‘El buscavidas’, sobre el billar y sentirse libre

Creo firmemente, al menos de momento, en esa frase que dice “no hay nada más triste que el talento desaprovechado”. Y también en otra que viene a decir lo mismo: “tener capacidad para una pasión y no realizarla es volverse incompleto y limitado”. Este es el tema de la gran película de Robert Rossen ‘El buscavidas’ (‘The Hustler’, 1961). Tiene otros temas esta obra cumbre del cine norteamericano, y todos ellos muy jodidos, muy dolorosos y muy verdaderos. Entre ellos la terrible verdad de que únicamente con talento no se llega a ninguna parte, y que es necesario, imprescindible, desarrollar un carácter, una fuerza de voluntad, enormes para lograr los objetivos que uno mismo se marca. Por otro lado obtenemos la desoladora representación de la más extrema soledad que, como un virus, impide a cualquier ser humano reconocer el amor cuando este se presenta a su puerta, al menos a tiempo, y ser capaz de creer que se lo merece tanto como cualquier otro a pesar de los enormes defectos e inseguridades que pueda sufrir.

Eddie Felson (un Paul Newman impresionante), al que apodan ‘Fast’ Eddie (rápido, veloz Eddie) por el frenético ritmo de su maravilloso juego sobre una mesa de billar, es un pobre diablo que no sabe hacer absolutamente nada con su existencia, ni siquiera beber o comunicarse decentemente con otras personas, excepto coger un taco y machacar a sus oponentes con una ferocidad digna de mejor causa. Para él, su objetivo en la vida, el único, es vencer al mejor, al que llaman Minnesota ‘Fats’ (el mejor en los bajos fondos de la ciudad, claro, interpretado por el gran Jackie Gleason), y vencerle significa jugar con él durante cuarenta horas si es necesario y sacarle veinte mil dólares en ganancias. Pero el protector de ‘Fats’, en realidad un peligroso y poderosísimo gangster, tiene razón cuando dice que Eddie no es más que un perdedor nato, que para él el peso de la victoria es insoportable y que prefiere buscar una excusa con el alcohol, y perder miserablemente, para sentir pena de sí mismo, en lugar del triunfo sobre el que está considerado el más grande y llevarse una pasta gansa por ello. Tendrá que vender su alma al diablo al protector de Fats, Bert Gordon (sublime George C. Scott), al mismo tiempo que conoce a una atormentada mujer, Sarah (alucinante Piper Laurie) que por razones que no entiende le ama y quiere lo mejor para él.

De tal modo que en verdad este relato es acerca de un tipo solitario que ha de decidir entre el mal absoluto y la codicia y la oscuridad, representada por Gordon, a quien no le falta razón en muchas de las cosas que dice acerca de la vida, y la amistad, el amor y la fraternidad absolutas, representadas por Sarah. Y en la lucha entre ambas fuerzas viajaremos a través de una narración majestuosa, con una fotografía magistral de Eugene Shuftan y unos decorados y dirección artística ejemplares de Harry Horner y Gene Callahan, que dan lugar a una atmósfera de sordidez realmente admirable, creando un mundo para el apestado director Robert Rossen (una de las víctimas de la caza de brujas de McCarthy) en el que todo es la búsqueda despiadada de dinero y de poder, y en el que los rayos de luz que significan la libertad, el orgullo por el propio talento y la dignidad de saber quién es uno mismo, parecen casi proscritos. Y Eddie Felson tendrá que aprender que hay que perder para ganar, incluso perder lo que más se quiere, para obtener aquello que en realidad carece de valor, pero que como en el caso de Walter White en ‘Breaking Bad’ tienen que ver con un orgullo y una vanidad de las que es difícil que un hombre pueda librarse.

Esta película de Robert Rossen siempre me estremece hasta la médula, y lo cierto es que en parte es porque me siento muy identificado con Eddie Felson, tanto en su lucha por ganar carácter y creer en sí mismo, como en su habilidad para jugar al billar. Por supuesto que nunca he cogido un taco con tanta destreza, pero ocurre que hace unas semanas volví a ponerme delante de una mesa y de varias bolas de marfil armado con un taco, y que después de cuatro años, quizá más, sin jugar, llevé a cabo tres o cuatro jugadas increíbles (una de ellas, casi imposible, con sinceridad) que me dejaron perplejo a mí y a mis amigos. Tiene su mérito que después de tanto tiempo pudiera hacerlas, aunque también es cierto que otras jugadas mucho más fáciles las fallé por nervios y por falta de tablas. Fue como si otra persona, otras manos, jugaran en mi lugar y yo lo viera todo desde fuera. Hice dos jugadas maravillosas sin pensar en lo que estaba haciendo, sin concebir la posibilidad de error, presa de un estado de ánimo en el que me sentía completamente libre. Yo diría casi feliz. Y tomaron cuerpo esas palabras de Eddie Felson cuando dice que hay momentos en los que sabes que el taco, la bola de marfil y la tronera son parte de tu cuerpo y tú les dictas qué es lo que tienen que hacer.

¿Cuántas cosas para las que tenemos talento simplemente nos las vedamos a nosotros mismos, puede que por falta de tiempo, o exceso de miedo e inseguridades? Puede ser jugar al billar o pintar un cuadro. Talentos y sensibilidades que a lo mejor poseemos desde niños y a los que no prestamos atención el esfuerzo necesario para hacerlos florecer. Es una verdadera pena. Todas esas personas a las que les da bien hacer tantas cosas y triunfan en casi todo (jugar al billar, al baloncesto, practicar natación, dibujar, hablar varios idiomas, conquistar a la mujer de sus sueños, y un largo etcétera) sencillamente, creo, no se plantearon nada, no pensaron, simplemente hicieron lo que tenían que hacer. De alguna forma escucharon una voz interior que les impulsaba a ello, en lugar de conceder importancia a la posibilidad de error, en lugar de dar mil vueltas a las cosas y creer que no nos merecemos el triunfo. Ahí creo que radica gran parte de la infelicidad de mucha gente, incluido yo mismo.