La leyenda de Conan, el bárbaro

Escribir un artículo (ahora los llaman posts, por eso de formar parte de un blog) sobre una creación literaria tan pulp y, en cierto modo, tan poco prestigiosa como Conan, el bárbaro, señala al autor como un posible friqui, o un flipado de algunos temas como la fantasía heroica tipo ‘El señor de los anillos’, los juegos de rol, las series de fantasía de segunda fila, los cómics y cosas así. Así que, antes que nada, voy a definir mi forma de enfrentarme a la cultura: yo soy un tipo bastante ecléctico. Y un lector nada purista. Con sinceridad, podría ser uno de los individuos más eclécticos que conozco, y de la misma forma que puedo apreciar el arte supremo de Francis Ford Coppola, Ingmar Bergman o Kenji Mizoguchi, también admiro a Jim Carrey, me encantan los videojuegos, y encuentro una gran fuente de inspiración en los cómics. Y en cuanto a literatura, puedo encontrar sublimes algunas creaciones de Marguerite Yourcenar, Raymond Chandler, Hermann Hesse, Fernando Vallejo, Antonio Lobo Antunes, Edgar Allan Poe, Oscar Wilde, Friedrich Nietzsche o William Faulkner, pero también me lo paso en grande con otras creaciones literarias que casi nadie consideraría obras de arte y que, sin embargo, se mantienen tan vivas a lo largo de los años como para generar una ingente bibliografía, una pequeña industria en base a su pertinencia, su carisma y su convocatoria emocional. Pero sobre todo, en el caso de Conan, el bárbaro, ese personaje al que algunos (curiosamente, los que no se han leído ninguna novela de su creador, y probablemente pocos o ningún cómic sobre el personaje) consideran simplemente un tipo de mandíbula cuadrada, montaña de músculos que va repartiendo mandobles o hachazos, estamos ante lo que considero la aventura en estado puro: una aventura post-heroica, desentendida de un heroísmo o una moral, que en los tiempos que corren resulta más estimulante y necesaria, quizá, que nunca.

Pero antes de continuar, un breve interludio para hablar de la película que se estrenó el año pasado:

Se han escrito tantas tonterías acerca de esta película, por gente que no tiene el menor bagaje en la literatura de espada y brujería en particular, y de literatura y cine de aventuras en general, que no merecía la pena siquiera leerlas. No voy a decir yo ahora que la última versión cinematográfica de Conan sea una joya, ni mucho menos, pero se trata de un filme digno que captura muy bien la esencia del personaje y que posee dos secuencias de acción y violencia muy brillantes (la de la persecución en el bosque, y la del combate del protagonista contra los monstruos de arena, primero, y el villano de la función, después). Ciertamente, el tercio final es muy chapucero, y a la falta de dinero e ideas se unía una mala fortuna en la elección de algunos detalles, como la máscara que debía volver un Dios al excelente antagonista interpretado por Stephen Lang, y que le quedaba bastante patética. Además, el clímax del pulpo gigante era suficiente como para dejar satisfecho a cualquiera, y no se explica uno qué necesidad había de terminar la historia de un modo tan mediocre. Pero esta irregular película conseguía, durante buena parte de su metraje, un encanto que otras no se esfuerzan en encontrar, preocupadas más por una espectacularidad en las batallas hechas en CGI, o en una grandilocuencia que, las más de las veces, revelaba precisamente superficialidad y estulticia. Y ese encanto, al menos para quien esto suscribe, se basa en una fisicidad, en un espíritu  pulp, descarnado, violentísimo (es decir, verdadero), que es lo que define a los relatos de espada y brujería y que hoy, lamentablemente, parece perdido. Además, el bueno de Jason Momoa clava al personaje sin esfuerzo aparente, construyendo un personaje mucho más carismático que la mole simiesca (esa sí) a la que dio vida el penoso actor que casi siempre ha sido Arnold Schwarzenegger (quien, sin embargo, estaba magnífico (magnífico de verdad) en ‘Predator’, casi como un Conan del siglo XX… ironías de la creación audiovisual…).

