Un día blanco, blanquísimo

Cuando un ser querido cae enfermo, o muy enfermo, te descubres deseando con todas tus fuerzas intercambiar los papeles, ser tú la persona enferma, y que la otra persona recupere su salud. Esto es, como todo lo que hace y siente y piensa y dice cualquier persona (incapaces todos de llevar a cabo algo completamente altruista), un acto o un anhelo de puro egoísmo. El egoísmo de dejar de sufrir y de pasarlo mal. Pura mezquindad, un agujero negro. Pero lo piensas igual, lo anhelas igual, aunque eso significara que otros sufrieran o se preocuparan por ti, tan estúpidos somos los seres humanos. Y aunque no sucede, ni es posible ese intercambio, tú también te sientes enfermo, como si la condición de esa persona te impregnara hasta las tripas. Y sólo es el comienzo.

Buscas y afanas, como un cazador de tesoros, todo eso que te salva, que te pone a buen recaudo, todas aquellas cosas que te aportan un rayo de luz. Este Cuaderno Audiovisual es algo así, en verdad: un compendio de todo lo que me gusta y lo que me llena de vida, lo que veo y oigo todos los días, y también de todo aquello que no me gusta y no considero valioso, como si pudiera expulsarlo de mí. Como una enfermedad. A lo mejor yo también estoy enfermo… y sano al mismo tiempo. Enfermo de pasión devoradora y contagiosa por todo aquello que me conmueve, y sano y lleno de energía autodestructiva y de autoaversión sin límites. No lo sé. Pero ahora tengo que hacer acopio de fuerzas y esto supone tener a mano, bien amarrados, mis libros favoritos, mi música predilecta, mis películas amigas. Todo eso que da la impresión, aunque sea por unos breves momentos, de convertir un día negro, negrísimo, en otro blanco, blanquísimo.

Así que quédate bien cerca, Bernet, con todo tu erotismo y tu jovialidad, y también Groo, con todo tu gamberrismo y tus carcajadas. Que no se vayan muy lejos las obras maestras de Marguerite Yourcenar, Edgar Allan Poe, Friedrich Nietzsche, Raymond Chandler, Oscar Wilde, Henry David Thoreau, Robert Erwin Howard, Susan Sontag, Alejandro Dumas, Hermann Hesse. Quiero bien lejos a ‘A dos metros bajo tierra’…bueno, no, que tengo que acabar ese ensayo antes de irme a la mierda. Quiero pegar los ojos bien a la pantalla con McNulty, Omar Little, Stringer Bell, Bubbles, Frank Sobotka, Gus Haynes y todos los demás. Quiero mojar bien el frasco de la miseria sexual y de la ira mal contenida con Tony Soprano y su panda. Quiero saber que a veces uno puede vencer aunque no sea más que un capullo, un pobre diablo, como Walter White y Jesse Pinkman, y mandar las leyes y las convenciones y toda la puta sociedad de mierda al infierno.

Voy a quemarme los tímpanos con ‘Extremoduro’, y a bailar en zonas oscuras del alma con Massive Attack, y a ver cosas que otros no pueden ni soñar porque están incapacitados para poder hacerlo (qué raro es encontrar a alguien con imaginación) cada vez que timbra la voz de Beth Gibbons con Portishead, y se derriten los límites de la realidad y de los sentimientos. Y voy a escuchar bien cerca el susurro de la oscuridad de Francis Ford Coppola, que es uno de los que más sabe de los monstruos que produce el más enorme dolor. Y voy a sentarme a ver películas al lado de amigos a los que nunca conoceré, como Paul Verhoeven, y Paul Thomas Anderson, y Andrei Tarkovski. Voy a averiguar qué diablos me quieren enseñar cuando señalan algo con el dedo, es decir, cuando encuadran con una cámara. Y voy a jugar a las cartas con un maestro de las manos como Dave Grusin, o como Glenn Gould, que escribieron los más maravillosos poemas al piano. Y voy a escupir sobre todos los tartufos, como quieren que haga Boris Vallejo, o Palazón, o García Viñó: sobre todos los catetos envanecidos que deberían dejar de escribir porque están incapacitados para poder hacerlo, todos los que deberían dejar de dar sus opiniones porque no tienen, y todos aquellos que están en este mundo porque en este triste mundo tiene que haber de todo.

Todo esto porque tengo que estar bien, porque tengo que mantenerme vivo por dentro.

Aunque no reconozca el reflejo en el espejo. No ya por las ojeras y las canas. Sino por ese brillo en los ojos que no parece el mío.

Porque hay nuevos dolores que eclipsan todos los demás y ahogan los viejos. Como si los barrieran con su escoba de hierro al rojo. Por muy profundos y cicatrizados que estuvieran los viejos, las tragedias íntimas que me perseguían hasta ahora por la mañana al levantarme, esos rostros, esos recuerdos devastadores, siguen ahí, claro (nunca abandonarán a un tipo como yo, que las alienta), pero agazapadas, atemorizadas, por este nuevo dolor, que las ha relegado.

Ya volverán.

Espero.