La hipnosis de ‘Vértigo’ (Anticrítica)

Quiero aprovechar mi post número 100 en esta mi página para, antes de entrar en materia con la película de Hitchcock, y por eso lo he subtitulado con el (Anticrítica), para establecer una serie de cuestiones de las que cada vez estoy más seguro, después de llevar varios años escribiendo sobre películas, sobre música, sobre libros y sobre cultura en general:

1. Hay obras sobre las que ya no cabe un comentario crítico, al menos un comentario en profundidad, a menos que ese comentario critico vaya en contra de lo que opina la mayoría. Es decir, llegar ahora y decir que la ‘Casablanca’ de Curtiz es una obra maestra (no creo que lo sea, por cierto, aunque sí es absolutamente brillante en la técnica y romántica en su historia) o que el ‘Jules et Jim’ de Truffaut es una pieza absolutamente revolucionaria y libérrima, pues tiene poco sentido. Si no se aporta algo nuevo, una mirada original a un material tantas veces comentado, es como escribir otra vez el cuento de Caperucita Roja. Tampoco se debería por ello atacar sin argumentos obras consideradas grandes o importantes, sino quizá cuestionarlas con el sentido común que ofrece la perspectiva histórica.

2. De esto se deduce que, en mi opinión, un comentarista o crítico o analista o lo que sea o como lo quieran llamar, tiene una responsabilidad máxima: hablar de las obras de su tiempo, porque él vive en esa época y puede (o debería) comprender qué es lo que significan en esa época, y ponerlas en relación, sólo si le apetece o lo cree necesario, con las obras del pasado. Comentar una película de hace cuarenta o sesenta años como se comenta una película de este año o de hace cinco, es una enorme equivocación intelectual, porque son otros parámetros estéticos, otra estética, y así debe ser considerado. Es muchísimo más fácil escribir sobre la película X del director X de hace cuatro décadas, venerada por generaciones de críticos y cinéfilos, que lanzarse al vacío y valorar lo que se hace ahora mismo.

Y 3. Que, pese a todo, siempre es un placer volver a hablar de grandes películas o de célebres películas, y constatar, quizá, que esto del cine cambia y evoluciona a toda velocidad, porque, tal como dijo un genio, no se sabe muy bien todavía qué es el cine y quizá ahí radica su mayor misterio y su mayor belleza.

Pero vamos con ‘Vértigo’, que aquí se titulo con el tétrico título de la novela original de Pierre Boileau y Thomas Narcejak en que está basada, ‘De entre los muertos’:

Hace mucho que esta película de Hitchcock es una de las más famosas de la historia del cine, y una de las más admiradas, o sencillamente la más admirada, de su director. Eso sí, cuando se estrenó en los EEUU, no fue lo que se dice un éxito masivo, y aunque Hitchcock la amaba secretamente como el creador de una obra que sabe frágil y muy personal, no dudó tampoco en lamentar que no le quedó todo lo redonda que a él le hubiera gustado, echando la culpa a James Stewart, a Vera Miles y a lo que hiciera falta. En verdad, y para no andarme con demasiados rodeos sobre lo que pienso de esta obra, ‘Vértigo’ ha envejecido bastante mal, aunque sin duda posee un hipnotismo y una belleza en algunas de sus secuencias que justifican, y mucho, la veneración hacia esta obra. Una película realizada por su director un año después como ‘Con la muerte en los talones’ (‘North by Northwest’) ha soportado muchísimo mejor el paso del tiempo, y otras como ‘La ventana indiscreta’ (‘Rear Window’, 1954), ‘La sombra de una duda’ (‘Shadow of a Doubt’, 1943) o ‘Encadenados’ (‘Notorius’, 1946), que para mí son el trío de grandes películas del orondo genial, son mucho más sólidas, impresionantes y magistrales que esta.

Y, sin embargo, ‘Vértigo’ tiene algo que la convierte en un Hitchcock fuera de toda norma. La novela fue escrita expresamente para él, para que la adaptara al cine, y así la historia parece un compendio de las obsesiones más atormentadoras de este cineasta. Pero es incontestable que se trata de una enorme mentira argumental, de una trama que no se sostiene a poco que se mire con detenimiento (¿cómo es posible que Judy conserve el medallón? ¿qué policía no se daría cuenta de que Madeleine fue estrangulada antes de arrojarse presuntamente desde el campanario?), y hay grandes zonas que quedan muertas o demasiado explicativas. Pero es como si todo ello fuera necesario, imprescindible, para que Hitchcock llegase a donde le interesa llegar: la fantasía definitiva del voyeur, la reconstrucción de una enfermiza y devastadora obsesión y nostalgia por el amor perdido. La película es la gran obra que Hitchcock buscaba cuando vemos a Scotty vagabundeando por San Francisco triste y abatido y se encuentra con Judy y luego empieza a convertirla en Madeleine. Es vencer al tiempo irrecuperable, a la pérdida que se adivina en los ojos de Stewart. Es, sencillamente, esta secuencia:

Hitchcock, raro en él, sacrifica la verosimilitud de una historia y elabora una enorme estafa argumental para poner en un pedestal imágenes arrasadoras: la pareja besándose con el oleaje rompiendo en segundo término, Madeleine mirando el puente de San Francisco como si fuera un puente hacia la otra vida, la arquitectura de la misión española como el escenario de un sueño o de una pesadilla. En un principio iba a ser Vera Miles quien hiciera de Madeleine/Judy, pero ahora es imposible imaginarse a otra que no sea Kim Novak, uno de los más bellos animales que se han paseado por una pantalla, y en la unívoca masculinidad de Madeleine y en la sensualidad casi primaria de Judy, vemos a una Novak sublime, fantasía de recambio de un Hitchcock que se cogió un buen cabreo con el embarazo de la Miles y echó mano de una actriz pocas veces elogiada pero que sin duda se come la pantalla a dentelladas de talento y erotismo. Qué diferente habría sido la película con Vera Miles, quizá más parecida a esa mujer-institutriz que, según le contaba Hitchcock a Truffaut, es mucho más erótica que, precisamente, la típica mujer voluptuosa a lo Kim Novak. Hitchcock quería tocar el cielo por denegación, transmutándose en Scotty, porque a veces simplemente besar a la mujer de tus sueños es tocar el cielo…

Esta imperfecta pero extraordinaria película de Hitchcock, con imágenes sublimes y otras que hoy día rozan el ridículo, es un salto al vacío, una confesión sexual de ese cineasta irrepetible que, no me cabe duda, podría haber hecho cosas todavía mayores si hubiera nacido cuarenta años más tarde y hubiera gozado de la libertad que su ingenio y su sensibilidad necesitaban. El cine estaba poco preparado entonces para una mirada como la suya en su vertiente más personal, y quizá habría simplemente contado un sueño lírico sin recurrir a estafas argumentales o tramas especulativas. En realidad, Hitchcock estaba muy adelantado a su tiempo.

Bernard Hermann – Madeleine and Carlotta’s Portrait