Sobre Clint Eastwood y los fanatismos

No falla. Como cada año, o casi, Clint Eastwood presenta una nueva película y como, además, suele filmar sobre temas más o menos importantes y más o menos ambiciosos, se repite la misma cantinela de siempre por parte de un sector de la cinefilia española, justo antes de la temporada de trofeos cinematográficos: que su nueva película debería estar por lo menos nominada a los Oscar (los premios cinematográficos más famosos pero también los menos prestigiosos que existen), a varios Oscar, y que debería ganarlos. Muchas veces el clamor popular comienza mucho antes de que la película en cuestión se haya estrenado, y los muchos fanáticos que siguen a este buen director de cine, en cuanto ven un trailer, o solamente el cartel de la futura película, empiezan a dar la vara con el tema. Olvidando, si es que les importa, que este hombre ya tiene cuatro Oscar (dos como director y otros dos como productor), que ya ha sido ampliamente “reconocido” por su industria, por los premios, por la cinefilia, la crítica y la taquilla, y que otros cineastas, con una aportación sin duda mucho más importante que la suya, o por lo menos mucho menos comerciales, merecen también atención, y no están respaldados con tanto fervor.

Todo esto no es más que un reflejo perfecto de la forma absolutamente desnaturalizada con la que nos relacionamos con la cultura en una sociedad tan hipócrita, cambiante, caprichosa, absurda e ignorante como la española, que tan pronto eleva a los altares a una figura mediática, como la arrastra por el suelo con el mismo, idéntico, fervor, un par de años más tarde. La desproporción con la que ciertos sectores de aficionados acogen cada nuevo trabajo de Eastwood es perfecta para retratar un país en el que pareciera que alguien, hace muchos siglos, inoculó la semilla del fanatismo, en todos los órdenes (sexual, ideológico, político, cultural), hasta crecer como un monstruo de siete cabezas que todo lo distorsiona, hasta volver una simple conversación cinéfila, o un simple comentario sobre un gusto personal, en una cuestión de estado. No me parece un asunto en absoluto pedestre, sino desmoralizador y que impregna de una tensión absurda, de un belicismo infantil, algo tan enriquecedor como lo que debería ser intercambiar opiniones. El que las tenga, claro. El fanatismo es ese estado de ánimo que obliga a posicionarse en contra o a favor, de manera radical y sin puntos medios. Algunos, los que lo practican a diario (y probablemente a causa, o consecuencia de ello, follan poco, y mal) dirían que si no hubiera fanatismos culturales todo sería bastante más aburrido. Afiirmaciones como esa me parecen una demostración de estulticia incurable.

Algunos que me leen desde hace tiempo, y que conocen de sobra mis gustos, estarán pensando en este momento que no tengo derecho a escribir esto,  porque yo soy un fanático de Terrence Malick, o de James Cameron, o de Andrei Tarkovski. No creo que sea cierto. En primer lugar porque hasta en la obra de Tarkovski, que me parece, como Malick, uno de los pocos poetas que ha dado el cine, encuentro fallos o películas equivocadas (‘Solaris’, por ejemplo). Y no creo que ‘The Abyss’, de Cameron, sea una gran película ni por asomo, y hasta pienso, he pensado siempre, que ‘True Lies’ es una estupidez de película como un piano de grande. En segundo lugar, no tengo ningún problema, no se me abren las carnes, no se me hincha la vena del cuello, si me encuentro con un comentario que dice, por ejemplo, que ‘Terminator 2’ es una película sosa, sobrevalorada, o directamente deleznable. Tampoco me altero lo más mínimo si acusan a Malick de aburrido, pedante, absurdo o subnormal. Agradecería, cuando alguien ataca algo que a mí me conmueve, que se ofreciera algún tipo de argumento, aunque en algunos casos esto sería pedir demasiado. Simplemente, lamento que otros no disfruten y no aprecien obras de arte que a mí me parecen sublimes. Es decir, que de fanático nada. Que me borren de la lista. Puedo mantener, de hecho he mantenido, conversaciones con un interlocutor cuyos gustos son diametralmente opuestos a los míos, y no me he sentido atacado ni insultado, ni he experimentado la sensación de que se mean en mi alfombra, ni mucho menos he pensado que la persona con la que hablaba “no tenía ni puta idea de cine”.

Ahora bien, pareciera que cada nueva película de Clint Eastwood, y de algún otro, es una obra maestra insuperable, y aún más: intocable. Si la cuestionas o te parece una equivocación, no te quepa duda de que “no tienes ni puta idea” y lo que quieres es llamar la atención. Que te estás sumando a la moda de darle palos a un director consagrado por eso de hacerte el guay. En pocas palabras: no te quepa duda de que no tienes derecho a hacerlo y que respeten tu punto de vista. Los fanáticos no van a respetar tu punto de vista. Hay quien diría que porque no tienen respeto por nada, ni siquiera por ellos mismos. Pero quienes tengan la mente libre de fanatismos y sepan ver las cosas con un poco de sensatez, convendrán conmigo en que las últimas películas de Eastwood dejan bastante que desear en cuanto a autoexigencia y andan sobradas de autocomplacencia. Con una carrera tan larga, y tan irregular, es lógico que algunos expresemos nuestro descontento con parte de la obra de Eastwood, tengamos o no derecho para poder hacerlo.

