‘Sin perdón’, matar o morir (dedicado a mi amigo Palazón y a mi padre)


He escrito sobre muchísimas películas a lo largo de mi vida. Americanas, europeas, asiáticas, africanas. De ficción y documentales. Memorables y detestables. Célebres y desconocidas. Pero nunca había escrito sobre ‘Sin perdón’ (‘Unforgiven’, 1992), una de las tres o cuatro obras maestras que ha dirigido Clint Eastwood. Y lo voy a hacer ahora porque, en primer lugar, no he leído ni un sólo texto sobre ella que mereciese la pena (más bien textos que oscilaban entre lo complaciente y la incompentencia más manifiesta, o en el mejor de los casos análisis incapaces de abarcar todo lo que abarca a su vez esta película genial), y segundo, y más importante, porque Palazón me dijo que le hubiera gustado escribir un monográfico sobre ella, y quizá leyendo este trabajo se anime a hacerlo, pues está convencido (yo no tanto) de que nos separan en nuestra concepción del cine algunas diferencias enormes, y si se animara a dejar por escrito sus percepciones sobre ‘Sin perdón’ puede que se diera cuenta de que no son tan grandes. O, quién sabe, a lo mejor soy yo el que se da cuenta de que sí existen. Pero merecería la pena comprobarlo. Como no soy un fanático ni de mis propias ideas, siempre me ha divertido muchísimo y me ha estimulado encontrar gente que piense muy diferente a mí y que sea capaz de argumentar sus razones con cortesía. Además, sé que mi padre venera esta película, y le gustará leer este ensayo. Cuando lo lea…

Y el tema de la cortesía me parece perfecto a la hora de comentar esta obra maestra. Los hombres civilizados, al contrario que los hombres salvajes (los del Oeste, por ejemplo, y otros que aún viven en la sociedad), son menos corteses porque creen que nadie les disparará a bocajarro después de faltar al respeto. Es por esa circunstancia esencial que el espectador se siente tan distanciado, y tan atraído al mismo tiempo, por la moral de mundos como el mundo del Oeste, en el que hay que medir muy bien las palabras y los actos si uno quería llegar a la cincuentena. Según Clint Eastwood, en el western se muestra un mundo mucho más sencillo, al mismo tiempo más brutal y más cívico, que el actual, con reglas mucho más nítidas, y carente de la confusión, de la opacidad, del mundo moderno. Es una de las razones más poderosas por las que él se siente atraído por este género legendario, y por la que quiso dirigir cuatro, el último de ellos precisamente ‘Sin perdón’. Y parece poco probable que este cineasta regrese al western que le hizo famoso en medio mundo como actor y que le consagró como director, porque ir más lejos de lo que en ‘Sin Perdón’, parece ya muy difícil.

El mundo de ‘Sin Perdón’

Parece muy difícil porque ni Clint Eastwood parece cerca de su etapa de esplendor  de los ochenta y noventa, ni ya parece posible volver a construir un mundo de western con un tan delicado equilibrio entre clasicismo (entendiendo este como la configuración de un mito cinematográfico desde el mudo hasta mediados de los años cincuenta sobre la historia de la fundación como país de Estados Unidos) y el modernismo del cine del último tercio del siglo XX. Buena prueba de ello es que tras este mazazo de cine, solamente ha aparecido una obra de arte del western americano, la magistral aunque truncada serie ‘Deadwood’, de David Milch, que ya abandonaba todo rasgo romántico, toda nostalgia, para abrazar ese realismo sucio deudor de Peckinpah y que se siente en algunos pasajes de la película de Eastwood, y sobre todo sin la melancolía inherente a un mundo tan efímero.

Pero el mundo de ‘Sin perdón’ tampoco es el de ‘El hombre que mató a Liberty Valance’ (‘The Man Who Shot Liberty Valance’, John Ford, 1962). Carece de héroes y de futuro. No hay recuerdos hermosos ni una lucha por una sociedad más justa. La ciudad más grande que conoceremos (aunque se nombran otras no muy lejanas como Kansas o Cheyenne) es Big Whiskey, un enclave de paso en el que los cowboys descansan de llevar el ganado, y que vende provisiones y diversiones como las putas del antiguo billar. La mayoría de las veces, veremos esa ciudad empapada de lluvia, o de noche. Y las pocas veces que veamos Big Whiskey de día, los edificios proyectarán sombras negrísimas sobre los personajes. Sin embargo, todo lo demás, desde la pradera en la que William Munny se gana mal la vida criando cerdos, hasta los pastos, bosques, caminos, ríos, cultivos, riscos, gozará de una belleza natural pasmosa, de un colorido y de una luz casi dionisíaca que contrasta sobremanera con las intenciones, el propósito del insólito trío de asesinos que emprende un viaje sin retorno moral para cargarse a dos tipos para repartirse mil dólares.

