‘Breaking Bad’, orgullo y humo verde

Con todo lo que ya se ha comentado, y lo que se comentará, acerca de ‘Breaking Bad’, el que esto firma sabe que llegar ahora y ponerse a escribir también sobre su primera temporada, puede parecer hasta una impostura, pero no es otra mi intención que volcar las emociones que me ha provocado el visionado de los primeros siete episodios (la primera temporada fue así de breve) de la creación de Vince Gilligan, sin duda a la altura de otras cumbres de la ficción catódica de la última década como ‘Los Soprano’, ‘A dos metros bajo tierra’, ‘En terapia’ o ‘The Wire’. Y respecto a esta última casi se erige en una versión abstracta, al mismo tiempo que íntima, del mismo problema: el de la manufactura y la venta de drogas en Estados Unidos, cambiando  el entorno densamente urbano y hasta shakesperiano de la corrupta Baltimore por el mucho más onírico y hasta surrealista de Nuevo México, y con el protagonismo absoluto de un hombre común, profesor de química de mediana edad, con un salario muy inferior al que merece su capacidad y su experiencia, casado con una mujer dulce aunque dominante y padre de un hijo discapacitado y de una hija no-nata que no estaba planeada, y al que de pronto le sitúan en su gris camino el fantasma de un cáncer aparentemente incurable que propiciará una decisión cuanto menos temeraria y que será el motor de toda la trama.

Pero la decisión de Gilligan de contar la historia de este experto en química que enseña en el instituto y que decide ponerse a cocinar metanfetamina, o más llanamente cristal, para poder dejar a su familia una buena cantidad de dinero antes de morir (eligiendo como socio al chaval más inestable, impredecible e irritante que imaginar quepa), es, como toda decisión de un narrador nato, una mera excusa para poner en imágenes una concepción del hombre y del mundo absolutamente personal, hermosa y emocionante, que jamás se da facilidades a sí misma y se aleja de cualquier camino fácil, en su encuentro de caminos estéticos y narrativos, psicológicos y anímicos, que hacen de ‘Breaking Bad’ la joya que es, y a la que cada día se suman miles de adeptos en todo el mundo, maravillados por la forma tan sencilla en que esta trama captura una vida y una verdad que no existe en tales dimensiones en la vida real. Y esto partiendo, como todo arte, de la vida real. Y sentimos que estamos dentro de Walter White y que él está dentro de nosotros en su lucha absolutamente irracional por vencer al cáncer a su propia manera, en un viaje al otro lado de la ley que le transformará por dentro de forma inimaginable.

Es ‘Breaking Bad’, a poco que uno sepa mirar con lucidez, una crónica magistral de la recuperación del propio orgullo, concepto absolutamente masculino y absurdo, que anida en el interior de la mayoría de los hombres que se han visto abocados a una vida que sienten que no es la verdadera o la que deberían vivir, pero que no han podido cambiar por cuestiones familiares, económicas, sentimentales y sociales. Hombres corrientes que saben que en su interior anida otra cosa, otro hombre, o al menos el anhelo de saber que pueden cambiar y tomar las riendas de una vida que se les escapa y que siempre ha dictado sus implacables reglas hasta reducir la voluntad de ese hombre a cenizas, y su existencia cotidiana en un mundo gris carente de toda emoción y riesgo, de la posibilidad de elegir entre una  y otra opción vital. Y por ello el hombre del siglo XXI, como Walter White, no ve en lo criminal más podredumbre moral (decía Thoreau que no hay nada más opuesto a la vida que el trabajo, ni siquiera el crimen) que la que tiene que sobrellevar cuando mira a su mujer a los ojos y no puede contarle todas las barbaridades que está cometiendo para no dejar a los suyos en la indigencia absoluta.

La ley, la familia, la amistad

Estos siete episodios iniciales configuran una suerte de prólogo a las desventuras de Walter y Jesse Pinkman, una extraña pareja de criminales que se verán continuamente superados por las circunstancias, no solamente del aterrador submundo en el que deben moverse para vender la droga que fabrican, también de la hipócrita y despiadada cotidianidad del mundo aparente que todos formamos, y en el que cuestiones como un trabajo razonablemente digno y bien pagado es una quimera, en el que la familia puede volverse más un enemigo que un apoyo emocional, y en el que a cada vuelta de la esquina espera una confrontación, una amenaza o una enorme complicación. Y con todo esto va tejiendo Gilligan una narración acerca de lo ambiguo de la ley, de lo terrible de la familia y de la necesidad de amistad, aunque esa amistad, como la de Walter y Jesse, se base más en el enfrentamiento constante que en la fraternidad. Pero ambos se necesitan mutuamente y, en el fondo, se profesan una retorcida admiración y hasta respeto. Nada de todo esto es obvio ni evidente, sino soterrado y esquivo, pero está en la imagen de la serie.

La estructura de ‘Breaking Bad’ es irregular desde un punto de vista dramático. Es decir, no es una ascensión en línea recta desde el hombre común hasta Scarface. El viaje de Walter sufre de pronunciadísimos altibajos que solamente un guionista muy habilidoso consigue que no alteren la tensión interna del relato. Y es que no se trata de un relato criminal, sino de una crónica íntima de un hombre que mira fijamente a la muerte y que, al convertirse en un criminal, tiene que reevaluar continuamente quién es, qué siente, qué quiere y cómo quiere conseguirlo. Y por eso esta serie es algo tan magnífico. Porque ya no puede contarse la historia de un Scarface como se haría en los años cuarenta, sino indagando a tumba abierta en las más profundas miserias y tinieblas de su interior, buscando allí los impulsos más primarios y mezquinos, esos que pulen la materia de las imágenes.

Terminando ya la segunda temporada, confirmo que todo lo que proponía esta primera no era un azar o cuestión de suerte, sino que estaba sostenido por un equipo de artistas realmente espectacular. Bryan Cranston, a quien habíamos visto en ‘Malcolm in the Middle’ o en ‘Drive’ vuela en una interpretación superlativa, pero también Aaron Paul, en el difícil aunque agradecido papel de Jesse Pinkman, y todos los secundarios son un regalo para el espectador. Realmente, los actores norteamericanos son los mejores del mundo. Es un placer visionar una escena de diálogo (o una escena en la que los dos amigos cocinan envueltos en humo verde) en la que los dobles sentidos, las miradas, el estado anímico de los personajes, es casi tan rico y exacto como los de una novela artística. Nadie exageraba con la calidad altísima de ‘Breaking Bad’. Más bien al contrario: algunos se quedaron cortos.