Sí me gustaría aclarar que pienso que negar la importancia y la calidad de gran parte de los trabajos como director de Eastwood sería una verdadera memez. Eastwood es ya una leyenda del cine norteamericano, que nada tiene que demostrar ya a nadie y que hace las películas que le da la gana. Como director, actor y productor. Lleva más de medio siglo trabajando sin descanso y dando buena prueba de su talento y de su valentía, cosechando algunos grandes éxitos de taquilla, creando una de las productoras más longevas y prolíficas de la historia del cine americano, levantando proyectos a menudo arriesgados y hasta suicidas, y cuidando cada uno de ellos con mimo y gran profesionalidad. Pero de ahí a considerarle uno de los grandes directores de la historia media un abismo. Su aportación estética y narrativa al cine, en general, es mucho menor que la de compañeros como Francis Ford Coppola, Martin Scorsese, Zhang Yimou, Roman Polanski, Paul Thomas Anderson, David Lynch, James Cameron, Bertrand Tavernier, Hayao Miyazaki, Terrence Malick, Gus Van Sant, Lars Von Trier, Shohei Imamura, por citar algunos vivos (y todos ellos, hasta el último, filman alguna vez cada tontería de película que le dejan a uno estupefacto); ni que decir tiene respecto a otros ya desaparecidos con los que se les suele comparar, como John Ford (realmente, Zhang Yimou sería el John Ford de esta época), Howard Hawks, Raoul Walsh y otros, cuya obra no merece compararse con la de Eastwood, quien no es más, ni menos ciertamente, que un director comercial que ha sabido imponer un estilo o una mirada a ese cine comercial, pero que no siempre está a la altura de su propio talento.

Más que a Sergio Leone o a Don Siegel, la carrera de Eastwood, con sus luces y sus sombras, cada vez se parece más en su extraña trayectoria a la de John Huston, a quien no por casualidad homenajeó en esa estupenda película titulada ‘Cazador blanco, corazón negro’. Pero hagamos un repaso total a toda la carrera de este director, que en sus trabajos como actor para Leone, era mi héroe en la infancia, y en sus papeles de policía brutal para Siegel poco más o menos lo mismo:

Grandes obras: ‘El aventurero de medianoche’ (‘Honkytonk Man’) 1982, ‘Bird’ 1988,  ‘Sin perdón’ 1992, ‘Mystic River’ 2003, ‘Million Dollar Baby’ 2004, ‘Gran Torino’ 2008

Obras notables: ‘Escalofrío en la noche’ 1971, ‘El fuera de la ley’ (‘The Outlaw Josey Wales’) 1976, ‘Cazador blanco, corazón negro’ 1990, ‘Los puentes de Madison’ 1994, ‘Medianoche en el jardín del bien y del mal’ 1997, ‘Ejecución inminente’ (‘True Crime’) 1999, ‘Cartas desde Iwo Jima’ 2006

Obras interesantes: ‘Infierno de cobardes’ (‘High Plans Drifter’) 1973, ‘Bronco Billy’ 1980, ‘El jinete pálido’ (‘Pale Rider’) 1985, ‘Space Cowboys’ 2000

Obras irregulares o simplemente correctas: ‘Primavera en otoño’ (‘Breezy’) 1973, ‘Licencia para matar’ (‘The Eiger Sanction’) 1975, ‘Ruta suicida’ (‘The Gauntlet’) 1977, ‘Impacto súbito’ (‘Sudden Impact’) 1983, ‘El principiante’ (‘The Rookie’) 1990,  ‘Un mundo perfecto’ 1993, ‘Banderas de nuestros padres’ 2006, ‘El intercambio’ 2008, ‘Invictus’ 2009

Obras fallidas o directamente infumables: ‘Firefox’ 1982, ‘El sargento de hierro’ 1986, ‘Poder absoluto’ 1995, ‘Deuda de sangre’ (‘Blood Work’) 2002, ‘Más allá de la vida’ (‘Hereafter’) 2010

No, no he visto ‘J. Edgar’. Ya la veré, pues no tengo prisa ni necesidad alguna de que me cuenten la vida de uno de los hombres más abyectos (de los muchos que hubo) en el siglo XX, mucho menos interpretado por un actor que desde que imita a Robert De Niro ha perdido mucho interés, y que con trabajos como este y el de Howard Hugues se ve que está buscando el Oscar como loco. Pero aunque no la haya visto, el lector puede hacerse una idea certera de mis impresiones sobre las películas de Eastwood. Algunas, como ‘Poder absoluto’, con un arranque absolutamente magistral, y que luego se hunden en la mediocridad más recalcitrante. Otras, como ‘Deuda de sangre’, que le dejan a uno alucinado de que un director con la valía narrativa de Eastwood no sepa narrar un thriller. Algunas, como ‘Los puentes de Madison’, un gran melodrama, que podría haber sido aún más grande sin los recurrentes saltos en el tiempo que erosionan muchísimo la experiencia emocional que suponen. Finalmente, equivocaciones terribles como ‘Más allá de la vida’ no hacen de Eastwood un mal director ni derriban su mito. Todo el mundo se puede equivocar.

Maestro en la dirección de actores (con sorpresas desagradables como la penosa dirección a Gene Hackman y gran parte del reparto en ‘Poder absoluto’), pues Eastwood fue siempre un extraordinario intérprete, y un cineasta contenido y elegante, un músico bastante limitado en la composición pero muy dotado para la interpretación, con la mayor parte de su obra (dudo mucho que haga otra treintena larga de películas…) ya detrás de él, Eastwood es la personificación de cierto estilo americano de hacer películas (antes denostado porque decían que era un fascista y un mal actor, ahora venerado de forma desmesurada, cosas de la vida). Quizá por eso gusta tanto en España. Pues a los españoles, en general, no les gusta el cine. Les gustan las películas americanas.