El cuento de la vieja

Que ya, hombre, que ya. Que la Bestia se convirtió en un tío bueno, y que él y la sosa de Bella follaron happily ever after. Que a Aquiles no le liquidaron disparándole primero de manera cobarde una flecha en el tobillo, y volvió a casa y se pasó el resto de su vida contándole batallitas a sus hijos y a sus nietos. Que Oscar Wilde no murió de una infección de oído que probablemente sea el dolor más terrible que el ser humano pueda conocer, en un motel apestoso, humillado y abandonado por todos. Que Barack Obama mola mogollón y no es un miserable que se mancha la conciencia (no las manos, porque él no es de los que aprieta el gatillo, que al menos tienen algo, él es de los que ordenan que otros aprieten el gatillo desde su despacho oral) de sangre todos los días de su vida. Que el amor es algo precioso, maravilloso, que nos hace más libres y más felices, y qué guachipungui es todo. Que el ser humano, jopeta, no es tan mezquino ni tan envidioso ni tan hijoputa, y si hay algunos que se arrogan el derecho de poder juzgar a otros, aunque ellos mismos son unos mequetrefes patéticos, es que, bueno, tampoco es para tanto y en el fondo todos somos estupendos y el mundo puede ser un buen lugar para vivir.

Por supuestísimo que sí. Todo esto me viene a la cabeza sufriendo el tráiler de una película que ha sido vista por más gente en Francia de la que jamás vio, por ejemplo, ‘Hoy empieza todo’ (‘Ça commence aujourd’hui’, Bertrand Tavernier, 1999), que era una obra magistral, escalofriante, estremecedora, que erizaba la piel a cualquiera por la tremenda verdad que emanaba de sus imágenes. Se trata de la comedia franchute ‘Intocable’ (‘Intouchables’), de Olivier Nakache y Eric Toledano, sobre la que todo habla estos días, que clausuró el último Festival de San Sebastián y que es una de esas historias tan humanas y tan bonitas y tan tiernas que despiertan la lagrimita del personal y van en masa al cine a verla, mucho antes que la citada película (que he puesto de ejemplo aleatorio) o que otras que, maldita sea la madre que las parió, le arruinan el sacrosanto fin de semana a la buena gente que, después de trabajar como esclavos de lunes a viernes, quiere ir al cine a que la diviertan, a que la entretengan, a ver un poco de magia y de risas, que bien merecido lo tienen, en lugar de amargarles su tiempo libre con historias tremebundas sobre la asquerosa condición humana, sobre el hambre, el estado de la educación, los niños que no disponen de luz porque el banco se la corta. Esos hijos de puta elitistas…¿quiénes se han creído que son? El cine no está para chorradas artísticas, ni para acongojarnos, ni para mostrarnos un pedazo de verdad que nos recuerda que cualquier día de estos acabamos todos debajo de un puente. El cine está para mentirnos a base de bien. Un poco de tristeza, claro, pero la justa. Un poco de dureza (¿acaso no va de un tetrapléjico? pues eso), pero sin pasarse. Claro que sí, joder.

Yo, que debo ser el mayor chiflado del país, veo el cartel de esta peliculita y me dan ganas de sacarme los ojos. Porque cada vez que veo un anuncio con alguien sonriendo, mostrando una buena ristra de blanquísimos dientes, mirando a la cámara, ya sea de una película o de una emisora de radio, sé que algo no anda bien. Nada bien. Estoy seguro de que dentro de 500 años, si se da la casualidad de que todavía seguimos aquí, y el milagro de que la sociedad sea más ilustrada y más culta, los habitantes del desgraciado planeta Tierra cogerán ejemplos del “arte” del siglo XX y XXI y se quedarán alucinados de lo memos que hemos llegado a ser, de lo bajo que hemos llegado a caer. Si se levantara Sófocles y viera la degradación espantosa de la cultura, la ignorancia del personal (sobre todo de muchos que no escriben más que gilipolleces y se creen que tienen cultura), se arrepentiría de haber escrito ‘Edipo Rey’ y prendería fuego a todas las copias que pudieran existir, porque nada de lo que él, y miles de hombres asombrosos como él, durante milenios, hicieron en el arte, ha servido para absolutamente nada. Así que a tomar por culo todo.

No, no pienso gastarme unos euros en ver esta película. De hecho, no iría ni gratis. Joder, ni aunque me pagaran. El tiempo es demasiado precioso para perderlo con estupideces, y viendo el trailer, como leyendo diez páginas de una novela, se sabe perfectamente lo que se va a encontrar. Así que no necesito la justificación de que he ido a verla al cine para poder hablar de ella. Con los ingeniosísimos chistes que aparecen en el trailer, con el trabajo de fotografía que puede apreciarse en sus imágenes, y sobre todo con la historia real que quieren narrar, tengo suficiente. En Francia, la han visto 30 millones de espectadores, lo cual es una barbaridad de tal calibre, un negocio de tales dimensiones, que produce mareos pensarlo. Aunque recordando la detestable, infausta, ‘Mar adentro’, su taquilla y sus premios internacionales, se acaba encontrando una cierta lógica en el devenir de la cultura y el mundo del espectáculo. Y no se puede hacer otra cosa que rendirse a la evidencia: al vulgo necio se le da de comer en los pesebres del cine la mierda que demanda. Ese vulgo necio que luego cree poder distinguir la mierda de la delicatessen.

El asunto es el siguiente, y es tristísimo: la peña lo que quiere es que le cuenten historias. Es decir, lo que le atrae, sobre todo, es una historia. Y si es muy humana (muy tierna) y muy bonita (con buenos sentimientos), tanto mejor. Exactamente igual que hace miles de años cuando el clan se reunía en torno al fuego y el anciano sabio contaba relatos de semidioses, espíritus y guerreros (mucho más interesante todo eso, además, que narrar una bonita amistad, con lo llenos que están los cementerios de amigos indispensables). Pero con el problema de que llevamos tanto tiempo contando las mismas historias (y no hay otras, como sólo hay tres colores básicos) que algunos, muy pocos, las cuentan con la estética y la narrativa de su tiempo y otros, la mayoría, complacen al vulgo contándoles gilipolleces. Y mientras los primeros van dando forma a la narrativa, los segundos destrozan para siempre el gusto y el pensamiento de los que van a ver, o los que leen, las imbecilidades que filman o escriben.

Y así seguimos, unos se forran contando tragedias íntimas de tetrapléjicos, y otros se mueren de hambre cambiando la estética y la técnica de su tiempo, mirando hacia el futuro, advirtiendo al hombre, reflejando al hombre, siendo despreciado por el hombre.