Claro que hay dos Españas

Tanto rollo, tanta matraca, con lo de “las dos Españas”, las que una vez más salieron a relucir con los acontecimientos de la Guerra Civil, la roja y la azul, la progre y la facha, la de derechas y la de izquierdas, esas dos Españas que se odian, que no pueden ni verse, y que siempre están peleando. Y resulta que es cierto, hay dos Españas, pero en mi humilde entender no tienen nada que ver con ideologías, con creencias ni con hechos históricos. Todo eso, manipulado hasta extremos inconcebibles, no tiene nada que ver con la puta realidad, pues no son más que herramientas para confundir, creo, al personal, y que se distraiga discutiendo sobre temas que, en verdad, les enfangan en lugar de acercarles más a la verdad, a la posible solución, a un futuro más justo y esperanzador para todos.

Existe, principalmente, la España de los humildes y la España de los poderosos.

Esto es como decir que está la España de los que aprenden y crecen con humildad, y los que están muy bien como están y no tienen el menor interés en hacer nada, ni en aprender nada, que pueda cambiar las cosas. Vamos, gente que se cuestiona las cosas, que no acepta lo que le dicen sin antes pasarlo por el filtro de la propia experiencia y las propias ideas, y gente que sacraliza el pasado, lo que se supone que es lo justo, lo apropiado, lo necesario.

No tiene nada que ver con la extracción social a la que cada individuo pertenezca. Yo he conocido gente “de derechas” que es bastante sensata y bastante razonable, y auténticos “progres” que son más fachas que el Benedicto XVI, que justifican su supuesta ideología con un radicalismo mal sustentado, endeble filosófica e intelectualmente, y en el fondo lo único que buscan es el propio beneficio, la propia estabilidad, dentro de un sistema capitalista que ellos esperan que también reparta algo para ellos, cuando en el fondo el problema es capitalismo, la lacra es la democracia dentro del capitalismo, que no funciona en ninguna parte, pues es una mentira dentro de un acertijo, envuelto en un enigma, y en ese embolado los poderosos, los de siempre, el homo sapiens que evolucionó del simio que molía a palos con hueso de alce al que no acataba sus órdenes, esos, precisamente esos, se ríen en nuestras narices cada vez que un chaval de quince o veinticinco años dice “luchar” porque las cosas cambien, sin ni siquiera plantearse derribar el sistema, sino queriendo vivir dentro de él con mayor comodidad…

Existe la España de la gente que piensa, y la España de la gente que no piensa. Y la gente que no piensa, que sólo tiene veneno en su cerebro, y que pese a ello escribe libros, o crea opinión, o recibe atención mediática, y lo único que saben es tensar la cuerda de la indignidad, de la represión, de la demolición del espíritu libre. Y la gente que piensa son cientos de miles de personas, muchas de ellas quizá inseguras o acomplejadas, cuya vida es bastante, o muy, difícil. Cuya experiencia no es precisamente alentadora pero que aún así (y esto sí es alentador, irónicamente), siguen defendiendo su forma de pensar y su forma de hacer las cosas.

Ambas Españas tienen miedo. La que se ha quedado anclada en el pasado, tiene miedo de que la gente despierte y prenda fuego a sus honorables edificios. La que aún cree que el futuro está lleno de posibilidades, tiene miedo de no llegar a fin de mes, de morirse de hambre y de frío, de contraer una enfermedad y no tener dinero para poder tratarla. De que los que van de progresistas, y se quedan en progres, no estén a la altura de las bonitas proclamas que escriben en pancartas. Pero los verdaderamente libres no tienen miedo de que el “mundo occidental” se derrumbe, porque quizás aprendamos a vivir en mayor armonía y libertad y dignidad, suponga eso los sacrificios que pueda suponer.

Hay una España de cincuentones que juegan a las tragaperras en los bares y luego se van a casa a maltratar a su mujer y a despotricar sobre todo. Pero también de cincuentones que se toman cien cañas con los amigos y leen libros que no se ven en los escaparates y están seguros de que sus hijos merecen otra cosa. La de los malotes de veintimuchos que mientras se toman el carajillo en el bar dejan a sus niños de pocos años jugando en la carretera y la de los que de todo opinan mientras te dicen que no tienes ni puta idea, o se molestan contigo o dicen estupideces porque les demuestras que no son más que unos paletos, o simplemente por opinar distinto a ellos. Pero también los de veintimuchos que van a un bar, o a una cafetería, y mientras se lo pasan bien y hacen el ganso cuidan de sus amigos, y hablan de cosas interesantes o culturales o importantes, y realmente les interesan esas cosas.

Hay una España de veinteañeros que buscan gresca cada fin de semana, o que se alivian la conciencia hablando de lo mal que va el mundo mientras en su vida privada son absolutamente obtusos. Pero también están los veinteañeros que se rompen los dientes por los derechos civiles, por el aborto, por el matrimonio homosexual, por el acceso libre a la cultura.

Está, al fin, la de aquellos que permiten que sus hijos de cinco años contesten al teléfono pero luego les pegan gritos en la calle porque han dejado caer el helado, y la de aquellos que saben que la educación es un derecho gratuito. La de los que a todo dicen que sí, y la de los que saben decir que NO. La de los currantes, los profesores, los inteligentes, los libres, los imperfectos, los trágicos, los atormentados, los lúcidos, los valientes, los serenos, los exhaustos. Y la de los destructivos, los venenosos, los amargados, los perfectos, los hipócritas, los que están por encima del bien y del mal, los que siempre están sonriendo, los que nunca están cansados, los que siempre están quejándose de que llueva.

Claro que hay dos Españas.