La ECAM, escuela de cine, del audiovisual, del sectarismo y del cinismo de Madrid

Antes que nada, y para que el eventual lector de estas líneas no acceda a ellas con una percepción quizás errónea, debo avisar que esta entrada no pretende mostrar mi animadversión hacia una lamentable “escuela” (que lo es, lamentable, y no escuela, para eso la he puesto entre comillas…) de cine o audiovisuales, ni es una venganza por haber desembolsado una cantidad de dinero que no viene al caso para acceder a sus instalaciones y a sus clases sin haber sacado nada en limpio (pues no saqué nada en limpio, como a continuación explicaré), ni es una muestra de despecho ni nada por el estilo. En realidad, es un texto escrito desde mi asombro: el asombro que me producen muchas cosas, declaraciones, hechos, detalles, que aún rodean y probablemente seguirán rodeando, la existencia de una institución tan absolutamente grotesca, innecesaria y absurda como es la ECAM. Porque, tecleando esas cuatro palabras en Google, me encuentro de bruces con un artículo del ABC del 24 de Octubre del año pasado en el que el todavía director de esta escuela, Fernando Méndez-Leite, afirma que “la idea es que se sientan libres para poder desarrollar su creatividad y así poder dar forma a sus sueños”.

Como no quiero que esta entrada quede demasiado larga y fatigosa para el lector, iré al grano, en la medida de lo posible: está meridianamente claro que a no ser que tengas mucho dinero y/o muchos enchufes, no solamente en cine sino en cualquier otra actividad, lo de “dar forma a los sueños” en un país tan podrido y terrible como España es literalmente imposible. También he de decir que, en mi experiencia, eso de “sentirse libres para desarrollar su creatividad” queda muy bonito y muy Disney, pero es pura y llanamente mentira. Y voy a explicar por qué.

No sé cómo serán ahora los exámenes de acceso, aunque supongo que no serán muy distintos a cómo eran cuando yo, durante tres años consecutivos (al tercero, logré entrar), los hice: varias pruebas eliminatorias que, si eran superadas, conducían directamente a la última, una entrevista con el equipo directivo del centro, en el que te preguntaban por tus gustos, por tus ideas, tu formación, tu bagaje cultural, y un largo etc. Ni siquiera los que hayan “triunfado” en esta escuela lamentable (yo no triunfé, primero porque no sabía que lo que había que hacer allí era triunfar, en lugar de “aprender”, y segundo porque nunca se me ha dado bien comerle la polla a nadie) dirán que miento cuando digo que, al estilo contrario de esas entrevistas en los que los presos no han de decir exactamente lo que los entrevistadores quieren oir, allí hay que comentar y afirmar lo que intuyes que ellos quieren que comentes y afirmes. Como hice esa entrevista dos veces, quizá lo sé mejor que muchos. En la primera dije que a mí lo que me interesaba era el cine como arte, y en la segunda dije que lo que me interesaba era el cine como industria y como profesión, poco más o menos. Además, nombré a directores y películas que yo sabía que a los presentes les agradaban. Qué casualidad que en la segunda entrevista tuve éxito.

Mal comienzo, muy malo, para hacer realidad eso de que quieren que los alumnos se sientan libres para desarrollar su creatividad. Pero el caso es que me cogieron y yo, alborozado, comencé las “clases”. Ahora voy a explicar, con toda la veracidad posible, en qué consistían esas clases.

Los dos o tres primeros meses no hicimos absolutamente nada. Recuerdo que los compañeros de la especialidad de fotografía se tiraban de los pelos. Yo, que soy un tío muy curioso, además de a mis clases de dirección con Ana Díez, asistía a prácticamente todo lo que me dejaban, confirmé que el aburrimiento, el hastío, la desidia de la Díez, podía generalizarse a prácticamente el resto del profesorado. Durante varias semanas las clases con Ana Díez, que en teoría tenía que explicarnos cuestiones de la puesta en escena, la buena mujer se explayaba conque la industria del cine español estaba muy mal, que no conseguiríamos trabajo y que no nos hiciéramos ilusiones. Luego, asistía a clases de guión por la tarde y el bueno de Juan Antonio Porto, que es un tío listo y simpático, que ha escrito unas cuantas películas y es culto y habla muy bien, no nos explicaba nada y se pasaba las tardes contándonos batallas. Lo cierto que inspiraban para escribir textos, pero en nada mejoraban nuestra formación. Carlos Heredero, por las mañanas, nos contaba la historia del cine español, aspectos que se pueden aprender leyendo cualquiera de sus libros u otros libros sobre el tema. Todo fascinante, la verdad.

Hacia el mes de enero yo ya había caído en la cuenta, espabilado que soy, que en esa escuela no iba a aprender absolutamente nada de cine. Y yo, que tenía 22 años, con sinceridad, no tenía ni puta idea de cine (ahora tampoco tengo mucha, pero bueno). Eso sí, mi madre puede corroborar que entre semana veía cada día dos películas mudas o de cine “clásico”, y los fines de semana media docena o más, sacadas todas de la excelente videoteca de la escuela. Aprender técnica o herramientas o fundamentos, nada. Ver cine, mucho. Algo es algo.