Prácticamente todos los personajes que aparecen en la película, si bien tremendamente verdaderos y hasta patéticos, esgrimen una dudosa moralidad o bien son directamente abyectos. No se salva nadie, salvo quizá los dos hijos de Munny o la mujer india de Ned, a los que dejan atrás. Los habitantes de Big Whiskey son tremendamente cobardes o brutalmente violentos. Son mezquinos, hipócritas, avariciosos, desleales. Y los rancheros son apestosos, feos, poco diestros con las armas, sucios. El que corta a la puta es una alimañana de ojos desorbitados y aspecto lamentable. Su compañero, que evitó una masacre, sale mejor parado, es hasta apuesto y se ofrece a regalar su mejor yegua a la puta herida. Es el único que se arrepiente de algo. En cuanto a los protagonistas, William Munny quizá sea uno de los pistoleros más sanguinarios que se recuerdan, por lo que cuentan de él. Ned Logan abandona de buenas a primeras su apacible vida al lado de su mujer para hacerse con un buen botín. El misterioso ‘Schofield’ Kid intenta hacerse un nombre como cazarrecompensas, aunque en realidad nunca ha matado a nadie ni tiene estómago para ser un asesino. En cuanto al sheriff de Big Whiskey, ‘Little’ Bill Dagget en un pasado fue él mismo un cazarrecompensas y asesino, y ahora imparte justicia como un Dios colérico. Otro cazarrecompensas, el estirado y orgulloso ‘English’ Bob, que también quiere el oro que prometen las prostitutas, se divierte defendiendo la figura de la realeza frente a la barbarie de este nuevo país. Por último, su “biógrafo”, W. W. Beauchamp, es un relamido escritor de segunda categoría, adulador y cobarde, que no duda en abandonar al “Duque” inglés cuando obtiene mucho mejor material literario de los relatos del sheriff.

Por lo que respecta a las putas, tampoco salen bien paradas en este relato por mucho que vayan de víctimas. Claman venganza, pero no quieren un castigo proporcionado, sino la muerte de los dos vaqueros, aunque uno de ellos intentara en su momento evitar la salvajada que estaba cometiendo su compañero. Son figuras más dignas y más trágicas, sobre todo Delilah, la puta con el rostro acuchillado, pero no dudan en “tirarse” a los pistoleros para pagar su venganza, y su decisión de contratarles es la que, en último lugar, provoca tantas muertes y dolor. Por último el dueño de las putas y del billar, Skinny Dubois, es probablemente uno de los tipos más repugnantes de toda la filmografía de Eastwood, un avaricioso hijo de puta, de aspecto grimoso, que compara a las putas con caballos y que no duda en decorar su salón con el cuerpo de un hombre torturado hasta la muerte.

En resumen, el mundo que plantea Eastwood en esta película se parece mucho al mundo real: no hay piedad ni concesiones a los personajes. Todos, o casi todos, oscilan entre lo malo y lo terrible. Y la mayor concentración de mezquindad, de miseria moral, se concentra donde hay más personas, en el fatídico enclave de Big Whiskey.

¿Matar o morir?

He titulado este ensayo ‘Matar o morir’, pero en un principio ni William Munny ni Ned Logan, y mucho menos ‘Schofield’ Kid, han de matar para sobrevivir. Lo que les mueve es la codicia, simplemente. Al final, cuando los acontecimientos se vuelvan terribles e impredecibles, Munny acude por venganza al pueblo y porque ya no tiene ninguna duda de que enfrentarse a los hombres del pueblo es la única manera de hacer frente a su pasado y de salir con vida de toda esta aventura. Pero ni las putas ofrecen recompensa porque sus vidas estén en peligro, ni Bill machaca a ‘English’ Bob porque se vea amenazado, ni el trío de asesinos tiene otra motivación que no sea ganar dinero rápido, y a tiros.

