarle la razón y humillar a una familia de escasos recursos que acaba de perder a su hijo adolescente porque la compañía de seguros no quiso financiar su tratamiento médico. Si ‘El padrino, parte III’ es probablemente el relato más feroz y más crítico en contra del Vaticano, ‘Legítima defensa’ ataca sin piedad al sistema sanitario estadounidense y a la panda de arribistas sin escrúpulos que seguramente son todos esos letrados que ganan mil dólares a la hora y se mean en el sistema legal que dicen representar. Como la familia pobre y el joven cruzado tienen razón (en realidad todas la familias pobres y todos los jóvenes cruzados casi siempre tienen razón y, si no la tienen, lo parece) al final ganan el pleito, arruinan a la compañía de seguros y dejan en evidencia al carísimo despacho de abogados que creyó que podría con un idealista y su arrolladora energía.

Por supuesto que esto ocurre muy pocas veces, y casi siempre, los malos ganan y los buenos pierden. Pero eso no es lo que importa aquí, ni es la base de mi razonamiento. Bien sabe Coppola de finales tristes y desoladores, y la cantidad enorme de dinero que la aseguradora debe pagar no aparece nunca, y el despacho de abogados de Drummond seguirá viento en popa, y muchas otras familias pobres serán aplastadas por la codicia, la hipocresía, la mezquindad humanas. En el final de la película, esto se percibe tan nítido como todo lo demás. Pero también es verdad, y lo sabemos, que casos como este también se ganan de vez en cuando, y entonces los poderosos hincan la rodilla de una maldita vez y los pobres y los desheredados de la Tierra recuperan una dignidad que nunca perdieron y que es lo único que les sostiene. Y aquí es donde verdaderamente yo apoyo mi tesis: aunque los malos ya han ganado y los buenos han perdido, casi desde el principio de los tiempos, en realidad los malos nunca podrán ganar y los buenos nunca podrán perder. Porque no hay nada más poderoso que la actuación del que no tiene nada que perder. Porque solamente cuando el ser humano se siente verdaderamente acorralado, cuando ya se lo han quitado todo, solamente entonces (triste realidad, ya podría ser de otra manera) saca lo mejor de sí mismo. Y los poderosos tiemblan, porque aunque son mucho más listos, y arteros y manipuladores que la gente humilde, poseen un defecto que les vuelve frágiles, muy frágiles.

Y ese defecto es que infravaloran hasta tal punto a los pobres, a los humildes, que son incapaces de darse cuenta de que, como ya ha ocurrido otras veces en la historia y volverá a ocurrir, los pobres y humildes, que les superan en una relación de uno a cien, o a mil, o a un millón, irán un día a por ellos y les prenderán fuego a sus edificios y se calentarán con sus escombros, porque, como acabo de decir, el que no tiene nada que perder es imparable y ya no teme a la muerte porque la muerte para él es una liberación, y no una maldición.

Pero más allá de todo esto, repito aquí lo que ha dicho varias veces José Luis Sampedro: hay que luchar por el mero hecho de luchar, no por conseguir una victoria, sino por presentar pelea. Y es que estoy completamente en desacuerdo con eso que dijo Marx de que todo es Economía. Y estoy en desacuerdo con lo que dijo Darwin de que todo está relacionado con la biología y la supervivencia de la raza. Creo, sinceramente, que las cosas son mucho mas sencillas. Yo creo que hay dos cosas que definen al hombre: el dolor y la necesidad. No es el dinero el que mueve el mundo, ni la codicia, aunque muchas veces pueda parecerlo. Es el dolor y la compasión por ese dolor. Porque dolor sentimos todos, incluso los banqueros, y cuando por fin lo experimentan recuperan parte de su dignidad perdida y se acercan un poco a lo que les quede de espíritu. Es el dolor el que vertebra el mundo, y es la compasión hacia el dolor de los demás (pasión con, dolor con) el que muy poco a poco, con calma, nos hace mejores, nos hace crecer y darnos cuenta de nuestros errores y posibilidades. Y la necesidad es la otra cara de la misma moneda, pues toda la economía, y el capitalismo, y las ideologías, hasta el sexo, todo eso es irrelevante (hasta estúpido) cuando no tienes qué comer, ni agua para beber y limpiarte, ni un techo en el que cobijarte. Y como todos, absolutamente todos, hasta los peores de nosotros, experimentamos dolor y tenemos necesidad, en realidad todos caminamos juntos, aunque no lo sepamos, y algún día recuperaremos lo que coño somos y el mundo cambiará, estoy seguro.

Por muy mal que estén las cosas, que lo están. Por mucho que Palestina siga aplastada por los fascistas de Israel. Por mucho que Guantánamo siga abierta y Fidel y sus secuaces sigan vivos. Por muchos animales que sean aniquilados. Por muchas guerras que haya y que habrá, y pobreza y desesperación, nada de todo eso ha exterminado a jóvenes cruzados, y a familias pobres que se levantan y luchan y siguen adelante. Y esto es un pensamiento alentador.

Es tan sencillo todo como la frase que abre esta entrada, y que pronuncia el más cínico de los cínicos (aunque se trata de una enorme verdad), Leo Drummond: “sólo existe una furia mayor que la del infierno, y es la de una mujer despechada”. En realidad la llave para cambiar las cosas no la tienen los poderosos ni los gobernantes (quienes además está demostrado que están locos de atar y son peligrosos, todos), la tenemos nosotros: dejarnos de tonterías, de conflictos absurdos, y despertar de una maldita vez, como el que siente que le ha hecho un click el cerebro. En una palabra, madurar. Dejarnos de idioteces, dejar de tener miedo a todo y a todos (especialmente a la muerte, que es la mayor mentira de todas), dejarnos de peleas infantiles por sexo o por dinero y recuperar la dignidad que aún podamos tener. El que la tenga, claro…