Sobre ‘Robocop’ y el hombre recogiendo sus pedazos

Es lo que tienen las Grandes Obras Maestras (y eso de Obra Maestra es una expresión que muchos manosean a diario para dar la impresión, ingenuos ellos, de que tienen alguna idea de lo que hablan, o de que tienen grandes conocimientos de arte y de cultura, pero eso es un tema del que ya hablamos en otra ocasión…): que todo aquello que muestran o narran es una enorme e incontrovertible verdad. Una verdad que no solamente pone los pelos de punta, sino que nos conmueve hasta lo más profundo de nuestro corazón, de nuestro ánimo y, sobre todo, de nuestras tripas. Una verdad que nace no solamente de una mirada libérrima y de una posición ajena a toda moral preestablecida, también de un absoluto dominio de la técnica y de una audacia a prueba de cínicos. ‘Robocop’, dirigida en 1987 por el holandés Paul Verhoeven en su primer esfuerzo creativo plenamente estadounidense, es una de esas Obras Maestras que conmueven y que provocan un escalofrío moral inolvidable. Una película que honra el depauperado género sci-fi y le devuelve, una vez más, su condición de insuperable radiografía del mundo que está por venir. No el de dentro de tres o cuatro décadas, sino el de dentro tres o cuatro años, o mejor, el de ahora mismo, disfrazado de ficción.

Una de las primeras secuencias de la película, que el lector puede visionar gracias al vídeo situado sobre estas líneas, es aquella en la que una gran corporación multimillonaria presenta un nuevo prototipo de policía, un inmenso, amenazador, androide, provisto de dos cañones, que esa empresa espera que sea la solución para detener la ola de crímenes de la ciudad. Todo sale mal cuando, en plena demostración, el androide despedazada a uno de los ejecutivos, acribillándole a balazos, cuando en teoría estaba programado para simplemente advertirle que debía tirar el arma. ¿Cómo no situar esta escalofriante secuencia, teñida además de un humor negro salvaje (el jefazo diciéndole al responsable que está “muy decepcionado” con el cadáver del ejecutivo todavía caliente a sus pies…) en el mundo real, como crónica del omnípodo poder de las grandes empresas capaces de cualquier cosa para obtener contratos estratosféricos, al margen de la ley o de los derechos civiles? ¿Cómo no identificar el rostro del gran actor Ronny Cox, un villano siempre sensacional, con los rostros casi siempre anónimos de esos mandamases a los que les importa un carajo el hombre corriente y la sociedad y sólo están preocupados por el margen de beneficio económico?

Con contundencia devastadora, ‘Robocop’, nada más empezar, pinta el peor de los escenarios posibles. Es decir: fija el triste y miserable mundo tal cual es: un infierno en el que los hombres se aprovechan de otros hombres, les dominan y les aniquilan para conseguir más dinero. Recuerdo haber visto esta película con muy pocos años de edad y haber quedado muy impresionado por sus aterradoras imágenes. Me pareció, por entonces, una de las cosas más brutales que había visto o que podía ver. Y hoy, con treinta y dos años, sigo pensando que es una de las películas más violentas y salvajes que se han hecho jamás. Su violencia sanguinaria es asqueante, te petrifica. Pero en el seno de este relato late una dignidad, una compasión por el hombre, que logra trascender (en un milagro estético pocas veces confirmado como tal) esa violencia para purificarnos interiormente. Es una catarsis como esas que buscaban los poetas griegos. Es decir, su barbarismo te sobrecoge. Pero su verdad y su dignidad te sobrecogen aún más y te liberan de tu propia violencia. Es un drama en el que un policía noble y valiente es despedazado por una panda de asesinos y luego, gracias a la tecnología, transformado en el policía perfecto, casi invulnerable, que sin embargo conserva algunos recuerdos atormentadores.

El mito de la criatura de Frankenstein está ahí, claro, pero también mucha de la literatura sobre futuros apocalípticos en los que no hay lugar para la esperanza. Y la secuencia que incluyo debajo del todo de estas líneas, es la narración exacta de cómo es imposible enfrentarse a los poderosos, porque estos ya te han programado, aunque seas valiente y quieras cambiar las cosas, para que no puedas ni defenderte, y seas aplastado por su fuerza destructora. Recuerdo también, perfectamente, el sentimiento de impotencia absoluta, de devastación anímica insuperable, que me produjo esa segunda secuencia. Y viéndola ahora siento lo mismo: me enerva, me conmueve, me aterra observar a esa enorme máquina disparando a bocajarro al valiente y destrozado héroe de la película, incapaz de hacer nada ante el avance de una fuerza imparable. Verhoeven, con sensibilidad de maestro, incluye un plano que siempre me ha fascinado: roto el cristal del casco del policía cyborg, podemos alcanzar a ver, en un plano detalle, uno de sus ojos humanos, que observa atemorizado a su ejecutor a punto de rematarle. Es imposible encontrar una imagen más perfecta del hombre despedazado, humillado, acorralado y a punto de capitular…Y, sin embargo, aún tendrá fuerzas para escapar e intentarlo una segunda vez.

Esta película, como por ejemplo ‘Terminator’, de James Cameron, filmada tres años antes, pocas veces ha gozado del prestigio crítico que sin duda merece. Como mucho, las han despachado con un fácil elogio a su  técnica y a su vigoroso sentido de la acción. Pero en bastantes ocasiones he escuchado o leído absolutos despropósitos acerca de ellas, o de otras Obras Maestras, como fáciles películas comerciales, simplemente construidas para distraer al personal, o abrumarle con sus efectos especiales. Pero en España, como en otros países, me temo, los prejuicios estaban, y están, a la orden del día, y muchos no sabrían reconocer una Obra Maestra ni aunque se la pusieran delante de la cara y les explicaran, paso a paso, las innumerables razones por las que son grandes obras. Dicen, aunque esto ya no me lo creo mucho, pues los directores famosos suelen inventar anécdotas como esta, que Verhoeven leyó el guión de esta película y lo lanzó a la basura. Fue su mujer la que rescató de allí el libreto y convenció a su marido de que tenía que hacer esa película. Si la anécdota es cierta, debemos a la mujer de este gran director de cine un inmenso agradecimiento, porque quizá sin ella no tendríamos ‘Robocop’, y es que muchas veces los milagros tienen lugar no solamente por los que los hacen posibles directamente, sino por los humildes que se quedan detrás de los focos pero aportaron su granito de arena.

Yo, que venero esta película, reconozco que me cuesta mucho volver a verla, porque sé que voy a sufrir mucho con las aventuras del pobre Murphy, y con la violencia sanguinaria de esta película. Pero, haciendo gala de mi vena masoca, la pongo una y otra vez y me maravillo por la sencillez y la verdad que emana de cada una de sus secuencias. En el cada vez más despiadado mundo que nos ha tocado vivir, con las grandes corporaciones amenazando con devolvernos a todos (a los humildes, claro, no a ellos mismos) a la Edad Media, ver esta película es de obligado cumplimiento. Así sabremos la que nos espera a todos cuando de una puta vez (si es que nos damos cuenta de lo imprescindible que es esto) asaltemos sus despachos impolutos y relucientes y los mandemos de una patada a darse un garbeo por cien metros de altura, hasta que se estrellen contra el suelo (aaaaaaaaah…chof!). Lo más probable es que nos machaquen bien machacaos. Que nos fulminen. Pero también es más que probable que no sea suficiente para terminar del todo con nosotros, y que aún tengamos una segunda oportunidad para mandarles a todos al infierno, que tanto echan de menos y les echa de menos.