Lo que más caracteriza este relato es su ambigüedad moral. Seguimos el itinerario de tres individuos bastante terribles, aunque uno dice que ha cambiado y no es el mismo hijoputa sanguinario de otros tiempos, otro es un amigo leal y un compañero fiable que, en el último momento, no puede apretar ya el gatillo, y el otro es un chico medio ciego, un pobre diablo que sólo sabe alardear. Eastwood no les jugza. En realidad les compadece. Aunque son asesinos, para el cineasta siguen siendo personas que merecen compasión y comprensión, aunque en ningún momento comparte sus decisiones. Solamente son individuos patéticos a los que no duda en mostrar lo mal que lo pasan acampando al raso o soportando los rigores del clima. Echando de menos su cama y aprovechando la “hospitalidad” de las putas de Big Whiskey. Pero sobre todo se ceba en William Munny.

Estamos en 1880. Los tiempos de las grandes cabalgadas, las grandes gestas épicas, los colonos, la búsqueda de oro en las montañas, el conflicto con los nativos… Todo eso se terminó. Ahora sólo quedan recuerdos terribles. Y nadie los tiene más terribles que un hijoputa sanguinario como William Munny, por mucho que le diga a ‘Schofield’ Kid que no se acuerda de según qué “hazañas”. Dice que era el whiskey el causante de tanta maldad, pero no convence una excusa tan pobre. Fue su mujer la que le cambió, más de una década atrás. Pero ahora que está muerta (y a cuya tumba va a dejar flores como Nathan Brittles en ‘La legión invencible’ (‘She Wore a Yellow Ribbon, 1949) de John Ford), cuando todo le va mal, vuelve a las andadas. Dice que ha cambiado, pero se embarca en otra cruzada asesina. Y cuando le arrebatan a latigazos al único amigo que tiene en el mundo, vuelve a sacar la bestia diabólica que lleva dentro. Es una ironía suprema que el pueblo se llame Big Whiskey: cuando vuelve a beber whiskey, en la estremecedora escena en la que decide vengarse, deja de creer en su propia redención, le pide el revólver a su compañero, y liquida a cinco personas.

Su antagonista moral, el reflejo en el espejo, es ‘Little’ Bill Dagget. Un sujeto de una calaña todavía peor, si es que tal cosa es posible, que el propio Munny. Fue un asesino como él, pero no muestra ningún remordimiento por nada de lo que haya hecho. En realidad, aparenta ser un hombre satisfecho de sí mismo, que ha acumulado mucha experiencia y que, en el otoño de su vida, se permite impartir justicia y esgrimir una moralidad todavía más dudosa que la del protagonista, pues siendo como él, cree estar en el derecho de decirles a los demás lo que está bien, y de apalear a cualquiera que se le oponga. Dagget es, a la vez, sheriff, juez y ejecutor de Big Whiskey, y nadie puede cuestionar su autoridad. Sin embargo, en su ensañamiento con ‘English’ Bob, se percibe una desproporción en su ferocidad que quizás apunte cierto odio hacia sí mismo. Es decir, pareciera que Dagget se odia y se ama a sí mismo, y al mismo tiempo que se venga de su antiguo enemigo, intenta alejar de sí un pasado no precisamente bucólico, como si su salvajismo en cuanto hombre de la ley borrara errores del pasado con sangre. Casi parece disfrutar cuando también apalea a Munny. Es un tipo tan retorcido que en la ejecución de la violencia lo pasa en grande, estando ya de vuelta de todo.

Pero, como Munny, al final no matará por diversión, mientras aquél lo hace por codicia. Intentará matar a su antagonista para sobrevivir, y por eso la última secuencia es tan impresionante. Pero luego llegaremos a ella.

Varios relatos dentro de un relato

Una vez que los tres compañeros se embarcan en su misión asesina, se establece un diálogo de imágenes, de actitudes, de réplicas, de filosofías, y de formas de ver la vida, estructurado alrededor de la misma idea: el hecho de matar, y las consecuencias morales que ello conlleva. Por un lado, la peripecia de Munny, Logan y ‘Schofield’ Kid. Por otro, en paralelo, Dagget y el biógrafo de Bob. Podría decirse que los primeros son una bala, un proyectil que se dirige imparable hacia su objetivo, y los segundos son el objetivo de ese proyectil.