Cierro este interludio dejando por escrito de que en mi opinión el sentido de lo maravilloso, la inoculación del extrañamiento, el espíritu de la aventura de John Milius (un cineasta que hizo gran cine de aventuras con ‘El viento y el león’) en la primera versión cinematográfica de ‘Conan’, son dignas de alguien que no tiene el menor interés en la aventura, en la violencia y en la trepidación, y para el que el género de espada y brujería participaba más de tratar al espectador como a un niño idiota de cinco años (algunos niños de cinco años todavía tienen algo de inteligencia, la que le dejan) más que como a un receptor sensible y necesitado (como lo estamos todos) de ver en una pantalla un estupendo, catártico, baño de sangre con personajes interesantes. Y sucede, al igual que sucedió con Drácula y con Sherlock Holmes, reducido el primero a un idiota vestido de frac (herencia de su icónica imagen teatral de las primeras décadas de la pasada centuria), y el segundo a un hortera con sombrero de cazador de gamos y repitiendo “elemental, querido Watson” a todas horas, frase que jamás pronunció en las creaciones originales de Conan Doyle (herencia de miles de obras de teatro, películas, y otros sucedáneos); sucede, que me voy por las ramas, que la gran creación de Robert Erwin Howard es así mismo poco más que un quebranta-tibias y rebana-cráneos musculoso, que habla con monosílabos, que salva a doncellas en apuros habitualmente ligeras de ropa (y de cascos…), y que se corta el pelo como Edward, duque de Windsor, más conocido como ‘El príncipe valiente’.

Iconos literarios

Hablamos de iconos literarios, los tres (Drácula, Sherlock Holmes y Conan), que trascienden con mucho la celebridad de sus respectivos creadores, quizá porque ninguno de los tres creaba, en puridad, “obras de arte literarias”, sino nítidas narraciones comerciales con las que intentaban ganarse bien la vida. Ni Bram Stoker era Oscar Wilde, ni Conan Doyle era Edgar Allan Poe, ni Erwin Howard cambió la literatura de su época como lo harían Virginia Woolf o William Faulkner. Ahora bien, a diferencia de muchos otros personajes moldeados con vocación comercial y popular, estos tres individuos, el vampiro, el detective y el guerrero, fueron tallados con una materia que parece invulnerable al paso del tiempo, y con herramientas que han vuelto a emplearse, cientos y quizá miles de veces, por otros autores que no poseían la audacia ni el talento universal de Stoker, Conan Doyle o Howard. Quizá porque estos tres hombres eran dueños de una pasión por la narrativa y estética de su tiempo de la que tantos carecen hoy día, porque poseían una cultura mucho más viva y dinámica y, sobre todo, porque pusieron mucho de ellos mismos en sus personajes de ficción, precisamente todo aquello que los revisionistas y continuístas más superficiales descartaron a la hora de actualizar su imagen.

Y es que aunque muchos no quieran, o no puedan, darse cuenta de ello, la obra de arte es el trinomio formado por autor, material artístico y receptor. Y nadie es autor si no pone absolutamente todo lo que es en su material. Es decir, si ese material no es una representación, un espejo, una imagen abstracta, del interior del autor, transformado en otra cosa. Y si el receptor no posee la mínima cultura, curiosidad y capacidad crítica (para con la obra de arte y con el mundo que le rodea), tampoco vale de nada. Pero se da la casualidad de que en los tres casos citados, y por supuesto en Conan, el trinomio funcionó a la perfección cuando la criatura salió a la luz, y su imagen ha sido lo bastante permeable al paso del tiempo como para aceptar todo tipo de reinterpretaciones y nuevas formas, como la muy célebre versión cómic, en diferentes colecciones, que aportaron muchísimo al universo howardiano de espada y brujería y que, desde los años setenta hasta la actualidad, ha mantenido viva, con mayor o menor fortuna, la leyenda del bárbaro más famoso de la literatura.

