‘El caballero oscuro’: entre la lucidez y la arrogancia

Quienes me conocen y me leen desde hace tiempo saben de sobra que Christopher Nolan no es santo de mi devoción. Considero que es un profesional preparadísimo en esto de hacer películas, un tipo muy inteligente y muy ambicioso que ha sabido encontrar un lugar de privilegio dentro del resbaladizo y traicionero seno del Hollywood más grandilocuente. Pero en ningún modo se trata, a mi parecer, de un gran cineasta, de un autor con mirada propia, de ese director brillante tan temerariamente venerado por muchos aficionados. Dentro de unos meses se estrena su tercera y probablemente última película con Batman como protagonista, y desde hace unas semanas, desde que apareció su primer tráiler, se está empezando a hablar sin parar de ella y se está creando una expectación desmesurada, acorde con estos tiempos en los que un blockbuster se disfraza de película de prestigio, y en los que el lógico interés por un personaje tan apasionante como el hombre murciélago dispara el fanatismo de los menos exigentes cinematográficamente hablando hasta eclipsar películas mucho más interesantes y redondas.

Ya he escrito un par de veces sobre esta película (la última vez, en Blogdecine, y leyendo ese texto ahora me dan ganas de arrancarme la cabeza de lo mal escrito que está…), y es que he de reconocer que, aunque a grandes rasgos creo que es una enorme estafa argumental, aunque parándose a pensar un segundo en algunos de sus giros dramáticos está claro que nos dio gato por liebre, es una película que me interesa mucho, porque también posee aciertos memorables que, si bien no consiguen redondear una propuesta bastante amorfa y cuyos planteamientos filosóficos y psicológicos daban para bastante más (y que un director de mayor fuste que Nolan podría haber llevado a mejor puerto), esos aciertos sí que se sostienen por sí mismos y redimen la película, sin lugar a dudas. ‘El caballero oscuro’ (‘The Dark Knight’, 2008) se mueve entre la lucidez y la arrogancia, brincando entre ellas casi en cada secuencia, lo que a punto está de hacerla descarrilar y estrellarse en el ridículo, y sólo la astucia de Nolan consigue mantenerla en pie.

En ‘El caballero oscuro’ tiene lugar un defecto común en bastantes películas que, aquí y ahora, voy a bautizar como el ‘Defecto Tom Reagan’. DTR. En ‘Muerte entre las flores’ (‘Miller’s Crossing’, 1990), la única obra maestra que han dirigido los hermanos Coen en toda su irregular carrera, Tom Reagan, el protagonista, es un tipo tremendamente inteligente que se cree más listo que nadie, y que en su intento por alterar su entorno a su antojo, con el objetivo de librar a su amigo Leo de su contrincante Caspar, a punto está de morir y de caer en el más absoluto de los ridículos, viendo sus intrincados planes en parte desbaratados por Eddie Dane. Por muy inteligente que sea Reagan, y por muy elaborado que sea su plan, es imposible engañar a todo el mundo todo el tiempo. Sólo el azar y su astucia evitan que finalmente se convierta en un cadáver podrido en medio del bosque. Pues algo parecido sucede con directores como Nolan, Alejandro Amenábar, Ridley Scott, incluso los propios hermanos Coen. Son gente muy inteligente que, sin embargo, poseen un defecto de base: infravaloran a los demás. Es decir, no son tan inteligentes.

¿Qué hay más allá del Joker?

El Joker, aparecido por primera vez en historietas de 1940, es una creación sensacional. Tan fascinante y tan poliédrico en su abyección moral, que durante décadas se ha erigido en el villano más reconocible de la DC Comics y en el antagonista supremo de Batman. Son innumerables los volúmenes dedicados a sus maquiavélicos actos de destrucción, y muchos son legendarios. En cine, no es de extrañar que para el soso ‘Batman’ de Tim Burton fuera el malo de la función. Hay algo profundamente cinematográfico en él, porque al mismo tiempo es una alegoría de la maldad y la locura, y una metáfora del desquiciado mundo en el que vivimos. En la película de Nolan, saben llevar al personaje mucho más allá y, en sintonía con estos tiempos paranoicos, globalizados y aterradores, lo convierten en un terrorista que trae de cabeza a la policía, al alcalde y al vigilante enmascarado. De hecho, es más listo y más audaz que todos ellos juntos. Y no se queda ahí, sus frases son las mejores y la interpretación de Heath Ledger es impresionante.

Todo lo que dice o hace el Joker se encuentra entre lo más perfecto, lo más sólido y lo más brillante de la película, y cuando él no está, el espectáculo se resiente muchísimo. Tal es la fuerza arrolladora de su presencia que los delirantes planes que ejecuta, que son absolutamente imposibles de creer, te los tragas como si tal cosa. Me explico. La secuencia de apertura, el atraco al banco, es un ejemplo supremo del DTR. El Joker lo prepara todo para que los compañeros ladrones se maten entre ellos y finalmente él se quede con todo el dinero. Lo cierto es que es arriesgado, y hasta uno de sus compinches finalmente a punto está de liquidarle a él sospechando la jugarreta. Hasta ahí todo perfecto. Lo alucinante es que al ladrón que espabila un poco y sospecha que él también va a morir le arrolla el autobús escolar que va a servir de vehículo de huída…Qué casualidad, el chico espabilado se ha quedado apuntando al Joker justo en el sitio en que iba a ser aplastado. Pero todavía más alucinante es que, aunque es imposible calcularlo, el Joker sale del banco conduciendo el autobús y se coloca entre varios autobuses idénticos para despistar a la policía. ¡Y no se coloca detrás, a la cola! No. Sino en un hueco que existe entre dos de ellos, y aunque está cubierto de escombros, los agentes en los coches de policía que acuden raudos al rescate no se percatan de nada.