Una vez se descubre que ‘Schofield’ Kid está medio ciego, por mucho que alardee y se las dé de duro, con lo que Ned empieza a tener serias dudas de tener éxito en su empeño, Dagget comienza una diserción apasionante sobre el ritual de matar, en todas sus variantes. Lee lo que Beauchamp ha escrito sobre él, y no puede hacer otra cosa que reírse. La novelita en torno a las aventuras de Bob, en las que queda como un héroe invencible, capaz de liquidar a siete hombres él solo, defendiendo a una mujer, es esa imagen idílica del western que nunca existió, y Dagget, pragmático y sabio, se va a encargar de desmontarla, por muchas protestas que tartamudee el escritor, pues él fue testigo presencial de aquellos hechos. La bella dama ofendida en el relato no era más que una puta, el hombre que la ofendió y al que llamaban “Dos revólveres” en realidad no llevaba dos armas sino que poseía una polla tan grande como el cañón de un revólver (y el insulto al honor fue meterla aquella cosa a la “bella señorita”), y el héroe que defendió su honor era un borracho celoso que se aprovechó de que el único arma de la que disponía su enemigo le estalló en la mano.

Mientras Dagget cuenta todo esto, y desmonta el mito, los tres compañeros acampan alrededor de un fuego, y ‘Schofield’ Kid, anhelando que le consideren uno de ellos y un tipo muy duro, primero le pregunta a Munny si es cierta una de sus “hazañas”, la que protagonizó en el condado de Jackson, donde al parecer estaba acorralado pero fue más rápido y más frío que sus atacantes, y les mató sufriendo apenas un rasguño. Will alega no acordarse de ello, y Kid a continuación, le pregunta a Ned a cuántos hombres ha matado, como el que comenta a cuántas chicas ha conquistado. Ned, que tiene calado a Kid, le responde con otra pregunta: ¿a cuántos hombres has matado tú? Y Kid, sin que nadie pueda creérselo, tampoco el espectador, responde que a cinco. Ni Will Munny ni Ned Logan son como Dagget: no alardean de sus aventuras ni se las dan de grandes pistoleros. Sólo quieren olvidar, realizar un último trabajo y quizá retirarse para siempre.

Pero volvemos a Dagget, que explica las cosas como son a un admirado Beauchamp: ser rápido o tener puntería con un arma está bien, pero no es nada comparado con el que es frío. Un hombre que en un tiroteo mantiene la cabeza fría saldrá triunfante la mayoría de las veces. En realidad, como queda meridianamente claro, todos los personajes, en lugares distintos, hablan sobre las mismas cosas: la dificultad de matar a alguien cuando a su vez te están disparando a tí. Gélido como un témpano, Dagget es capaz de demostrar a Beauchamp lo difícil que es disparar incluso a un enemigo que te tiene prisionero, entregándole una pistola, enseñándole a amartillarla, dándole la llave de la cárcel… Todo con una frialdad que espanta. Beauchamp llega a apuntar con su arma a Bill…pero no puede apretar el gatillo. Bill está tan curtido que hasta se entrega al juego de permitir que Beauchamp le acerque el arma al malherido Bob, aunque éste tampoco se atreve a cogerla por si está descargada…

Llegando al pueblo, Ned le advierte a Will que mató a tres hombres que le apuntaban, no a dos. Pero él insiste en que ha cambiado y no quiere probar el whiskey que se le ofrece. Por su parte, Bob, maldice al pueblo y realmente pareciera que va a llegar una maldición (William Munny), aunque todavía se hará esperar, en un registro casi bíblico muy parecido a la invocación de la niña en ‘El jinete pálido’. En todo este tramo lo que se establecen son varios relatos y varios caracteres por oposición, aunque todos giren en torno a un mismo tema y a un mismo lugar. Aunque, en realidad, toda gran película, creo, son varios relatos dentro de uno, como varias melodías complementarias dentro de una sinfonía. Dagget se revela como una fuente de historias mucho más apasionantes para Beauchamp de lo que era Bob, quizá porque cuenta las cosas con mayor vehemencia hacia la verdad de los hechos, y a continuación se encuentra con Munny y le propina otra soberana paliza por el hecho de “ser un pistolero sin carácter”. Todos los espectadores esperaban el gran duelo, pero se hará esperar. William Munny no es ni la sombra de lo que fue, y enfermo y febril, ni siquiera ofrece la menor resistencia a Dagget. Es una cochambre humana, un despojo que casi muere a golpes, y resucita convertido de nuevo en el sanguinario enloquecido que fue hace años.

