La isla de la calma

“Estoy en Palma, rodeado de palmeras, cedros, cactus, olivos, naranjos, limoneros, áloes, higueras, granados… El cielo es como turquesa. El mar como lapislázuli. Las montañas como esmeraldas. El aire es un paraíso. En una palabra…es una vida maravillosa”

– Frédéric Chopin, 15 de Noviembre de 1838.

Hagamos un breve repaso a la historia de la isla más grande de las Baleares, la Maior, la Maiorica, Isla Mayor, la desgraciada Mallorca, tierra sin ley, paraíso natural y espiritual y cultural que es la vergüenza de esta puta España:

7.000 años antes de Cristo, llegan los primeros pobladores, clanes marinos y guerreros que se asientan con facilidad gracias a su clima benévolo. Levantan grandes murallas y desarrollan una cultura que ha venido a llamarse la talayótica. Comercian con fenicios, tienen relaciones con Cartago, se erigen en un puente comercial imprescindible por el Mediterráneo.

123 años antes de Cristo, se presentan por allí los romanos, bajo el mando de Quinto Cecilio Metelo. Se las veían muy felices, creyendo en una fácil invasión, pero los habitantes de esa extraña isla les reciben con una buena hondonada de hostias. Y hondonada es la palabra perfecta, pues el dominio de la honda en esos guerreros era legendario. Pese a todo, los romanos eran los romanos, y finalmente someten a los isleños y la isla pasa a formar parte, en todos los órdenes, de la República, y de la tarraconense Hispania.

En la tercera década del siglo V, llegaron los vándalos y pasaron a cuchillo a todos los que quisieron oponerse a ellos. Tan poderosa fue su invasión que se quedaron por allí de parranda hasta un siglo más tarde.

Fue entonces, en el siglo VI, que llegaron los bizantinos, echaron a los vándalos, y se quedaron con la isla otro par de siglos más. Justiniano I era ahora el dueño de la isla maior de la zona.

Después de varios desembarcos de los musulmanes, sin demasiado éxito, a principios del siglo X consiguen mandar al cuerno a cualquier tipo de oposición asentada y Mallorca pasa a formar parte de las Islas Orientales del Al-Andalus. Tres siglos de esplendor comercial y cultural para Mallorca terminaron en…

…1229, Jaime I el Conquistador acaba hasta los huevos de tanto musulmán, llega a la isla, se carga a todo bicho viviente que no fuera cristiano, y recupera la isla para la cristiandad, aunque todavía tiene que lidiar con la resistencia musulmana que aguanta en la sierra de Tramontana. Eso sí, se cargó a tanta gente en lo que ahora es Palma y que antes era Madina Mayurca, que se originó una epidemia terrible, la cual liquidó a la mayoría de su propio ejército. Cosas de la vida.

Demos un salto brutal en el tiempo, pues la administración cristiana, como en todos los territorios en los que ha triunfado, es gris, triste y sin interés. Tengamos en cuenta que de aquellos barros vienen estos lodos…

En 1918, en el municipio de Artá, nace Miguel Massanet, a la sazón abuelo del autor de estas líneas.

Algunas décadas antes había nacido Juan March en Santa Margalida, de una familia de campesinos y ganaderos, cuya desdecendencia se convertiría en la más poderosa del país y en una de las más influyentes para instaurar la dictadura y empezar a joder la isla bien jodida, consecuencia de lo cual el mencionado Miguel Massanet, por cuestiones que no vienen al caso, se pasa una buena temporada fuera de la isla, tiene a su primer hijo (y padre de quien esto firma) en la península, y vuelve a Maiorca para ganarse la vida en varios oficios.

Con la dictadura en todo su apogeo, se decide que el patio de recreo de los españoles, entre otros muchos, es esa isla maravillosa que en su día estuvo plagada de piratas (a su lado, créanme, la tan cacareada Isla Tortuga es Disneylandia, pero nos vendemos muy mal desde siempre en este puto país).

De esta manera, en sucesivas décadas, con la apertura progresiva del franquismo, Maiorca pasa a convertirse en una provincia de Alemania. Durante los setenta y los ochenta, lo que era una economía de agricultores, campesinos, artesanos, pasa a convertirse en una pesadilla en la que los hoteles florecen por doquier, destrozando el litoral hasta extremos inconcebibles. Mientras, los mallorquines, tan “abiertos de miras”, tan “de mundo”, se encierran cada vez más en ellos mismos, convencidos de que son lo más de lo más, e incapaces de evolucionar culturalmente, aherrojados por generaciones de políticos corruptos hasta la médula.

El 3 de Junio de 1986 nace en Manacor Rafael Nadal.

Por esas fechas, Adrián Massanet ya había vivido a intervalos veraniegos en la isla, y esos recuerdos forman parte de una infancia a menudo feliz en la que la luz y el color de Maiorca se quedaron para siempre en su retina y en su ánimo.

Hoy día, Maiorca es una de las pocas comunidades de España con los niveles de contaminación atmosférica que marca la ley, pero con una contaminación acústica insoportable, plagada de borrachos, maleantes, jóvenes sin futuro y que no saben ni leer, pero que conducen trastos muy bien tuneados. Entre ellos y los guiris, vuelven una falacia eso de que Maiorca es la Isla de la Calma. Si quieres calma, has de largarte de las ciudades y adentrarte en las zonas más agrestes y salvajes de la Tramontana, has de buscar preciosas calas rocosas en las que vuelves a creer que hay un paraíso en la Tierra, y que volverá a haberlo cuando toda la chusma que lo pisotea se vaya al carajo de una puta vez.

Chopin aguantó tres semanas feliz No llegaba nunca su piano preferido. Hoy, Mallorca es una isla corrupta, ignorante, pobre y pagada de sí misma. Los ricos destrozan el fondo marino con sus anclas ilegales. El trabajo escasea. El futuro también. A los que amamos la isla nunca nos llega el piano de la felicidad desde ultramar. Pero recuerdo ese verano de 2008, el último verdaderamente feliz (aunque a intervalos terribles) de mi vida, bajando hasta la playa por el bosque y respirando la calma isleña, reencontrándome con mi infancia en soledad.

Recuerdo aquel camino como si lo estuviera viendo ahora mismo. Varios pinos franqueaban el paso, invitando a perderse en esa dirección. Pero yo no tomaba aquel camino, sino el que llevaba a la espuma de un día radiante. No debería haber vuelto. Debería haber cogido aquel camino. Quizá aún me esté esperando. Quién sabe.