En el arte el pasado nunca vuelve

El gran Manuel García Viñó, grande no sólo porque es uno de los pocos críticos de arte (en este caso literatura), junto con Juan Malherido (curiosamente, también en literatura), a los que merece la pena seguir, también porque es de los pocos que hace ya mucho se dio cuenta, como también el otro citado, de que en el arte no puede hacerse lo que ya se ha hecho, que los pastiches no tienen cabida, que un artista sobre todo debe tener un mundo propio, ya sea pictórico, literario o cinematográfico, y porque, también como Malherido, es muy divertido leerle. En cierta ocasión, García Viñó, en una de sus críticas a la supuesta labor literaria de Arturo Pérez-Reverte, empezó con una parábola, y cito: “Un hombre de mediana edad, con dotes para pintar, y entusiasta de las pinturas que, merced a un álbum que le regaló su abuelo, le hicieron feliz en su niñez, decide seguir la senda de aquellos lejanos artistas: los bizantinos. Y se pone a pintar iconos de la Virgen y Pantocrators. Resulta entonces que a la poco letrada burguesía en medio de la cual vive, y que no entiende el arte de su época, le da por comprárselos. Y no da abasto. Y se hace popular y millonario. ¿Qué diríamos? Pues que san Pedro se lo bendiga ¿no? Pero ¿le organizaríamos un congreso en una Universidad? ¿Diríamos de él que ha revolucionado el arte pictórico? ¿Le nombraríamos académico de Bellas Artes?”.

En los recientes premios Oscar, los premios cinematográficos más seguidos del mundo a nivel televisivo, y que siempre están en boca de todo el mundo como si representaran la verdad absoluta, ha triunfado una película tan increíblemente aburrida, tan poco interesante a todos los niveles, tan desproporcionadamente celebrada, como es ‘The Artist’. El que piense que la han elegido un grupo de académicos en una votación democrática, después de haber arrasado en prácticamente todos los premios a los que ha concurrido, es un ingenuo o algo peor. Estaba decidido de antemano que lo ganara. En un disparate parecido al de ‘El discurso del rey’ u otras nimiedades de similar enjundia, se la ha aupado por una serie de decisiones de marketing y de mercado que nada tienen que ver con el arte. Y la más poderosa razón por la que se ha visto galardonado con el premio a mejor película, mejor director y mejor actor, además de ese premio vergonzoso a mejor música original (¿original?), y del más defendible de vestuario, es porque detrás de todo este aparato de marketing está el hombre más poderoso de la industria de Hollywood, el señor Harvey Weinstein, que casi consigue que su criatura triunfara también en Cannes, y que ha convencido a muchas mentes poco exigentes que esta campaña de prestigio estaba justificada por los valores intrínsecos de la obra de Hazanavicius.

Nada más lejos de la realidad. Ya escribí aquí un ataque bastante leído a la supuesta obra maestra que tantos han aclamado. Y lo hice con argumentos, no con especulaciones de tipo sentimental. Se puede resumir todo en esto:

1. En este supuesto “homenaje” al cine mudo de Hollywood, lo que se ha ejecutado no es una película muda, sino un filme sonoro del que han eliminado el sonido, y que solamente con sus imágenes, que en eso era grande el cine mudo, no cuenta una historia. Es decir, que si ya es bastante grave que base su pertinencia o su calidad en ser un filme silente, como si eso fuera un valor en sí mismo, en ser un pastiche de épocas pasadas, encima lo hace mal.

2. Que no existe una sola secuencia verdaderamente destacable en toda la película, y que lo basa todo en algunos momentos de una sensiblería recalcitrante que toma al espectador inteligente y sensible por tonto.

3. Que es la historia de un egocéntrico inaguantable y de una arribista sin escrúpulos, y que parece escrita por un niño de cinco años, e interpretada por el protagonista copiando tics de Gene Kelly o Douglas Fairbanks, y por ella con una falta de recursos clamorosa

4. Que sus supuestas influencias están muy mal asimiladas, y, lo que es peor, muy mal ensambladas en el homenaje que intenta montar.

5. Que a fin de cuentas, no es necesaria ningún tipo de reivindicación al cine mudo, y mucho menos por cineastas de tan poco fuste como el francés.

