Un ser humano y un verdadero héroe

Dice la canción de College (con Electric Youth):

“Back against the wall and odds

with the strength of a will and a cause

your pursuits are called outstading

You’re emotionally complex

against the grain of dystopic claims

not the thoughts your actions entertain

and you have proved to be

a real human being…and a real hero”

Realmente esta canción (que pertenece a su banda sonora), tanto su letra (literalmente) como su música, parece escrita para resumir en pocas líneas toda la fuerza emocional que se desprende de una película como ‘Drive’, de Nicolas Winding Refn. Una película que, reconozco, me tiene obsesionado, enamorado; tanto como me tiene obsesionado y enamorado ‘No habrá paz para los malvados’, de Enrique Urbizu. Son dos de las mejores, más profundas, inteligentes y emocionantes películas de que hay noticia, estrenadas con pocos meses de diferencia y que demuestran, con otro puñado de joyas, que 2011 ha sido un buen año de cine, al menos en lo que películas notables o más que notables estrenadas se refiere (‘Winter’s Bone’, ‘Melancholia’, ‘The Tree of Life’, ‘L’Illusioniste’), aunque también ha sido un año de grandes decepciones. Pero como dice Werner Herzog, un año en el que haya cuatro o cinco películas importantes ya es un gran año, un Gran Reserva. La de Refn y la de Urbizu, aunque de nacionalidades diferentes y aunque ser erigen en propuestas estéticas casi opuestas, comparten una visión enigmática y muy dolorosa del hombre inmerso en la sordidez del mundo urbano actual, y en su vagabundeo moral por la violencia, la redención y la tragedia, que producen un estado anímico muy específico (la verdadera función del arte, si función se le puede llamar) en el espectador.

Así que voy a escribir una suerte de semblanza psicológica y una explicación emocional (tan personal como todo lo que escribo, que para eso lo escribo yo) del Chófer sin nombre de ‘Drive’ y del Santos Trinidad de ‘No habrá paz para los malvados’, dos películas sobre las que ya he escrito con anterioridad, pero en cuyos comentarios no podía extenderme quizá demasiado en todo lo que significa la elección, por parte de sus responsables, de construir dos caracteres tan falsamente opacos, que por más que intenten esconder (uno en la parquedad de palabra y de expresión no verbal, el otro en su máscara de amoralidad y en su imagen de macarra y de matón grasiento) todo lo que bulle en su interior, precisamente por eso lo hacen más evidente a la cámara, y precisamente por eso son tan interesantes y no necesitan de esa peste del cine actual consistente en explicarlo todo, contarlo todo, mostrarlo todo. Dos samuráis que transitan por la ciudad como si fuera un polvoriento pueblo de western norteamericano (hay muchos western y no todos son norteamericanos), pero que son representaciones dramáticas del mundo de ahora mismo.

No sé quién dijo que un cineasta, un novelista o un poeta deben ser contemporáneos, hablar del hombre de su tiempo. Me parece una gran verdad.

Belleza luminosa absoluta la de ‘Driver’, contando la desastrosa decisión de un tipo hierático que se embarca en una cruzada suicida por ayudar a la mujer y al hijo de esa mujer, a los que ama, y provocando una tragedia. Buenas intenciones que terminan en una carnicería. El chófer sin nombre, queriendo salvar lo único hermoso que existe en su vida, lleva a cabo una misión deleznable que le devuelve al animal sanguinario que en realidad es, y del que sospechamos que huía. ¿Cuál es el pasado de ese virtuoso piloto? Seguro que nada que él no quiera olvidar. Muy posiblemente mujeres hermosas y peligrosas y ogros parecidos a los que tendrá que enfrentarse ahora. Y huidas. Y derrapes. Y muchísima soledad. Por eso cuando conoce a un ángel (por que aún existen ángeles, bien lo sé yo…) se sacrifica por él. ‘Driver’ nos dice que la vida es fugaz y que no hay nada más hermoso que morir joven y guapo, que amar como el que venera algo sagrado (¿realmente llegan a follar el piloto y la camarera?), porque para llegar a viejo y pudrirse ya están los demás, y correr y morir puede merecer la pena.

Belleza oscura definitiva la de ‘No habrá paz para los malvados’, contando la salvadora decisión de Santos Trinidad, un escombro humano, de salvar su propio culo, sin saber que por eso va a evitar la muerte de mucha gente. Decisiones egoístas y mezquinas que terminan por detener la masacre terrorista. A Santos nadie le quiere, pero él sí quiso de verdad, aunque hace mucho tiempo, a bastante gente. Todos ellos le abandonaron o se murieron. Y por eso su mejor amigo es un cubata con lo justo de coca-cola, por eso para follar tendría que pagarle a una puta, y por eso tiene los redaños de coger una escopeta y enfrentarse a una panda de bastardos asesinos. ‘No habrá paz para los malvados’ nos dice que la seguridad del estado del bienestar no es más que otra gigantesca falacia, y que hasta los más oscuros y terribles pueden traer esperanza a sangre y fuego.

Ambos, Santos y el Conductor Sin Nombre, se identifican por objetos icónicos. El primero por sus gafas robadas, por sus botas de vaquero y por sus greñas. El segundo por sus guantes de conductor experto y por su chaqueta del escorpión dorado. Ambos, héroes sin épica ni futuro de un mundo que se derrumba. Seres humanos terribles y trágicos. De grandes virtudes y grandes equivocaciones. Porque el ser humano, la humanidad, no tiene nada de bonito ni noble. Y sí mucho de contradicción y amargura. Porque hay que llevar a cabo actos imperdonables para seguir viviendo, a veces. Porque es la vida la que nos mata. Y recordar puede ser el peor de los castigos. Mucho peor que morir de una cuchillada o quedarse completamente solo, esperando la muerte.