Uno piensa: bueno, vale, quizá los autobuses los llevaran más compinches del Joker (a estos no les va a obligar a asesinarse entre sí, lo que son las cosas) y la policía no tiene por qué fijarse. Pero ya desde el principio uno tiene la desagradable sensación de que Nolan te está tomando por subnormal, y solamente la impecable presentación del Joker de momento te hace olvidar tanta casualidad.

Luego, claro, vienen diálogos estupendos como la irrupción del Joker en la reunión de los jefes de la mafia, su “truco de magia”, la demostración de que es más feroz y más inteligente que todos ellos juntos, el asesinato del Batman de pacotilla (que pone los pelos de punta), y la sensación de que Nolan te toma por gilipollas se atenúa. Y la cosa sigue bien cuando el Joker es capaz de infiltrarse en el cuartel general del mafioso afroamericano y en el ático de Wayne, atemorizando a todos con su doble relato del origen de sus cicatrices. Bien. Vale. Todo se va encarrilando. Y, de pronto, todo se descarrila con otro ejemplo de DTR, este diez veces más delirante que el atraco al banco. Hablo, por supuesto, del intento de asesinato a Harvey Dent en la larga persecución, y de la huida de la cárcel por parte de Joker. Que el Joker dispusiera a sus hombres en los edificios justo donde iba a pasar un helicóptero te lo tragas un poco a regañadientes, pero que planease ser capturado para luego colocar una bomba en la cárcel, raptar a Dent y a Rachel, y cargarse a medio cuerpo de policía, pues como que no.

Vamos a ver, reflexionemos. Los objetivos del Joker son dos: Harvey Dent y Batman. Como Dent se le escapa y Batman fracasa en su intento de liquidar al Joker, al menos tiene al mayor enemigo a su alcance. ¿Alguien en todo el planeta puede creerse que, con Batman inconsciente y cuchillo en mano, el Joker esperaba ser capturado por Gordon (a quien habían dado por muerto), y que había preparado meticulosamente, mientras estaba en prisión, el rapto de un fiscal y su ayudante? Y, más aún, ¿alguien puede creerse que la bomba en el interior del preso explota y mueren todos menos el Joker, aparentemente invulnerable a la onda expansiva y al fuego? Amigo Nolan, te has pasado catorce pueblos. Luego todo el mundo admira la secuencia por su supuesta genialidad y yo me pregunto: toda esta gente a la que se le cae la baba por esta estupidez de huida ha visto cómo se escapa Hannibal Lecter en ‘El silencio de los corderos’ (‘The Silence of the Lambs’, 1991). Me parece a mí que no. Pero yo me siento estafado después del fascinante diálogo en el que el Joker, con una lucidez que asusta, da en el clavo en su visión del hombre y de la sociedad y le expone una terrible verdad a Batman: que sólo es un héroe porque le necesitan, pero cuando no le necesiten le extirparán de la sociedad como a un tumor.

Sin embargo, no contento con todo esto, Nolan no puede cerrar su película sin redimir a esa misma sociedad, en la tensa secuencia de los ferrys, con Batman apañándoselas, en plan videojuego, para que nadie muera en un caos de tiros, policías, rehenes y terroristas, y finalmente accediendo al Joker y siendo derrotado por éste. Pero, amigo, esto es Hollywood, y aunque sí es verdad que muy poca gente en el mundo tendría la frialdad para coger un detonador y cargarse a un ferry lleno de gente (sean convictos o no), Nolan lo estropea todo cuando pone en boca de Batman que el experimento del Joker ha fallado porque la gente cree en el bien (¿qué es eso del bien? ¿desde cuándo el espíritu Disney se da de la mano con una historia tan sórdida como esta?) y el Joker, convirtiéndose en malo de pacotilla, detonador en mano, antes de pulsar el botón y mandar a toda esa buena y angelical gente al carajo, habla demasiado (qué manía los malos de pacotilla de ponerse a hablar, dándole la oportunidad al bueno de rehacerse y vencerle) y, no se sabe cómo, lanza al vacío al Joker.

Al menos nos quedan algunas reflexiones, algunos momentos, pero creo que es bastante incontestable que se podría haber hecho mucho más, y la película podía haber recaudado mucho dinero pese a todo. ¿Redonda? Ni por asomo ¿Brillante? A ratos ¿Lúcida? sólo en los diálogos del Joker ¿Arrogante? casi todo el tiempo. ¿Mi imagen preferida? El Joker en un instante de libertad total, con todos derrotados y todavía dispuesto a dar mucha guerra.