‘Los hombres que no amaban a las mujeres’, de David Fincher

Antes que nada conviene una aclaración: me importa muy poco la novela del sueco, o las novelas, la primera de las cuales me leí como cien páginas y, aunque su trama es bastante atractiva, me parece completamente antinovelística, en esa lacra de la “literatura” actual consistente en hacer de un reportaje periodístico una novela, cuando no tiene nada que ver una cosa con la otra. También me importa poco la primera adaptación, que me pareció un aburrimiento considerable. Es decir, que los antecedentes de la película de David Fincher no los tengo en consideración cuando entro al cine a ver qué es capaz de hacer este director, al que ahora es bastante fácil situarle entre los autores interesantes del panorama norteamericano, pero del que hace unos años todo el mundo (por mucho que el lector niegue con la cabeza mientras lee…) todos, incluido yo mismo, no sabíamos muy bien qué esperar tras el desastre de ‘Alien 3’ y el triunfo de ‘Se7en’.

Lo que es más, me da la impresión, imaginativo que es uno, que al propio David Fincher le interesa también bastante poco el universo o la mitología que se ha montado, de forma absolutamente desproporcionada (acorde con estos tiempos demenciales), en torno a la saga ‘Millenium’, y le importa mucho más, porque es un buen director, un tipo muy inteligente, y una persona con buen gusto y las ideas muy claras, todo lo relativo a la atmósfera, al ritmo, al tono, a la dirección de actores, a los espacios, a la música, a la puesta en escena, a la cámara…en una palabra: al cine. De modo que aunque me dicen que esta adaptación, llevada a cabo por Steven Zaillian en un guión formidable, es bastante o muy fiel al libro, construida para satisfacer a la legión de fans de la novela, la vocación narrativa de la película no es tan abiertamente comercial como cabría esperar ni tan deudora de una literatura inflada por el marketing. Y, por cierto, antes de entrar en materia, me pregunto cómo estas novelas han podido vender decenas de millones de ejemplares en todo el mundo, cuando no sólo es que sean antinovelísticas, es que su historia no es nada del otro mundo, y se nota que el limitado ingenio de Larsson no da para mucho.

Y es que ese es el principal escollo de esta película tan absolutamente sensorial y dinámica: la historia. Una trama que va de complicadísima y enrevesada y super-mega-cool, y en el fondo es bastante simple y hasta facilona. Para un director como Fincher, que ya narró una de las investigaciones criminales más intrincadas que yo he visto en la estupenda ‘Zodiac’ (2007), esto es un juego de niños. Y como al final todo el desarrollo para averiguar quién coño es el asesino es bastante rutinario, Fincher se lo pasa en grande, y nos lo hace pasar en grande, con una estructura y un montaje en verdad majestuosos, que pone en paralelo las peripecias de los dos caracteres protagonistas y que provoca un suspense y una energía indescriptibles gracias a un uso soberbio de la cámara y los encuadres, y aún más soberbio del sonido y de la música, convirtiendo algo anodino en otra cosa sorprendentemente emocionante, revalidando esa vieja idea de que la historia de una persecución a un camión ardiendo puede ser muy aburrida y la historia de un hombre esperando el autobús media hora puede ser interesantísima, porque no importa lo que cuentes si no como lo cuentes.

De modo que David Fincher se ha convertido en un maestro de la narrativa contemporánea, porque da igual lo que le des, ya sea la historia de un geek multimillonario como en la exageradamente sobrevalorada ‘La red social’ o la de una hacker con piercing y tatuajes, que él sabe llamar tu atención y utilizar todas las herramientas a su alcance (sonido, montaje, fotografía, diseño de producción) para enredarte en una trama que, en el fondo, te importa más bien poco. Y lo hace respetando los tiempos, sin prisa, observando a sus personajes con cariño, sin juzgar a los buenos ni a los malos, otorgando máximo protagonismo a la nieve, a los paisajes, a los silencios, dándonos la oportunidad de triunfar sobre el pasado y de caminar hacia el futuro y dirigiendo a sus actores, a todos, con mano de hierro enguantada de seda. Porque Rooney Mara lo clava como si respirase, y Daniel Craig (esa bestia parda de la interpretación, que a cada película resulta más fascinante) lo borda como si tal cosa, y todos los secundarios están impresionantes.

No es la película del año ni algo memorable, pero de su soberbio montaje, de su hipnótica música, de sus actores entregadísimos, y de la capacidad de Fincher para el detalle se extrae una experiencia más que notable.