Howard y su concepción del mundo

Robert Erwin Howard fue un tejano corpulento y melancólico, que vio publicados sus primeros trabajos de ficción sin haber cumplido veinte años, y que a los treinta, nada más enterarse de que a su madre le quedaba muy poco de vida, salió del hospital donde ella se encontraba ingresada, regresó a su coche, y se pegó un tiro en la cabeza. Entre una cosa y otra, le dio tiempo para escribir cientos de cuentos, muchos de los cuales no pasaban de correctamente redactados, pero también para dar vida a personajes tan célebres del pulp de la época como Solomon Kane, el Rey Kull y, claro, Conan. Aunque Conan, sobre el que escribiría cuatro novelas y una veintena de relatos, le aseguró buenos ingresos durante un tiempo, parece poco probable que Howard supiera que casi cien años después sería todo un referente del género de aventuras, que muchos reescribirían o directamente inventarían nuevos relatos acerca del personaje, que se venderían cientos de miles de ejemplares de cómics con su nombre impreso en la portada, y que harían películas, videojuegos y series animadas de televisión.

Siendo un escritor de literatura barata, que escribía westerns y dramas de boxeo en un fin de semana, sorprende el vuelo lírico y la autoexigencia en la construcción y en la prosa de los mejores relatos de Conan, como ‘Clavos rojos’ o ‘La torre del elefante’, cuyas peripecias le sirven a Howard de excusas para hablar de su concepción del hombre y del mundo. Siendo un romántico por naturaleza, inventó el mundo hibóreo como válvula de escape de un mundo con el que no sintonizaba y que le resultaba anodino e insulso. Él prefería cabalgar con su alter-ego Conan por montes agrestes plagados de aventuras, antes que enfrentarse a la rutina diaria. Pero, como buen hijo del siglo XX, su épica carece de todo heroísmo o moral preestablecida, y no convierte a su criatura en un luchador por las libertades, ni en un aventurero compasivo. Más bien le dota de una ferocidad y de un instinto de supervivencia, de una amoralidad, que quizá Howard sabía que, si él mismo hubiera gozado de ellas, habría llevado una vida menos atormentada y solitaria. Es necesario escuchar la voz que inspiró a Howard, sus necesidades íntimas, como las de todo gran escritor, a la hora de evaluar su más notable obra, para acceder a los verdaderos y más emocionantes resortes que la hicieron posible.

Late en los mejores relatos de Conan (porque no todos eran igual de poderosos) una sombría concepción del hombre y de la sociedad. No para ensalzar la manida figura del “buen salvaje”, sino para poner en cuestión la muerte espiritual del ser humano en aras de una civilización siempre decadente y represora de los instintos que nos hacen libres y nos permiten vivir una vida quizá más corta, pero también más plena. En pocas palabras: Conan es ensalzar la experiencia del momento presente en sacrificio de un futuro incierto, en el que un cuestionable “progreso” nos esclaviza de miedos, dependencias y fanatismos. Este personaje es la libertad absoluta que anhelaba Howard y la que algunos lectores todavía buscamos en las páginas de los libros de aventuras y en las imágenes de las películas de aventuras. Violencia sin maniqueísmos, sin buenos ni malos, que nace más de la furiosa y desesperada prosa y visión del mundo de Howard, que de las sanguinarias luchas por la supervivencia de los personajes que viven esas aventuras, aunque también. Y en su primaria porosidad, se encuentra una parábola también del sexo y de los instintos más oscuros del hombre, evidenciados en ese epígono magnífico que es Red Sonja, que Howard no inventó, pero que es la respuesta, la venganza sexual y violenta perfecta, a la masculinidad bestial de Conan.

Dos caras de una misma moneda, imprescindibles en un mundo en que los personajes más fieros (léase Lobezno o Punisher, por citar dos iconos de cómic pésimamente llevados a la pantalla) se convierten en hermanitas de la caridad para entretemiento masivo, en pobres caricaturas de lo que significa la Gran Aventura: la necesidad de sobrevivir, la dignidad de ser por encima de relativismos morales.