Hacia el mes de junio, cuando terminamos varias prácticas de dirección y empezaron las vacaciones y decidí no volver jamás a esa escuela, había aprendido exactamente nada. De cine, claro. De sectarismos, amiguismos, comidas de polla, envidias monstruosas, egos desmesurados, aprendí mucho más de lo que quería, si es que alguna vez quise. Sin duda, pensándolo con calma, la ECAM preparaba a los alumnos para el sectario, amiguista, ególatra cine español. Aunque yo no asistí a ninguna de esas clases. Y como a las últimas clases no había asistido, porque estaba harto de favoritismos escandalosos hacia ciertos alumnos, y de premiar y proteger a los más cabrones frente a los más trabajadores, me escribieron diciéndome que, como mucho, podría repetir el primer curso. Juro que fue como si me mandasen al paredón, o algo peor. Repetir ese primer curso podría haber supuesto, muy probablemente, suicidarme de puro asco.

Bien, hasta aquí mi apasionante periplo en la ECAM. Sigamos con ese artículo de ABC: dice Jorge Varela que son una de las cinco mejores escuelas de cine del mundo. No sé quién decide o no esas jerarquías mundiales, si es que existen, pero me temo que para que fuera cierta, esta escuela que pretendía seguir los pasos de la extinta Escuela Oficial de Cine, tendría que haber alumbrado ya a por lo menos dos generaciones de cineastas (directores, fotógrafos, montadores) de relevancia internacional. Y creo que de lo máximo que pueden presumir es de que Paco Plaza haga películas de terror (que no están nada mal, la verdad sea dicha) y de que Ramón Salazar haya hecho dos largometrajes que no ha visto nadie. También pasó por allí Carlos Molinero, aunque en la especialidad de dirección, y debutó con la muy prometedora ‘Salvajes’, en la que dirigía muy bien a los actores y usaba la cámara de forma vibrante, seguramente porque no asistiría a ninguna de las clases de Ana Díez, quien un día nos mostró cómo había filmado una secuencia desde todos los ángulos posibles (literal: desde arriba, desde los lados, desde el centro, reencuadrando todo de nuevo más cerca, más lejos, etc).

Muchos dirán que con la endémica situación del cine español, tampoco se podía pedir más. Pero son los jóvenes y hambrientos cineastas, si los hay, los que hacen industria filmando una película con 50.000 euros, y no al revés. Talento creo que hay, pero no hay manera de encauzarlo con tanta mafia cultural, y con los alumnos de la especialidad de producción aprendiendo, y esto es verídico, a decir que no a una petición de un director, cuando si por algo se caracteriza un buen productor, tenga el dinero que tenga el proyecto, es por decir que sí a cualquier requerimiento que le hagas, y por conseguirte cosas imposibles.

En cuanto a disponer del material necesario para “hacer realidad los sueños” recuerdo muy bien cuando, para una práctica de dos minutos para la que yo necesitaba algunas cosas (nada del otro mundo: algunos trípodes para luces y un micro decente), todo ello me fue denegado por el fallecido Tedy Villalba (Goya de honor 2006, supongo que por haber sido director de producción de grandes proyectos americanos rodados en España, no creo que por haber levantado grandes películas puramente españolas…y hablando de Goyas, que hay una enorme estatua con la forma de este premio en el hall de la escuela ¿alguien se imagina una escuela de cine norteamericana con un Oscar enorme en la puerta? yo tampoco…), y me fue denegado sin más explicaciones (y sin mirarme a los ojos en ningún momento, porque yo no era otra cosa que un gusano que iba a su despacho a molestarle) mientras otros alumnos, a saber por qué, les prestaban las cosas más variopintas para las mismas prácticas. Ya digo, no soy hijo de nadie, ni se me da bien comer pollas (y eso que he conocido gente, y he trabajado con gente, a la que se le da genial el asunto, siempre metafóricamente hablando, claro) Otros se veían en las mismas circunstancias que yo, y los debates sobre lo que había que hacer para que te hicieran caso en la escuela eran lo más divertido, bañados con las convenientes cervezas, que hacíamos entre sus muros.

Pero, en general, estaba claro quienes eran los más cercanos al profesorado y directiva, por conocerse de antes o por haber follado previamente (y a lo mejor entre los mismos muros de la escuela, quién sabe), y quienes éramos los pringados con los que nadie contaba. Además, yo, como no tengo pelos en la lengua y digo lo que pienso, los que se acercaban a mí en plan arrimarse para sacar algo de un tipo aparentemente brillante (brillante soy en buscarme problemas…en otras cosas…) se iban pronto (nadie los llamó y nadie los echó nunca de menos). Y casi mejor, porque tener una conversación con los que formaban la “élite” y que muchos de ellos no supieran, lo juro por mis muertos, lo que era la Serie B (“te lo acabas de inventar”, me espetaban) era para cortarse las venas delante de ellos.

Y el asunto ya alcanzaba proporciones terribles cuando estábamos inmersos en las prácticas finales y yo asistí, ayudando a un compañero con su corto, a cómo el hermano de Tedy Villalba le insultó a la cara y le trató como una mierda a este compañero solamente porque le pidió un poco de silencio cerca del rodaje. Semejante individuo, profesor de fotografía, y director de fotografía él mismo de no pocas películas, hasta amenazó delante de todos a ese pobre alumno que, si no me equivoco, era el que pagaba su sueldo. Aunque a juzgar por lo que dijo una vez Mariano Barroso, profesor de dirección de actores (y en todo el año lo único que nos enseñó es que en una secuencia siempre hay dos fuerzas que chocan…) no cobraban demasiado, y malgastaba su tiempo por tan poco dinero…Sobran las palabras, vaya, aunque ya llevo 1870.

1871. Yo le diría a cualquiera que quiera ser director que la única forma de aprender es haciendo películas. Aunque sean caseras. Que no pierdan el tiempo en escuelas, aunque luego fui a una escuela mucho más modesta, pero en la que los profesores realmente sabían cosas, y en la que pude aprender cosas. Fue una buena experiencia.