Una lectura canalla de la historia

Quizá tuvo lugar una sola revolución. Desde siempre. La de los buenos contra los malos. El problema es, ¿quiénes son los buenos?

-Bill Dolworth (Burt Lancaster en ‘Los profesionales’, 1966)

Leyendo los últimos textos del blog Arcángeles, observando la realidad que quieren pintarnos los medios de comunicación, haciendo acopio de varios ensayos y textos que cuestionan y sitúan en el ojo crítico del huracán todo lo que se supone que tenemos que aceptar como cierto, me he decidido a hacer una lectura canalla de la historia y así, de paso, aclarar mis propias ideas sobre varias cuestiones bastante resbaladizas y no pocos conceptos que me resisto a aceptar como verdaderos por mucho que, machaconamente, dogmáticamente, desde un mundo que no comprendo intentan convencerme de que son la verdad absoluta e inamovible, hasta el punto de que me desentiendo de este mundo e intento mirarlo como si no viviera en él, ni formara parte de su engranaje, y haciendo este ejercicio uno puede mirar las cosas desde un punto de vista quizás algo más certero.

Desde siempre me ha obsesionado la idea de que, si la muerte no es más que una gran mentira, y algún día nos diéramos cuenta de esa mentira, no existiría nunca ningún impedimento para que el hombre fuera verdaderamente libre. Es decir, sería imparable. Nadie podría esclavizarle, ni doblegarle, ni empujarle a hacer cosas que no quisiera o detestara hacer porque ya no tendría miedo. Seguiría existiendo el frío y el hambre, pero el mundo (o sea, nosotros, porque el mundo somos nosotros, no un ente abstracto) sería muy diferente. Sin embargo, claro, ahí está la muerte. Y para tenerla lejos, para ahuyentarla o por lo menos mantenerla a raya, el hombre ha viajado, bajo mi punto de vista, desde la jungla hasta las ciudades. Toda la historia de la humanidad podría ser la crónica de una criatura que se esfuerza en permanecer más tiempo, y gozando de mayores comodidades, con vida. Y, como en cierta forma, parece ser el único animal de la Tierra con capacidad para el pensamiento abstracto y para ideas complejas, el caso es que lo consiguió. El resultado es que vivimos bastantes más tiempo del que estamos diseñados genéticamente para una vida plena, y hemos abarrotado el mundo de seres humanos.

Bien. Por otro lado hay una segunda crónica: la de una criatura que, desde el principio de los tiempos se ha esforzado como loco, él y sus miles de descendientes, en acaparar poder. Desde las tribus de homínidos hasta las sociedades preindustriales, y de ahí a las sociedades modernas, hay una cierta clase de hombre, casi una estirpe, que se dedica en cuerpo y alma a someter a los otros y a vivir todavía mejor de lo que vive, muchas veces a costa del sufrimiento, el esfuerzo, el talento y la destreza superiores, de los que son sus semejantes, y por supuesto aplastando y exterminando a las criaturas inferiores. Esa historia, ese devenir histórico, se ha mezclado con el primero descrito, y entre ambos han tejido lo que viene a llamarse la Historia del Hombre. Y ahora, ya en el año 2012, el mundo se ha vuelto tan increíblemente complejo, desquiciado y abstruso que es casi imposible imaginarse cómo va a continuar la Historia, y muchos, con bastante lógica, se apresuran a advertir del final de los tiempos (al menos, del tiempo del hombre) o por lo menos de un enorme cambio en la Historia.

Los descendientes de todos aquellos que buscaron vivir de una forma más cómoda y durante más tiempo, son todos los científicos, filósofos, artistas, pensadores, y en general la gente común.

Los descendientes de todos aquellos chimpancés que apedreaban al contrario y se hacían los líderes del clan, y atemorizaban y manipulaban a sus compinches y a sus adversarios son los políticos, los banqueros, los jueces, los mandamases.

Como los primeros son bastante nobles, leales, íntegros y honestos; se han dejado mangonear, reprimir, extorsionar, esclavizar, atemorizar  por los segundos durante miles de años. Y como los segundos no tienen escrúpulos, y son muy arteros, se han dedicado a encontrar formas de mantener bajo su yugo a los segundos, gracias a la religión, la política, las ideologías, la muerte, los medios de comunicación…

Y así, una y otra vez, cuando los del segundo grupo empiezan a crecerse y a terminar con todo, porque son así y no pueden evitarlo, los del primer grupo tienen que hacer acopio de todas sus fuerzas y todo su valor y oponerse a ellos, aunque muchas veces la cosa termina de forma lamentable y sangrienta.

Así ha sido por muchos siglos, y así seguirá siendo. Se montarán enormes estrategias para que los poderosos sean mucho más poderosos (llámese crisis, guerra, conquistas, colonizaciones, lo que sea…), y se montarán enormes revoluciones para que los poderosos se calmen un poco y vean que la cosa no es tan sencilla. De ahí que haya incluido la emocionante cita del personaje de Lancaster en ‘Los profesionales’ (una película de aventuras modélica, por cierto, con no pocos diálogos maravillosos y con un repartazo de escándalo). Y luego los cuadernos de historia se dedicaran a pormenorizar los detalles de eso que no es más que la Enésima Revolución, y se inventarán nuevos conceptos absolutamente sin ningún sentido como “la izquierda”, “la derecha”, “el progreso”, “la civilización”, “la justicia”, “la ley”, “la moral”, “el estado de bienestar”, “el bien común”, “el estado de derecho”, “la democracia”, “el proceso judicial”, “la libertad” y un largo etcétera de cuestiones que no hacen más que embarullar el puto problema de siempre: que el hombre es el único animal que no aprende de sus errores, que los poderosos siempre van a estar ahí hasta que los erradiquemos de una santa vez, que es dificilísimo, cada vez más, diferenciar a los buenos de los malos o viceversa, y que tenemos el mundo que nos merecemos tener y no otro.