‘No tengas miedo’, la gran ausente de los Goya

No me cabe duda, si a los miembros de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de España (un poco largo el nombre de esta institución, estaremos todos de acuerdo) todavía no les ha abandonado del todo la sensatez y el buen gusto, que ‘No habrá paz para los malvados’, que es una película magistral e impresionante, se alzará el próximo 19 de Febrero con los Premios Goya a mejor película, director (Enrique Urbizu), actor protagonista (José Coronado), mejor guión (Urbizu y Michel Gaztambide) y mejor montaje (Pablo Blanco), y puede que algunos premios más; y que Michelle Jenner ganará el de mejor actriz novel o revelación por ‘No tengas miedo’ de Montxo Armendáriz. Pero también creo que precisamente ‘No tengas miedo’ es otra de las películas españolas del año y que debería concurrir como finalista a algunos premios más, porque se trata de un filme notable que se merecía nominaciones a película, director, guión, y actor de reparto, entre otros, y es una injusticia que no las haya obtenido.

‘No tengas miedo’ es una obra serena y humilde bajo cuya serenidad y humildad hay una tensión y un pavor cotidiano que le deja a uno helado, petrificado, ante el horror de lo que está contando y ante la firmeza y convicción con que nos lo está contando. Pocas veces he sentido yo un aplastamiento anímico mayor con herramientas narrativas tan sutiles y tan lejanas a todo rasgo de divismo o exageración. Cuenta, como ya sabrán muchos lectores, el infierno de una muchacha que desde muy pequeña sufre abusos sexuales por parte de su padre, y cuya madre no quiere darse cuenta de lo que ha pasado y sigue pasando porque quiere una vida estupenda sin problemas y sin enfrentarse a la realidad. Pero como ya hacía la magnífica ‘Te doy mis ojos’ (sin lugar a dudas la película más redonda de Icíar Bollaín) respecto al maltrato físico y psicológico de un hombre hacia su mujer, no ofrece soluciones fáciles ni se deja llevar por el maniqueísmo, no cae jamás en el morbo fácil mostrando la tortura sin solución de esta niña-muchacha, sino que en todo momento se sostiene por la elegancia y la dureza de una mirada indómita.

La historia, un guión original de Armendáriz, es una crónica del dolor y de la soledad, nunca una trama con buenos y malos, con desarrollo y desenlace. Nunca un thriller. No llegamos nunca, aunque estamos bastante mal acostumbrados, a un clímax o a una revelación. No hay un crescendo. “Tan solo” la certeza de que la gente está bien jodida y bien sola, que superar el pasado es algo casi imposible para muchos, que soportar la carga de la vida puede ser casi peor que la muerte. Con la cercanía pero también con la sobriedad de un documental, las imágenes de esta película son siempre las necesarias, y casi se agradece su no muy larga duración porque toda ella es como una nota sostenida que parece a punto de romperse, de desmoronarse, y deja al espectador exhausto de tanta desolación. Lo que vemos nos conmueve al mismo tiempo que nos asquea, y eso es mucho más difícil de hacer de lo que pudiera parecer.

Ya va siendo hora de considerar a Montxo Armendáriz como uno de los directores más importantes del cine español de las últimas décadas. Ha sido capaz de triunfar en casi todo lo que se ha propuesto, y siempre con dignidad y talento artesanal, aunque no ha firmado una carrera extensa en títulos. Fueron magníficas ‘Secretos del corazón’ y ‘Silencio roto’, y otras. Y aquí vuelve a demostrar que es un cineasta muy inteligente y lleno de coraje. Su cámara siempre está donde debe y nunca se da facilidades a sí misma, como en la crucial escena del diálogo entre madre e hija (la imagen de arriba del todo de estas líneas) en la que decide situar a su protagonista de perfil cuando muchos directores la habrían encuadrado de frente o al menos alternando en primeros planos de ella. Pero Armendáriz lo soluciona casi todo con planos muy largos, a menudo con secuencias resueltas sin cortes, que precisamente por eso capturan una emoción y una tensión difíciles de describir. Es decir: hace fácil lo difícil, como los grandes.

Y dirige a sus actores con mano maestra. No solamente Michelle Jenner, que está como nunca la vimos (y que siendo una actriz muy fotogénica, nunca ha dado la impresión de ser un gran talento, las cosas como son), sino todos y cada uno de los componentes del reparto, entre los que brilla con luz propia el gran Lluís Homar en un papel muy desagradecido, muy duro y patético, y con Belén Rueda mucho mejor que en otros papeles en los que se la ha sobrevalorado, bajo mi punto de vista. Todo ello para dar una visión de la vida y del ser humano realmente lúcida y sin concesiones de ninguna clase al espectador. Porque se trata de un relato de perdón y aceptación. No de perdón hacia el monstruo que te destruyó la vida, aunque también, sobre todo de aceptación del pasado, de mirar hacia el futuro, y de perdonarse a uno mismo, que es lo más difícil que se puede hacer en la vida.

En definitiva, una película magnífica y durísima.