Detalles geniales de guión y puesta en escena

El guión de la película fue escrito en 1976, al menos la historia original y el proyecto, por David Webb Peoples, quien tiene entre sus créditos la adaptación de la desproporcionadamente alabada ‘Blade Runner’ (Ridley Scott, 1982) sobre el original de Philip K. Dick, o la de la genial ’12 monos’ (‘Twelve Monkeys’, Terry Gilliam, 1995) sobre el filme original, e inolvidable, de Chris Marker ‘La jetée’ (1962). A Eastwood le pareció un material tan magnífico que compró los derechos y esperó muchos años para poder interpretar a William Munny. El guión es magnífico, sin más, repleto de personajes muy bien trabados, de diálogos formidables y de detalles maravillosos. Y la puesta en escena de Eastwood, contenida, elegante y muy precisa, exprime al máximo las bondades de ese guión y supone su cima como cineasta. De las cuatro obras maestras que ha dirigido Eastwood (‘Sin perdón’, ‘Bird’, ‘Mystic River’ y ‘Million Dollar Baby’) esta es la más estremecedora, impresionante y conmovedora de todas con mucho.

En cuanto a sus cuatro westerns, ‘Sin perdón’ está mucho mejor dirigida, escrita e interpretada que ‘Infierno de cobardes’ (‘High Plains Drifter’, 1973), ‘El fuera de la ley’ (‘The Outlaw Josey Wales’, 1976) y ‘El jinete pálido’ (‘Pale Rider’, 1985). Aunque esos tres títulos poseían no pocas virtudes, ‘Sin perdón’, de forma creo incontestable, depura los balbuceos y las zonas grises de esos tres filmes precedentes, y establece su superioridad sobre todo en la serenidad y en la sobriedad absolutas de Eastwood, convertido en un director ya maduro y lúcido. El guión, por supuesto, es mucho mejor que los otros tres, con detalles geniales como el uso del tren (primero, ante la amenaza de la llegada de asesinos al pueblo, con Bill Dagget escuchando su silbato y viendo su humo en la distancia, como si anticipara problemas futuros…luego, cuando Will está a punto de entrar en el pueblo, cuando ve a través de sus ventanas al malherido Bob, como si la maldición de éste primero fuera a caer sobre él, y así sucede), o diálogos extraordinarios como cuando el escritor se queja de las goteras en la casa de ese pésimo arquitecto que es Bill, y le pide que cuelgue al responsable: el rostro de Hackman es impagable. A los forajidos se les colgaba, y él fue un forajido, y en la petición del novelista casi parece volver al pasado.

Algunas de las mejores frases de este guión ya han sido comentadas, como en la diserción de Bill sobre los pistoleros. Pero hay otras que impresionan por su dureza, como la confesión de Will cuando cree estar a punto de morir, o cuando afirma que matar a un hombre es algo muy duro, porque le quitas todo lo que tiene…y todo lo que podría llegar a tener. Otras sentencias duelen como balazos, cuando Bill pregunta: ¿inocente? ¿inocente de qué? (dejando claro que nadie es inocente, y que todos somos víctimas y verdugos), o cuando William Munny, al decirle Kid que el ranchero se lo buscó, responde que todos nos lo hemos buscado. Sin embargo, Eastwood no se limita a “ilustrar” un buen trabajo de escritura.

Filmada durante cincuenta y dos días con cámaras Panavision, con un aspect ratio (la proporción entre el ancho y el alto de la imagen) muy amplio, de 2.35:1, en colaboración con su operador habitual de aquellos tiempos, Jack N. Green, Eastwood consigue uno de sus más hermosos pedazos de celuloide. Extrae toda la belleza y luminosidad y colorido de los paisajes de Alberta donde filmó, y también toda la negrura y opresión de los interiores y decorados que diseñó el mítico y ya fallecido Henry Bumstead. Su uso de la cámara es ejemplar: estático cuando es necesario, fluido y dinámico cuando se requiere. Pocas grúas y travellings. Bastante cámara en mano cuando la violencia aparece. Pero nunca llamando la atención, nunca buscando epatar al espectador ni demostrar lo buen realizador que es.