6. Que Hazanavicius carece por completo de imaginación visual y de un mundo propio cinematográfico.

Nadie, con un poco de ideas de lo que hable, y sin los fanatismos propios de estos tiempos, puede negar ninguno de estos seis puntos. Yo he oído y leído a gente inteligente defender esta película con algunos argumentos, pero en ningún caso con veneración o admiración de ninguna clase. Y, sin embargo, ahí está, considerada como la mejor película del año por encima de trabajos de Woody Allen, Martin Scorsese, Terrence Malick, o de otros que ni siquiera han estado nominados como Nicolas Winding Refn o Lars Von Trier, todos ellos directores de verdad, mucho más profundos y preparados que el Hazanavicius del que nadie se acordará en un par de años, y que este año han presentado algunos de sus mejores trabajos.

En realidad, son las películas, las grandes, las que otorgan prestigio a los premios, y no al revés. Con el Goya a mejor película a ‘No habrá paz para los malvados’, estos premios patrios se han cubierto de prestigio, y si siempre premiaran cosas parecidas, en lugar de las nimiedades que suelen premiar, serían unos premios mucho más importantes. Lo mismo pasa con los Oscar, que llevan muchos años a merced de los grupos de presión de la industria, el más poderoso el de Harvey Weinstein, y de campañas de promoción más parecidas a unas elecciones presidenciales (tan amañadas como estos circos, que nadie lo dude, ni lo dudará, espero…) que a una selección de lo mejor de un arte determinado, llevada a cabo por expertos solventes y honestos. Una película no es mejor que otras, o más importante, porque se dedique a recuperar (mal) algunas de las sensaciones de épocas pasadas. Esto es exactamente lo mismo que volver a inventar la bicicleta. Si algunos críticos o espectadores lo necesitan, allá ellos. En realidad, un artista siempre ha de estar mirando hacia el futuro. Por supuesto conociendo su medio, pero sin ese gusto por la exhaustividad histórica tan en boga hoy día. Lo único necesario es saber cuáles son las capacidades de un soporte determinado, en este caso el cine, para canalizarlo en un medio de expresión que realmente consiga abrir al mundo toda una serie de sentimientos, ideas o emociones interiores. Es decir, un mundo interior, propio, inextricable.

Por eso no tienen ningún sentido todas esas críticas en las que el autor, con una presencia de ánimo admirable pero estéril, se dedica a enumerar las influencias de este o aquel plano, para, en lugar de adentrarse en los resortes verdaderos que hacen posible una obra, exhibir una cuestionable erudición histórica, como si un plano o una secuencia fuera un collage de retazos pasados, en lugar de la búsqueda de una segunda realidad. ¿Alguien se imagina a un crítico literario comentando que tal frase está sacada de tal autor, y aquella otra de aquella novela? Esto es anteponer el fondo a la forma, y el academicismo a lo dionisíaco y revolucionario. Tal cual. No lo hicieron en Cannes, donde premiaron la radicalidad y la valentía de ‘El árbol de la vida’ de Malick, pero yo sabía que esta obra de arte sería ninguneada en los Oscar. Hasta tal punto que mi amigo Emilio, que lleva la web The Cinefagos en la que colaboro eventualmente, hizo una apuesta conmigo a que ganaba Emmanuel Lubezki el premio a la mejor fotografía, mientras que yo estaba seguro que ganaría ‘The Artist’ en esa categoría. Ninguno de los dos ganó la apuesta, por desgracia. Pero no me hubiera sorprendido que ganara la buena fotografía de ‘The Artist’ aunque represente una vuelta al pasado inadmisible en el arte. ¿Alguien puede buscar referencias a ‘El árbol de la vida’ o a ‘La delgada línea roja’? Referencias estilísticas, digo. Lo dudo mucho. Los verdaderos autores son inimitables, esto conlleva al ridículo, y tampoco imitan a nadie. Sencillamente no saben hacerlo.

Estos premios, entregados, promovidos y aplaudidos por gente que nada tiene que ver con el arte, o que no les interesa el arte, son una verdadera vergüenza, un disparate, y ya no gozan de credibilidad alguna. No sé qué pretenden Harvey Weinstein y los millones de personas que están de acuerdo con sus gustos, salvo matar definitivamente el cine. Como diría García Viñó: ¡piedad para el cine!