Sobre los Globos de Oro y otros premios absurdos

Ya estamos, un año más, en pleno ciclo de premios institucionales, los más famosos del mundo occidental: los Oscar, los Globos de Oro y los BAFTA. Premios, todos ellos, completamente absurdos y carentes de todo prestigio e importancia, porque son, ni más ni menos, que una industria, la audiovisual anglosajona, premiándose a sí misma, decidiendo ella misma qué es lo que ha hecho, en teoría, mejor, y qué productos propios son los que la gente, el público cada vez más aborregado, debe aceptar, en total sumisión, como “lo bueno”, mientras que, en teoría de nuevo, lo que no es nombrado (esto es, nominado), se supone que no es “tan bueno”. Cada año este circo es más aburrido, más predecible y más hueco, pero cada año la atención mediática ante estos premios es inmensa, desproporcionada y absolutamente representativa del mundo cultural desquiciado que nos ha tocado vivir.

Todo eso de los premios, y sobre todo los premios cinematográficos, al final no es más que un escaparate comercial. Los más dignos de todos ellos, con la salvedad de que, como en todo certamen, se suceden injusticias clamorosas, son los que otorgan los festivales de cine. Los más importantes del mundo son Cannes, Berlín, Venecia y San Sebastián. Por muchas pegas que se les puedan poner, al menos se trata de festivales internacionales a los que concurren filmes de todas las nacionalidades, y que son juzgados por un jurado también internacional. Por supuesto que al final, entre chanchullos, amistades, filias y fobias, hay mucho de preparado en estos premios de festivales, pero no son tan clamorosamente estúpidos como los Oscar, ni como los otros dos premios que son como los Oscar V.2, y los Oscar V. 3. Esto es: los Globos de Oro y los BAFTA, que básicamente nominan casi las mismas cosas (¡qué casualidad!) y premian a los mismos con pocas variaciones. Los BAFTA, en un paroxismo de patriotería insostenible, además tienen un premio especial a la mejor producción británica del año, pero luego son un calco de los otros dos. La pregunta es: ¿cómo puede el personal otorgar un mínimo de credibilidad a tanta desfachatez? ¿Cómo puede la prensa y la televisión darle tanto espacio y cobertura a unas estratagemas tan burdas?

Sobre los Oscar ya hablaré en profundidad dentro de poco, y sobre los BAFTA no pienso perder más tiempo. Hoy voy a hablar sobre todo de ese premio llamado Globo de Oro, cuyos ganadores han sido anunciados hace pocos días en otra gala increíblemente aburrida a la que han acudido los famosetes vestidos con sus mejores trapos. Resulta que estos Globos de Oro los entrega la Asociación de Prensa Extranjera en Hollywood. Es decir, todos los profesionales, críticos, analistas, periodistas, que trabajan en Hollywood pero que pertenecen a medios extranjeros. Esto no se lo cree nadie. O, mejor dicho, el que se lo crea, y resulta que hay muchos que se lo creen, o es un memo o algo peor, porque nadie debería tragarse que esos profesionales extranjeros tienen los mismos gustos y las mismas decisiones en cuanto a lo más destacado del año que las que pocas semanas más tarde anunciará la Academia de Hollywood en sus nominaciones a los Oscar. Pero, de lo que no cabe duda, es que se trata de un tinglado muy inteligente: los dueños de Hollywood, toda esa panda de inversores dispuestos a darles a los chavales de 15 a 25 años todo el entretenimiento que quieran y a los mayores de esa edad películas moralistas disfrazadas de cine, esos, que deciden quién y por qué se va a llevar el Oscar a mejor película, decidieron hacerse con el chanchullo de los Globos y así, con eso de que es una asociación de prensa, darse la razón a sí mismos. La jugada es: si el público ve que tanto esa asociación como nosotros elegimos a los mismos, ese público pensará que…tenemos razón en lo que premiamos y, lo que es más importante, daremos la apariencia de legitimidad a un marketing del que se beneficia nuestra producción.

El  problema, claro, es que con la gente que todavía tiene buen gusto, inteligencia y que cree en la cultura como valor supremo, les ha salido el tiro por la culata. No así, sin duda, con los millones de televidentes ansiosos por ver a sus estrellas vestidas con trajes espantosos, primero, y luego ansiosos por ver si les nombran a ellos en la papeleta o se van a su casa de vacío, después. Todo esto no tiene nada que ver con el cine, con la cultura y con el arte. Lo que significa, tristemente, que todos aquellos que se quedan pegados al televisor y que creen asistir a un evento cultural de importancia mundial son claramente estafados. Aunque nadie les obliga a dejarse estafar.

Sin duda, en los Oscar, tiene su valor, al menos, que un gremio de profesionales te elija como el director de fotografía más brillante del año, o el montador o el director artístico. Es un orgullo, sin duda. El problema es cuando los intereses mediáticos, de marketing y de inversión se anteponen al sentido común, y ni siquiera en esos casos puedes estar seguro de que tu trabajo realmente ha sido elegido por tus colegas por ser el más destacado de los finalistas. Pero en los Globos de Oro no son tus compañeros los que te votan, sino una panda de arribistas comprados por las grandes compañías. Se decía, hace unos años, que a los actores y directores les gustaba asistir a los Globos de Oro porque, a diferencia de los Oscar, allí permitían y permiten beber toda la noche mientras se asiste a la entrega de premios. Y no dudo que sea cierto. Pero también es parte de una inmensa campaña de promoción que dura meses y que las productoras obligan a sus estrellas a llevar a rajatabla como parte de su oficio y condición para sus elevados salarios. Es decir, en parte se convierten en lacayos y bufones mediáticos de una pléyade de telespectadores superficiales, anhelantes de esa gilipollez del “glamour” y a los que se divierte con el espectáculo lamentable de brincar como un idiota ante la obtención del premio o quedarse con cara de fastidio cuando se quedan sin él.

Realmente, los galardones más creíbles son los que entregan los propios gremios. El de fotografía, el de montaje, el de maquillaje. Como son tan escasamente mediáticos, la presión que las grandes productoras ejercen sobre ellos no es tan grande (si bien, seguro que también existe). Y no se ven obligados por las circunstancias a premiar productos tan poco convincentes como ‘The Artist’, que ya se ha decidido que sea la ganadora del Oscar de este año, y que representa el pastiche definitivo, el cine postmoderno disfrazado de cine clásico más flagrante y engañabobos de los últimos años, y que, lo que son las cosas, no le llega a una película tan impresionante como ‘No habrá paz para los malvados’ de Enrique Urbizu, que espero se vea refrendada en los Goya (ya hablaré también de ellos) ni a la suela, porque mientras esta es cine de verdad, adulto, complejo, oscuro, aquella no es más que la enésima jugada nostálgica prefabricada de quienes no conocen el cine, y dirigida hacia quienes no les interesa el cine.