Eastwood no tiene prisa. Narra con calma, deteniéndose en los detalles, dejando que el espectador observe los elementos encuadrados en su scope, que utiliza con sabiduría de maestro. Emplea las manifestaciones de la naturaleza (el sol, la nieve, la lluvia, los truenos) como parte del relato, y se apoya en un montaje perfecto de su habitual Joel Cox (que alcanza su punto culminante en el montaje de la secuencia del árbol solitario, con el diálogo entre los compañeros supervivientes y la llegada a caballo de la prostituta). Maestro en la dirección de actores, le regala un precioso personaje al gran Gene Hackman (ya retirado, y que aquí consiguió su segundo Oscar) y saca lo mejor de todo su reparto, del primero al último. Y, él mismo, borda un complicado papel, patético y terrible, en una de las mejores interpretaciones de su larga y dilatada carrera. Así, consigue algunas secuencias memorables, y filma la que probablemente es la mejor de toda su trayectoria como director: el tiroteo final entre William Munny y Dagget ayudado de todos sus hombres.

Es una secuencia antológica que comienza de manera fantasmal, con un plano casi subjetivo del lento cabalgar de Munny hacia el bar, tirando la botella por el camino (pues vuelve a beber en cuanto se entera de lo que han hecho con Ned), y que continúa con la escalofriante imagen de Ned muerto, metido en su ataúd sin tapa, con un letrero infamante y con antorchas que vuelven la imagen aún más terrorífica. Tal es la maestría de Eastwood, que cuando todos se vuelven hacia él y suena un trueno, este detalle no queda exagerado o forzado, sino que parece completamente lógico, necesario. Y pocas ejecuciones he visto tan estremecedoras como cuando dispara a sangre fría a Skinny. Y ningún tiroteo en ningún western como el que acontece después, en el que Munny hace lo correcto, justo lo que Dagget decía que un pistolero curtido ha de hacer: no perder los nervios ante la lluvia de balas, mantenerse tranquilo y apuntar y disparar uno a uno. Acaba con todos, claro, y remata a Dagget (y al espectador casi, pues la cámara prácticamente le filma de frente) en un diálogo que hiela la sangre: “te veré en el infierno, William Munny”… “Sí”, responde Munny. Los ojos de ambos personajes se ven negros, insondables.

Munny, un cadáver andante resucitado, vuelve a hacer lo único que se le da bien, matar. Es terrible, y conmovedor y patético. Eastwood lo filma como un grande, dotando a la secuencia de una atmósfera casi alucinada, sin apenas música (y la que hay, parece de película de terror), y después se va profiriendo otra amenaza (y detrás de él, vemos la bandera de Estados Unidos, más flácida y embarrada que nunca), otra maldición, como hiciera Bob, aunque sabemos que nunca volverá a Big Whiskey. Así, Eastwood filma una de las más célebres películas norteamericanas de las últimas décadas. Un filme sobre lo terrible de matar, y lo terrible de vivir con los recuerdos que te matan día a día. Y sobre el mezquino, miserable, ser humano, los que matan (todos) y los que se creen superiores moralmente, más miserables todavía.

Con todo, no es un filme exento de defectos (¿hay alguna gran obra libre de ellos?) y se aprecia cierto maniqueísmo por parte de Eastwood, cierta manipulación emocional como en el diálogo entre la puta y William Munny, y como en la secuencia en la que Will se da cuenta que ya ni sabe disparar bien bajo la atenta mirada de sus dos hijos. Un maniqueísmo que, desafortunadamente, abunda en la carrera de este buen cineasta.

Conclusión

Perfecto epílogo del western, cumbre de Eastwood, gran éxito de crítica y público, laureada merecidamente en los Oscar (premios que, generalmente, no dan ni una), ‘Sin perdón’ da la exacta medida de su director. Es un filme apasionante, demoledor. Una obra maestra. Espero que este ensayo haya agradado a mi padre y a mi amigo Palazón. Y a todo al que se haya acercado a leerlo, claro.