Estremecimiento

Algunas personas (pocas, pero valiosas) me comentan alguna que otra vez que se nota que yo escribo desde el corazón. No sé desde dónde coño escribo. Yo sólo sé que escribo, y que lo hago porque, si no lo hiciera, mejor dicho, cuando paso varios días sin escribir sobre cosas que me importan, me siento vacío, sin vida. Puede parecer una exageración, pero es la puta realidad. Ni siquiera sé si lo que escribo tiene importancia, validez, calidad o profundidad, y en el fondo (mentira pero…) en el fondo me la suda. Eso sí, de vez en cuando paso varios días sin escribir y me doy cuenta de que no tengo nada en mi vida que realmente me motive o que tenga algún sentido. Escribir no tiene ningún sentido: me hace perder el tiempo, me hace ilusionarme con sueños que nunca se van a cumplir, me hace creerme mejor de lo que soy, y un montón de subnormalidades más. Pero escribo, y me siento algo más vivo.

Y, como necesito alimentar mi escritura con cosas que valgan la pena, me siento doblemente agotado. Porque no se puede decir que uno encienda el ordenador y encuentre muchas cosas escritas desde el corazón. Más bien encuentra cosas que le hacen alucinar de tanta estupidez disfrazada de erudición, de tanto pringado que debería dedicarse a otra cosa, y de tanto fanatismo como comentaba hace poco. Por eso cuando uno se encuentra con cosas como ésta:

Marco Tulio Cicerón

Es muy duro despertarte a estas jodidas horas de la mañana, 5’50, y darte cuenta de que has perdido toda tu puñetera vida, que te has equivocado miserablemente en todo lo que has hecho a lo largo de estos canallescos 83 años.

Porque no soy sino lo que he hecho durante todo este tiempo: nada.

Tenía que ser un hombre y ¿qué es lo que he sido?, una puñetera máquina de trabajar, he ido de un lado para otro frenéticamente tratando de ganar un poco de dinero para subsistir y eso no es vivir sino precisamente todo lo contrario y, ahora, me veo sentado aquí, ante el maldito trasto, con las manos vacías.

De modo que, como un quijote enloquecido, la emprendo a mandobles con todo.

Ayer, venció el plazo de ese pagaré en el que se condensa todo lo que tengo, todo lo que he conseguido durante 83 años de la más dura de todas las existencias, en la que he tenido que venderme cada día 70 veces 7 para apenas comer, de modo que inicié el durísimo periplo por los despachos de los directores de las entidades bancarias, subastando ese puñado de billetes en el que se concreta mi vida.

Todos sin excepción han intentado engañarme, han cumplido con su durísimo papel, el mismo que yo he hecho durante todos estos malditos años que ha durado mi vida.

Cada uno de ellos me ha explicado descarnadamente las mentiras que los otros me habían contado. Ha sido profundamente descorazonador comprobar algo que yo ya sabía, todo es mentira en un mundo esencialmente falso, pero ver allí, en el último de los pasajes de mi vida, a los depositarios de la riqueza de las naciones, ¿no es eso lo que dicen los máximos apóstoles del capitalismo neoliberal?, mintiéndome como bellacos por un asqueroso puñado de dólares, cuyos malditos intereses no iban a ser siquiera para ellos, me ha deprimido definitivamente.

De nuevo resuena atronadoramente en mi cabeza la requisitoria del maestro Cicerón: ¿entre qué gente estamos, en qué ciudad vivimos?

¿Qué es lo que sucede para que los custodios de la sagrada llama de esta asquerosa civilización se comporten como lo que son, jodidos mercaderes, que algún santo profeta debería de nuevo echar a latigazos del templo.

Pero sucede todo lo contrario, ahora, los sumos sacerdotes son ellos, los propios mercaderes, y custodian tan férreamente el templo que ni siquiera nos permiten entrar si no es para entregarles, para su custodia, el producto de toda nuestra vida.

¿Qué es lo que ha pasado para que se haya producido esta perniciosa contrarrevolución, en qué nos hemos equivocado tanto?

Creo sinceramente que ha sido la imposición de esa canallesca costumbre sobre la puñetera ética. “O tempora, o mores”, ¡Qué tiempos, qué costumbres! sigue tronando el genio en sus terribles “catilinarias”, después de que su compañero del Senado hubiera intentado asesinarle.


La costumbre es algo nefasto, lo echa a perder todo. Y la jodida costumbre no es sino el fundamento de la moral, que viene, como es tan sabido del latino “mos, moris”, cuando lo que debería de guiarnos realmente sería la ética, pero no cualquier ética sino la aristotélica.

Ética proviene del griego “etos” que de alguna manera nos recuerda a “patos“, sufrir, de modo que nuestra ética no debiera de ser placentera como realmente lo es. En realidad la ética que hoy disfrutamos ya no es ética realmente sino que se ha convertido en una asquerosa costumbre que nos conduce a esta especie de hedonismo barato en el que todos nos rebozamos, como en la propia mierda.

Ésta es, en síntesis, nuestra tragedia, que íbamos para héroes y nos hemos convertidos en unos asquerosos villanos.

Que Dios, o quien sea, tenga mucha compasión de nosotros, porque la estamos ya necesitando tanto.”

, lo único que puede hacer es leer lo que está escrito varias veces seguidas, con mucha atención, sintiéndose como si William Munny (a Palazón le fascina ‘Sin perdón’, y tiene coña que ambos escribiéramos sobre Clint Eastwood casi el mismo día), te estuviera apuntando directamente al corazón.

Esta descarnada confesión en forma de feroz crítica a la moral preestablecida, una crítica que Palazón lleva ejerciendo con una ferocidad singular que le distingue de tantos otros supuestos intelectuales que dicen oponerse a la mentira de la realidad para acomodarse después mejor en ella, es lo mejor que podía escribir hoy, cuando a mis treinta y dos años me pregunto verdaderamente si las miles de páginas que he escrito en los últimos años han hecho de mí un tipo con algo que decir, o bien si soy otro capullo embebido de su propia mediocridad, que dentro de medio siglo se preguntará si todavía le quedan las fuerzas y las neuronas para escribir algo semejante. Algo que estremezca así. Escrito desde el corazón, desde las tripas. Sin compasión, sin límites.

Tu vida no es un desastre, Palazón (que un día, sigo sin saber por qué, escribiste que yo te había convencido de que la felicidad existe), ni ha sido una canallada o una pérdida de tiempo. Por lo que he leído en tu blog, has hecho muchísimas cosas y has salido derrotado. Pero no importa triunfar, amigo (y me vas a permitir que te llame amigo, al menos amigo intelectual), sino luchar y saberse digno en la derrota, en esa derrota que no es tal, sino la seguridad de que la vida ya era una batalla perdida. Te va a parecer una gilipollez como un piano, e igual te la suda, pero yo quiero llegar a tu edad, si llego, y escribir y pensar con la fuerza y la valentía conque lo haces tú. Iba a escribirte un comentario, pero creo que esto es mejor, más sincero

El triunfo y la autocomplacencia es para los débiles de espíritu. Mascar la amargura con dentelladas como la que publicaste hoy, es para los fuertes de corazón, los campeones de la lucidez.

En serio, gracias.