Narrativa y estética: ‘¿Quién engañó a Roger Rabbit?’

Al hilo de lo que hablábamos el otro día sobre el disparate de considerar a ‘The Artist’ la mejor película del año en esa patochada anual llamada premios Oscar, me vino a la memoria una película que sí que era un homenaje rotundo y maravilloso a otras épocas del cine, y que estaba realizada por gente solvente que conocía muy bien el medio, que amaba verdaderamente el cine y que, pese a ello, era capaz, mientras ejercitaba el músculo de la nostalgia, de hacer cine completamente moderno y de su época. Esa película era, claro, ‘¿Quién engañó a Roger Rabbit?’ (‘Who Framed Roger Rabbit’, Robert Zemeckis, 1988). Y como ya he hablado o escrito muchas veces sobre maravillosas películas que, al contrario que el bodrio inflado de Hazanavicius sí que son homenajes profundos y conmovedores al cine de otras épocas, como ‘Bram Stoker’s Dracula’ del genio Coppola, ‘Boogie Nights’ del terrible P.T. Anderson, o ‘Ed Wood’ del irregular Tim Burton, vamos a comentar un poco hoy esta estupenda película de la mejor época, la más desvergonzada y apasionante, del bueno de Zemeckis, delfín de Steven Spielberg, que apadrinó el proyecto y pudo hacerlo realidad.

Uno de los males mayores del cine actual es la práctica del pastiche. No me refiero a los “remake”, que no me molestan absolutamente nada, sobre todo si la nueva versión es superior a la anterior (y aunque sea inferior, lamentar un remake es una bobada, y el cine está plagado de remakes confesos o inconfesos), o a los homenajes o referencias (Tarantino no hace pastiches aunque muchos le acusen de ello, pues posee un mundo interior absolutamente personal que trasciende con mucho su vampirismo genérico), hablo de pastiches. Es decir, repetir lo que ya se ha hecho, de la misma forma que estaba hecho. Además es imposible. Una de las lecciones que hemos aprendido al ver algunos remakes (me viene a la cabeza la nueva, y superior, versión de ‘Funny Games’, del hijueputa Haneke), es que aunque repitas plano a plano, diálogo o situación, haces otra película. Pero, sobre todo, la práctica del pastiche conlleva una certeza: el cineasta o cineastas que lo practican están renegando de la narrativa y la estética de su tiempo, abrazando las formas pasadas como las únicas válidas y siendo incapaces de hacer lo que debería distinguir a todo buen cineasta o artista: coger el pulso de tu época, de tu estética, y aportar algo a ello.

En la película de Zemeckis, como en la de Hazanavicius, nos vemos transportados a otra época del cine, a otra ciudad de Los Angeles. Bien. Pero mientras en la segunda se lleva a cabo un ejercicio de posmodernismo disfrazado de rancio clasicismo, en la película de Zemeckis se emplea narrativa y estética de su tiempo para rememorar épocas pasadas. Por mucho que demasiados aprendices de críticos de cine o cinéfilos obtusos quieran ignorarlo, cada época, incluso cada generación, tiene una estética, y de esa estética se deriva una narrativa. Lo que en estos momentos pueda considerarse clásico, en el mejor sentido de la expresión, fue en su momento increíblemente rompedor. Visionario, revolucionario. Por eso en su momento no fue declarado como clásico. Cuando John Ford hacía películas, nadie las consideraba clásicas, quizá porque los críticos y los cinéfilos de aquella época valían algo, y poseían bastante más cultura que los de ahora. En realidad no hay nada más anti-académico, anti-clásico, que muchas películas de John Ford. Pero ya hablaré de él en profundidad en otra ocasión. Hablemos de Roger Rabbit, que es un filme que siempre me ha entusiasmado.

Es la historia de un detective privado y de la extraña aventura que le une a un tal Roger Rabbit, un conejo de dibujos animados con las orejas de Bugs Bunny, la torpeza de Goofy y los guantes de Mickey Mouse. Con ello, la rocambolesca trama de asesinatos y ambiciones absurdas (lo de la autopista no tiene desperdicio), se está mirando de reojo toda la tradición de literatura pulp y de la generación Black Mask,  que a su vez originó las películas negras norteamericanas de los treinta y cuarenta. Pero en lugar de pretender narrarlo como en aquella época, aprovechan la idea de incluir dibujos animados para establecer un magnífico puente estético entre el pasado, el presente y el futuro; uniendo a personajes de Disney con los de la Warner Brothers, tiñéndolo todo de un humor negro salvaje, y de una atmósfera noir que habrían envidiado Huston o Lang. Y mostrando situaciones de una forma que, hace treinta o cuarenta años, hubieran sido impensables.

Claro que tenemos una mujer fatal, un villano de la función, unos sicarios con metralletas, persecuciones, coches de la época, una fotografía a caballo entre los años cuarenta y los años noventa. Pero además tenemos un empleo de la cámara absolutamente moderno, y una representación del humor y la violencia que ubican perfectamente una visión del mundo de finales de los ochenta, y no de finales de los treinta. Y la dirección de actores es actual, no forzadamente arcaizante. Y el montaje y el ritmo, la narrativa, extraen de todo eso la mejor forma de presentarlo al espectador de su tiempo. Y no solamente eso, es que es una película increíblemente divertida e ingeniosa, que no tiene miedo de perder completamente la sensatez una vez llegamos a Toon Town y alucinamos con una perfección técnica pasmosa (de efectos visuales, sonoros, de trucos de fotografía), y con un sentido visual (porque Zemeckis tenía un gran sentido visual…hasta que se le terminó misteriosamente…) que roza el surrealismo más gamberro con la excusa de los dibujos animados.

Y en todo ello reside un equilibrio dificilísimo de lograr. Y la nostalgia lo impregna todo pero no se establece como valor absoluto o como sinónimo de calidad.

No sé si me explico.